Artículos de Domingo Delgado
de la Cámara

TAUROMAQUIA SNOB

11-08-2008
Hasta hace treinta y tantos años el público de los toros se dividía en dos clases de espectadores: el aficionado y el público en general. El aficionado lo era desde niño, sabía de toros, pues lo había mamado y, como era muy asiduo a las corridas, conocía el paño. Su implicación con la fiesta era, básicamente, afectiva. Iba a los toros porque le gustaban, no para dejarse ver ni para figurar. Lo que distingue al aficionado es, sobre todo, su amor al toreo.

Luego estaba el público en general. Tampoco iba a los toros a presumir. Iba a pasarlo bien en un ambiente festivo, no presumía de lo que no sabía y premiaba con generosidad a los toreros. El espectador snob no existía.

Pero todo esto cambió drásticamente desde mediados de los setenta. La sociedad española, que entonces se equiparaba absolutamente en gustos y costumbres con las sociedades europeas, dio la espalda a la fiesta nacional. Los viejos aficionados, aquellos que habían visto a José y Juan, se murieron sin ser sustituidos por otros nuevos. El público en general, fascinado por los deportes y los espectáculos machaconamente publicitados en televisión, dejó de acudir a las plazas. El desierto.

Pero hete aquí que en los años ochenta surge el fenómeno de las ferias. Manolo Chopera vende abonos a todas las empresas e instituciones para que agasajen a empleados y clientes. Consigue poner de moda San Isidro, y el fenómeno ferial se extiende a muchas capitales. Unos señores recién llegados necesitaban presumir de aficionados de toda la vida. Les gustaba fardar de lo mucho que sabían de toros cuando no sabían nada ni amaban el toreo. El caso era ronear de entendidos. El snobismo llegó a la fiesta de los toros para horror de los cuatro buenos aficionados que aun quedaban y de los toreros que sabían torear, nombrados desde ese momento enemigos públicos. Como casi todos los snob eras progres, leían El País y todos creyeron que Joaquín Vidal era el no va más de la sabiduría taurina. Navalón, la Mariví y compañía también contribuyeron los suyo a enrarecer el ambiente. Entonces llegó el culto por el toro grande y manso mientras se renegaba del toro bravo y bien hecho; llegó también la mitificación de toreritos segundones sin valor mientras se despreciaba a las auténticas figuras. La Plaza de Madrid se convirtió entonces en el espantoso aquelarre que todavía padecemos.

Y en estas seguimos treinta años después. Los santones de la crítica son todos de esta nefasta escuela. El espectador recién llegado no tiene apenas referencias y se deja llevar por el ambiente asfixiante que le envuelve. Todos repitiendo como papagayos las mismas estupideces. Y quien se da cuenta del engaño, prefiere callarse y dejarse llevar por la corriente porque la discrepancia te convierte automáticamente en “mal aficionado” y no te crea más que enemistades. Es el cuento del rey que se paseaba desnudo por los jardines del palacio mientras todos sus súbditos alababan el lujo del traje que supuestamente llevaba.

Repasemos someramente los toreros del gusto snob. Habrá que empezar con Antoñete. Diestro que después de estar muchos años en la segunda fila, vivió una época de esplendor en el quinquenio que va de 1981 a 1985. En aquellos años, Antoñete dejó para el recuerdo un puñado de faenas muy hermosas: los toros de Garzón en Madrid en 1982 y 1985: el Gavira de Toledo, varios toros en Burgos… A todos fascinó con aquél toreo rabiosamente clásico de largas distancias. Los recién llegados le hicieron su torero y le utilizaron para atizar a Paquirri, a Manzanares, a Capea y a Ojeda. Y esto ya no es de recibo. En tesitura parecida se encontró ese gran torero llamado Manolo Vázquez que por esas fechas también había reaparecido y que también fue utilizado como arma arrojadiza contra las figuras consolidadas.

Otros dos grandes beneficiados del snobismo fueron Curro Romero y Rafael de Paula. Hasta entonces habían sido diestros con muy pocos partidarios. Su miedo pánico, sus nulos recursos y sus escándalos en todas las plazas, hacían que hubiera mucha guasa a su alrededor y sus partidarios se contaran con los dedos de una mano. La indudable genialidad de ambos toreros salía a relucir en muy pocas ocasiones. Casi siempre pintaban bastos, rollos de papel higiénico y hasta orinales arrojados al ruedo como chirigota final. Pero ¡oh!, llegaron los snob, y les nombraron guardianes de la quinta esencia torera y se escribieron libros enteros con la teoría de que el arte del toreo era solo lo que hacían estos señores, como si Ordóñez, Camino y el Viti no hubieran toreado nunca bien un toro. Por cierto, a Curro y a Paula se les empezaron a tolerar toda clase de petardos e inhibiciones, mientras a los que daban la cara se la partían constantemente con críticas absolutamente sangrientas.

Del capricho snob por toreros anímicamente tan limitados como Curro Vázquez, Pepín Jiménez, Frascuelo… no digo nada porque no ha pasado de anécdota. Pero sí que hay que hablar del más listo entre los listos: Luis Francisco Esplá. Se trata de un hombre inteligentísimo que se dio cuenta con mucha rapidez de los defectos y la ignorancia del aficionado moderno, se dedicó a halagarle y le salió muy bien. A esto ya se había dedicado Antonio Bienvenida, pero Esplá lo ha explotado al máximo. Esa escenificación hueca de la lidia encandiló a los más tontos de Madrid. La maestría no hay que exhibirla, hay que ejercerla. Pero una lidia ajustada y sin alardes, los grullos del snobismo no saben verla. Y Esplá, aun sin podre con ningún toro, los dejaba de lejos, desempolvó antiguallas y se metió en el bolsillo a casi todos.

Y así estaba la cosa: hablando a todas horas del pico y del cruzarse, machacando a los toreros jóvenes, hablando de la quintaesencia del currismo y añorando un toro que nunca existió. Y ¡apareció José Tomás!

Y al tomismo se ha apuntado hasta la portera. A los grullos snob de estos últimos años, se han unido artistas progres de pelajes varios que hasta ayer eran antitaurinos, morbosos siniestros que van a ver si ya por fin un toro mata a José Tomás y todos los listillos oficiales que pululan por todas las tertulias radifónicas y televisivas que padece este país. José Tomás, cuando oiga las chorradas que se dicen de él, debe alucinar. Por eso no abre la boca. ¡Como para abrirla!

Y es que las grandes virtudes toreras de José Tomás, a todas estas gentes les dan igual. El rollo es otro. Es el de presumir de buen aficionado, de conocedor del secreto, de degustador de la esencia. Todos quieren ser partidarios de la pureza del toreo. Y como alguien les ha dicho que la pureza la representa José Tomás, se han subido a ese carro. ¿Que la faena de José Tomás las más de las veces transcurre entre latigazos y enganchones? Da igual. Se piden las orejas por decreto ley porque eso exige el guión. ¡Qué bien se queda diciendo que José Tomás es la pureza y Ponce y el Juli dos estafadores! Por supuesto a José Tomás no se le exige que acuda a todas las ferias importantes, y se le pasan por alto los torejos que lidia por ahí. Esas exigencias quedan para los otros toreros. La injusticia sistemática y la doble vara de medir. Y el día que José Tomás está cumbre, no se dan cuenta porque de esto, no saben. Repiten las chorradas de siempre: Lo del samurai, la inmolación, que si pone el cuerpo donde los otros ponen la muleta… Pero no explican la grandeza de lo que ha hecho porque de toros no entienden.

Lo peor de José Tomás son sus partidarios. Porque además son especialmente agresivos, no admiten la admiración hacia otros toreros o la discrepancia… Y todo por snobismo, por nada más.

Por cierto, ahora mismo el que mejor torea es Morante. Esperemos que todos estos snobs, entretenidos con José Tomás, nunca se den cuenta.

Primera: “Solera”. Nunca reconoce que lleva viendo toros tres años. Se las da de aficionado de prosapia que empezó a ir a los toros de la mano de su abuelito. Por supuesto, todos los snobs dicen haber estado en Vista Alegre el día en que Paula inmortalizó a “Barbudo” de Fermín Bohórquez. Mi amigo Juan Antonio Gómez, que sí que estuvo de verdad, no vio por allí a ninguno. Una variante snob, especialmente peligrosa, es la del snob campero, ese que se pirra por asistir a tentaderos y herraderos, presume de amigo de varios ganaderos, y en realidad es un ganadero frustrado. Este ejemplar es especialmente pesado.

Segunda: Pureza y castidad. Son gente íntegra y cabal que lucha contra los fraudes de la fiesta. Son los toristas. Hasta que llegan los toreritos artistas de su debilidad y les admiten cualquier borrega. Partidarios del toro manso y duro, res delante de la cual jamás se ponen sus toreros favoritos. El torismo y el currismo son incompatibles… Tampoco casan bien torismo y josetomasismo.

Tercera: Sibaritismo. Son degustadores de la “esencia”. Presumen de tener buen gusto. Desprecian a los toreros honrados que aplaude el populacho. Ellos son la élite, lo que pasa es que el tópico les pierde. Y si el tópico snob dice que un torero es muy bueno, le aplaudirán todo, aunque lo que haga sea una mierda. Y al revés: se han perdido a un montón de toreros importantes porque la crítica snob los zurraba, a pesar de lo cual eran grandiosos: Paquirri, Dámaso González, Paco Ojeda, Enrique Ponce, El Juli… El fenómeno de la “nouvelle cuisine” está directamente emparentado con los gustos cursis del aficionado snob. Se trata de lo mismo: de presumir de buen gusto cuando en realidad lo único que hay es ignorancia.

Reclaman el toreo perfecto, pero luego aplauden la suma imperfección, el toreo rápido y lleno de enganchones. Hablo una vez más del fenómeno José Tomás. Dicen que en una distancia tan corta no se puede templar. Miguelín, Manuel Benítez, Dámaso y Ojeda se ponían más cerca que José Tomás y templaban. No hay nada peor que el toreo enganchado. Es la suma imperfección. El toreo se acaba en el momento del enganchón, pues el toro consigue su objetivo. Por el contrario, el toreo limpio y templado supone la perfección. La pulcritud del Viti, de Paco Camino, de Manzanares, de Enrique Ponce representan la auténtica pureza del toreo. Y la máxima impureza: el enganchón. Y toda la mamandurria del pico y el cruzarse es eso: una estupidez propia de ignorantes.

Por cierto. En un extra que “6 TOROS 6” dedica a José Tomás se le hace heredero “del temple deslizante de Camino”. Es lo último que me quedaba por oír. Se puede alabar en José Tomás su firmeza, su imperturbabilidad, su raza, pero no su temple, porque de eso carece.

Un aspecto muy sucio de los aficionados snob es el desprecio que han dedicado a diestros como Ruiz Miguel, Dámaso González, el Fundi o El Cid. Ruiz Miguel y Dámaso, auténticos maestros del toro jurásico, capaces de hacer faenas heroicas a los toros que impuso el snobismo, luego eran despreciados por los snob porque no tenían clase. Lo mismo le pasa ahora mismo a El Fundi. Yo, que soy partidario del toro pavoroso, tengo en altísima estima a estos diestros, capaces de quedarse quietos con semejantes monstruos. Y las posturitas con toretes art decò me traen al fresco. Eso es “nouvelle cuisine” para snobs.

El Cid merece párrafo aparte. Se ha puesto de moda entre los snob empezar a despreciarle porque parece un tractorista y no tiene clase. Y yo contesto: la mejor mano izquierda de los últimos cuarenta años es precisamente la del Cid. Y las mejores faenas que se han hecho en Madrid, Sevilla y Bilbao en los últimos diez años, han corrido a su cargo. Y con esos victorinos que en cada muletazo te quieren comer. Las faenas del Cid son mandonas, redondas, macizas, mucho mejores que las del “salvador de la fiesta”, como le llama el Maestro Antonio Burgos.

Cuarta: Volubilidad. “La donna è mobile cual piuma al vento…” Son volubles como veletas. Cambian de opinión rápidamente. Cuando a los gurús del snobismo se les ocurre una nueva invención, todos abjuran de sus antiguas creencias para unirse a la nueva fe. Si no, que se lo pregunten a César Rincón y de la travesía en desierto que le hicieron pasar después de haberle adorado. Ya veréis cuando se ponga de moda y sea de “buen aficionado” atizar a José Tomás, cosa que va a suceder a lo sumo dentro de un par de años, no más. Entonces los mismos que ahora recomendamos prudencia y tranquilidad, seremos los que nos quedemos solos diciendo que José Tomás, a pesar de sus limitaciones (nadie es perfecto), fue un torero grandioso. Cuando le acusen de todo lo malo que hay en la fiesta, muy pocos seremos los que salgamos en su defensa. ¡Ay, cuando ser de José Tomás se pase de moda…!

Quinta: Proselitismo. Como a los snobs les gusta presumir de que saben, tienen que hacer sus comentarios en voz alta. Para que todo el mundo les oiga radian la corrida. Un suplicio.

Sexta: Afán inquisidor. Todas las otras características del snob, mal que bien, las soporto. Aquí cada uno tiene derecho a pensar y decir lo que le venga en gana. Pero lo que es intolerable es el afán inquisidor. El insultar a quienes no piensan como ellos, declarándoles inmediatamente malos aficionados, el desprecio constante y sistemático al público que paga y que, por lo tanto, es soberano. La soberbia, la imprecación al torero cuando se está jugando la vida, el ambiente soez y chabacano de muchas tardes de Madrid, plaza que se ha hecho insoportable. Por eso Pamplona me gusta cada vez más. En ese ambiente ingenuo y alegre, donde se premia generosamente al torero que se arrima a aquél torazo, las memeces de los snob son arrolladas por el triunfo de la fiesta, la auténtica fiesta. Por cierto, ahora llega Bilbao, la mejor plaza de España…

¿A que después de todo lo dicho podéis poner cara, nombres y apellidos al retrato robot que he hecho? Porque son omnipresentes. Pero paciencia. Sigamos desenmascarando la impostura y enseñando al que no sabe, tal como recomiendan las Obras de Misericordia…


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