PREGONES Y CONFERENCIASEl escritor y periodista Ignacio de Cossío, durante el VIII Pregón Taurino de Almería, 21-8-05.


:::::: :: III Pregón Taurino Real Círculos de Labradores de Sevilla año 2013
:::::: :: I Pregón Taurino de Nueva York. The New York City Club Taurino, U.S.A.
:::::::: La importancia de la Goyesca en el toreo. Convento Sto. Domingo de Ronda
:::::::: XIX Pregón taurino del Ateneo de Sevilla
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:: V Pregón taurino de Triana. Centro Cultural “Don Cecilio” de Sevilla
:::::::: El lenguaje de la Tauromaquia. Facultad CC. de la Información de Sevilla
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:: VIII Pregón taurino de Almería. Diputación Provincial de Almería.
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:: La Edad de Plata de la crónica taurina. Centro Cultural “Casa Vacas" Madrid.
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:: Las suertes del Toreo. Aula Taurina de Sevilla
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:: El mito de Curro Romero. Plaza de Toros de Roquetas del Mar.

 

 


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I Pregón taurino del Club Taurino de Nueva York, U.S.A.

Lugar: Sede del Club Taurino de Nueva York, U.S.A.
Organizado: El Club taurino de Nueva York.
Fecha: 11-4-2006
Duración: 35 minutos
Páginas: 40

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XIX Pregón taurino del Ateneo de Sevilla

Lugar: Salón de Actos del Ateneo de Sevilla, sito en la calle Orfila,7.
Organizado: Tertulia Los 13 y La Asociación Amigos de Museo y su entorno.
Fecha: 22-4-2006
Duración: 25 minutos
Páginas: 33




V Pregón taurino de Triana (Abril 2002)

Por: Ignacio de Cossío  

Lugar: Centro Cultural Don Cecilio. Calle Castilla, nº 47.

Día: Viernes 5 de abril de 2002.

Hora: 9:30 de la noche.

Duración: 30 minutos.

Páginas: 14

 

 

VIII Pregón taurino de Almería (Agosto 2005)

 

VIII PREGÓN DEL TORO DE LIDIA  DE LA FERIA TAURINA DE ALMERÍA

Por: Ignacio de Cossío y Pérez de Mendoza

Lugar: Patio de Luces de la Excma. Diputación Provincial Almería. C/Navarro Rodrigo, nº 17.

Día: 21 de agosto (Domingo) de 2005.

Hora: 1 de la tarde.

Duración: 35 minutos.

Páginas: 17

 

La Edad de Plata de la crónica taurina

Conferencia pronunciada en la Peña Taurina de Los de José y Juan, sito en el Centro Cultural “Casa de Vacas” del Distrito del Retiro” (11-2-06).


Señoras y señores, buenas tardes.

Ante todo quisiera agradecer a la Peña Taurina “Los de José y Juan”, en la figura de su actual Presidenta Pilar González del Valle, Marquesa de la Vega de Anzo, que me haya brindado la oportunidad de encontrarme hoy aquí ante ustedes, para hablarles acerca de la edad de plata de la crónica taurina.

Poder hacerlo en este magnífico foro, durante el cuatrogesimonoveno cursillo de conferencias taurinas de la peña más antigua y castiza de Madrid, me ha llenado de emoción y agradecimiento al recordar, también hoy, casi medio siglo después, la intervención de mi tío José María de Cossío bajo el título “Como se ha llegado al toreo actual”. Posiblemente recorriendo y analizando, a través de las crónicas taurinas, aquella fabulosa edad de plata del toreo, podamos hacernos una idea de cómo hemos llegado al toreo de nuestro tiempo.

Paradójicamente la época de mayor coincidencia de diestros geniales en los ruedos y de escasez de maestros ilustres en la crónica taurina, viene delimitada por dos grandes desgracias, la tragedia de Joselito en Talavera y el comienzo de la Guerra Civil española. Don Gregorio Corrochano, escritor, historiador técnico y teórico del toreo se alza como padre indiscutible de la crónica taurina actúa como testigo de excepción de la última tarde del coloso de Gelves, así comenzaría la leyenda de una de sus lecciones magistrales:

“Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo terrible escribir: A Joselito le ha matado un toro. Pero así es, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser cronista a quién la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido, y sin embargo, tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí”.

José y Juan; Juan y José, marcan y consolidan tras su paso una nueva estética y sabiduría, que definitivamente cambiará el rumbo hacia el toreo moderno y con él, también el de la crónica taurina. Nada es resuelto con desaire y exageración, todo tiene una estética y una finalidad. Los revisteros reflexionan y se convierten en cronistas llenos de opinión y filosofía; mientras que los herederos del legado josejuanesco investigan y perfeccionan aquello del parar, cruzar y ligar.

José, en la plaza liga los muletazos por el mismo pitón mientras que en el campo a la vera de los Urquijo selecciona el toro Belmonte, ése que marcará definidamente la expansión del encaste Vistahermosa por las zonas andaluzas, salmantinas y centro con la vacada de Vicente Martínez. Esto significaría con los años la desaparición de otras castas primitivas como la Navarra.

Juan obsesionado con la estética se detiene frente al toro, clava sus piernas en la arena y se desplaza hacia el pitón contrario reduciendo distancias. Éstos fueron los principios y fundamentos básicos que marcarán el futuro de la fiesta.

Con el deseo de clasificar a la gran mayoría de diestros que intervinieron en la edad de plata podemos ordenar cronológicamente según orden de alternativa y criterio del gran cronista Delgado de la Cámara aquel plantel de toreros que marcaron toda una época de la fiesta y de nuestro país. Tras los dos colosos sevillanos un balance total de cuatro generaciones de toreros distintos, nos advierte la riqueza torera de este gran periodo de estudio.

Los toreros de la edad plateada lucharan por la quietud, dando muestras de un valor desconocido aunque todos en mayor o menor medida les faltará esa ligazón absoluta y continúa que solo verá nacer bajo las prodigiosas manos de un nuevo califa cordobés. La técnica se perfecciona hasta llegar a la irrupción de Manolete en la posguerra, en donde con su estética de manos bajas y toreo en redondo, frente a todos los toros que salen a su paso, se logra aquel toreo refinado que soñaron José y Juan y que sólo en contadas ocasiones materializó Chicuelo.

En una primera generación de toreros con la alternativa anterior al año de 1925, podríamos destacar al propio Juan Belmonte, esteta y pasional y a Rafael El Gallo siempre clásico y soñador que participan de manera intermitente durante estos años junto a: Ignacio Sánchez Mejías, inquieto y heroico; Chicuelo, técnico prodigioso de cristal; Marcial Lalanda, tenaz artesano de talento; Antonio Márquez, elegancia y sencillez; Manuel Granero, empaque rococó; Luis Fuentes Bejarano, luchador sin descanso; Nicanor Villalta, gran toreo de espejo roto, Manuel García Maera, la pugna entre el valor y la ambición y los audaces y valientes Valencia y Nacional II, entre otros muchos.

24 de mayo de 1924.Es precisamente Manuel Jiménez Chicuelo frente a “Corchaito” de Graciliano Pérez Tabernero cuando todas las profecías se cumplen. El toreo de José y de Juan se fusiona en un mismo cuerpo en una tarde en la vieja plaza de Madrid. Nace la primera faena moderna basada en la mano izquierda con la mano a media altura, ligada en redondo y rematada con un pase de pecho. Aquella milagrosa faena, la rescata del olvido el gran notario de la crónica taurina que fue Federico Alcázar, consciente de veras y casi en solitario del gran giro que tomó la historia.

Se titulaba: “Chicuelo realiza con el toro Corchaito la faena más grande del toreo”. Y se inicia la crónica en el diario Heraldo de Madrid, a modo de comparecencia, de la siguiente guisa:

“Yo Federico Manjavacas Alcázar, mayor de edad, natural de Albacete, con cédula personal vigente y en uso perfecto de mis facultades mentales, declaro solemnemente que la faena que realizó ayer tarde Chicuelo en la plaza de Madrid, con el toro Corchaito de Graciliano Pérez Tabernero, ganadero y señor por derecho propio, es la obra de arte más grandiosa, más excelsa, más genial que se ha hecho en el toreo. Yo no recuerdo nada semejante, nada comparable a esta obra portentosa y magna, que quedará como el monumento más grande que puede elevar el arte del toreo para asombro de las generaciones venideras….Comienza con cuatro naturales estupendos, ligados con uno de pecho soberbio. La ovación vuelve a producirse y los olés atruenan en el espacio. Vuelve a ligar-siempre con la izquierda-otros tres naturales soberanos. La plaza es un clamor…..ejecuta cuatro veces el pase en redondo girando sobre los talones en un palmo de terreno. Es algo portentoso, de maravilla y de ensueño. Liga otros dos naturales inmensos, dos ayudados magnos, un afarolado maravilloso, altos y cambiados sublimes… Señala un pinchazo y continúa su grandiosa y portentosa faena, creciéndose, con otros cuatro naturales de asombro y dos de pechos soberbios. Otro pinchazo y otros dos naturales enormes. Media estocada, dos orejas y se interrumpe la corrida para que Chicuelo de dos vueltas al ruedo. ¡Salve Chicuelo! ¡Salve tu arte soberano!..

A continuación expongo como ejemplo casi telegráfico como Gregorio Corrochano, el maestro indiscutible de la crónica de su tiempo no se si por antipatía con el diestro o simplemente por su concepto antiguo no acaba de discernir y observar la gran faena del coloso de la Alameda en la capital de España.

“Chicuelo. Toro tercero. El toro de Graciliano sale suelto en los caballos, vuelve la cara. Hay momentos que tememos lleguen a foguearle. Con los bravos que fueron los anteriores. L toro, malo para el ganadero, es muy bueno para el torero. Chicuelo, en su repertorio y estilo, da el mayor rendimiento. Con la izquierda termina. Intercala adornos vistosos y toreros, porque lo aprovecha todo. Ha hecho dos faenas, tres faenas, ni el toro se agota ni él tampoco. Todos los pases d la nomenclatura taurina aquí están. Hubo series ligadas magníficas. En una faena tan larga, algún bache no importa, porque volvía a ligar. Para todos los gustos. Del mío fueron los últimos naturales, cuando ya había que enganchar al toro en la muleta y tirar de él y hacerle pasar. Tengo mis preferencias. No me importa que el toro pase porque le dé la gana al toro; me interesa mucho más que el toro pase cuando le dé la gana l torero, cuando sé que el toro ya no quiere y el torero tira y obliga y le hace pasar. Por eso la última parte de esta faena preciosista fue más de mi gusto. Dos pinchazos y estocada corta. Los pañuelos, que ya habían asomado media faena, demandaron la oreja, las orejas. Las dos.”

La segunda generación más relevante de toreros de la edad de plata toma la alternativa justo antes de la consolidación de la República es decir, entre los años de 1925 hasta 1931. Maestros herederos del gallismo como el toreo valiente y enciclopedista de Félix Rodríguez; la esperanza frustrada de El Niño de la Palma; el mejor Bienvenida Manolo, de parecido casi idéntico a su maestro sevillano y Pepe Ortiz, frágil capote de oro; se enfrentan estoicamente a los nuevos herederos de la estética belmontista como son El as de espadas Agüero; El valor ciego de El Litri; el empaque y desdén esculpido para la historia por Corrochano en la Talla del Montañés; y la hondura insuperable de Curro Puya “Gitanillo de Triana”.

Llegado a este punto quisiera recordar a Don Gregorio cuando le dedica a Curro una de sus mejores artículos y sus más acertados títulos en una tarde triste y calurosa de Madrid en aquel fatídico 1 de agosto de 1931.

“A Gitanillo se le ha parado parado el corazón”

Gitanillo toreaba tan lentamente, de modo tan pausado, que a veces parecía que detenía el tiempo. Una tarde, en Madrid le preguntamos al final de un lance: “Gitanillo ¿se te para el corazón cuando toreas?” Hoy se la ha parado a Gitanillo el corazón. El proceso de su enfermedad es bien conocido para que necesite detallarse. Le cogió un toro de Don Graciliano Pérez Tabernero. Nunca hemos visto a un toro cebarse más en un torero. Gitanillo daba el pase de la muerte, que esta vez era verdad. El toro le dio una cornada, y otra, y otra con rapidez insospechada. Al quite acudió rápido pronto Marcial, pero ¿quien evita lo inevitable? El toro, de un temperamento extraordinario, le hirió en menos tiempo que se dice, en menos tiempo que se tarda en abrir el capote del quite. A la gravedad siguieron las complicaciones. Un día leíamos una noticia de esperanza, y al día siguiente de complicación peligrosa. Y así dos meses y medio. Dos meses y medio de agonía lenta, larga, pausada, como su toreo; dos meses y medio en un templado lance de la muerte. Y en este lance se le paró el corazón.

La tercera generación de diestros ilustres tomaría la alternativa con la República en el poder, es decir de los años 31 al 36 son ocho exponentes. Domingo Ortega, el poderío andante; El Estudiante, tosquedad entusiasta; Curro Caro, elegancia acrisolada; Maravilla, flor de un día; Pepe Bienvenida, banderillas de ensueño y poderío muleteril; Fermín Espinosa Armillita el más grande de América bajo la escuela de José; Fernando Domínguez profundidad belmontiana; y Victoriano de la Serna, vanguardismo e inspiración.

El crítico taurino avulense Maximiliano Clavo más conocido en el Diario La Voz de Madrid con el pseudónimo de “Corinto y Oro” reseña una corrida del maestro sepulvedano celebrada en Madrid el 8 de mayo de 1932, en donde no faltan sus famosas verónicas sencillas y modernistas que tanto interés despertaron.

Titula: “La Serna: Ha vuelto usted a envenenar el toreo”

Pero salió el sexto toro, un castaño de bonita estampa, codicioso y pastueño, y…el toro volvió a envenenarse otra vez como se envenenó en el año de 1913. ¡Qué no haría con este toro el “loco” torero de Castilla la Vieja!....A ver si lo recordamos: En cuanto pisó la arena el noble bruto, la Serna se descaró con él precipitadamente en el tercio 2, y el caos. El caos, al ver aquel hombre substantiva, gramaticalmente, clavado en el suelo con las piernas en ángulo y sin mover un pié en las cuatro arrancadas que le dio la bestia: el caos al ver aquel capote también ras de suelo, que se llevaba el toro de un lado para otro con una suavidad, una elegancia y un arte nunca vistos, y aquellos brazos movidos con la misma lentitud de derecha a izquierda; el caos al trazar aquella maravillosa media verónica en la que el toro tomó forma de una pescadilla (como las pescadillas estamos acostumbrados a verlas), rodeando la cintura del torero; y el caos al ver a los catorce mil espectadores que abarrotaron la plaza, en pie, entregados a un verdadero delirio que simbolizó una ovación y un olear de verdadero frenesí. Repitió su toreo, su excepcional toreo, su personalísimo toreo, el toreo cuyo estilo inverosímil ha traído otra vez el envenenamiento a la fiesta el torero segoviano, y las aclamaciones volvieron a oírse imponentes y arrolladoras.

El destino quiso que la tarde más gloriosa de Domingo Ortega en al Ventas pasara desapercibida por nuestro entusiasta Corinto y Oro a tenor del resultado comparativo con el gran D. Gregorio, léase la crónica del maestro en ABC la tarde del toro “Tremendo” de Aleas en Madrid, bajo el título de la crónica “Castilla se acuesta temprano”

“La faena no sólo fue de gran mérito. Tuvo un sello muy personal. Porque Ortega tiene personalidad. Así como los toreros de la escuela sevillana tienen una gracia jugosa que recuerda a Andalucía, el toreo de Ortega tiene horizonte castellano. Ayer, delante del toro castaño, no era Ortega, no era solamente un torero; era Castilla puesta en pie. Yo veía Esquivias, con su tradición cervantina; y Borox pardo, de color de barbecho, oculto en una hondonada, como metido en un enorme surco. Llanuras sin fin. Caminos sin curvas. En Casilla no hay curvas, señor –dijo el poeta de la filosofía-.Serenidad. No es bonito. Pero e smajestuoso y evocador. El toreo de Ortega tiene hombría, rectitud, carácter y temple toledano. Es más que bonito.”

Más minusoso se nos presenta en el Diario La Voz “Corinto y Oro” en su relato de lo ocurrido, y por tanto más en la línea antígua, con frases tan gráficas y taurinas como “hay que aprovechar el paso del florero por su casa”, escribe de la misma faena:

“Ortega tantea en los tres primeros lances y en los que siguen hay desigualdad manifiesta en el para en el emparejar al carnudo, todo lo cual da por resultado que no hay éxito en el toreo de capa y si molestias para el torero. Tampoco se luce el de Borox en el primer quite, por lo que se mueve en las arrancadas el bicho y por la desconfianza que manifiesta en los movidísimos lances….Ha habido suerte, Ortega. Hay que aprovechar el paso del florero por su casa. .Domingo le hace una gran faena por cambiados, naturales, corriendo admirablemente la mano, de pecho, bajos a un centímetro de los pitones, y otras marcas con tanta valentía como con sabor torero, mientras el público pone a la gran labor un marco de olés y aplausos calurosos y merecidos”.


La cuarta y última generación de brillantes espadas que se doctoraron en vísperas de la Guerra Civil estaría compuesta por maestros de la talla de: José Gallardo, con su verónica ignorada; El Soldado o la inspiración fugaz; Félix Colomo, todo un profesional forjado a sangre y fuego; Pericas, novel prodigio de la torería; Rafaelillo con aquel valor suicida siempre a cuestas; Lorenzo Garza y la perfección al natural con desbordante personalidad. Lástima que apenas les dejaron desarrollar su toreo ya que casi todos ellos fueran absorbidos por la Guerra Civil.

Como se puede contemplar muchos son los maestros que pasearon su gloria por los ruedos de España y lamentablemente no existieron de igual manera demasiados cronistas pudieron plantar cara en profundidad, sabiduría y garbo literario al gran santón de los toros por aquellos años que fue sin dudarlo Corrochano a la cabeza de todos ellos desde su tribuna del Diario ABC y sus tauromaquias de Joselito y Domingo Ortega, obras maestras indiscutibles de la literatura taurina.

Del resto de sus contemporáneos destacamos brevemente al mencionado Federico Alcázar, como testigo y notario principal de las grandes innovaciones en Prensa Gráfica, Diario Imparcial, Diario Madrid o en su libro indiscutible “Tauromaquia moderna”; César Jalón Clarito en el Diario El Liberal y en sus memorias; Carlos de Larra y Gullón, más conocido en el Heraldo de Madrid y años más tarde con más fuerza en Radio Madrid como Curro Meloja; Manuel Sánchez del Arco “Giraldillo” en El Noticiciero Sevillano; Don Ventura Bagues, un aragonés hecho en Bilbao, director de la Revista Sol y Sombra y mantenedor de las esencias en aquella Barcelona más aficionada y ecuánime junto a otro clásico como Don Indalecio en la Revista catalana Miura y El Liberal Taurino; Don Quijote o Tomás Ortsi Ramos más conocido por el sobrenombre de”Uno a sesgo”, con su tauromaquia de concepto antiguo y cabal. Otros autores como Alberto Vera Areva, ilustre recopilador y sistematizador de los orígenes e historial ganadero del toro de lidia, no triunfaran hasta llegar a los años cuarenta cuando escribe con gran éxito un resumen de la temporada madrileña titulada “La catedral del toreo”.

Pero siempre en la distancia y sobre todos Don Gregorio. Corrochano, adquiere la profundidad y la sabiduría viendo torear a Joselito, pues es éste quien le instruye verdaderamente con su ejemplo en todas las plazas a las que asiste el cronista y el torero. Su obra antes mencionada adquirió los reconocimientos de la Real Academia con l Premio Castillo de Chirle a su trayectoria de escritor y periodista. Con ¿Qué es torear? Introducción a la Tauromaquia de Joselito, publicado en 1953 y escrito con un lenguaje sencillo y garboso, nos descubre su opera prima vestido de auténtico vademécum para el aficionado y el más claro representante del credo del gallismo. En él se atisba el gran misterio de la lidia, cada toro tiene su lidia y hay que saberla administrar. He aquí la cuestión. Las suertes podrás realizar con más o menos lucidez pero lo primordial es dominar y someter al toro a los envites y terrenos del maestro, que busca de manera destacada adecuar todos los acontecimientos a preparara al toro hacia la muerte. Todo lo que se aleje de dichos objetivos no se contempla como acertado sino como equivocación e incapacidad para ejercer la profesión con decoro y dignidad. El dominio sobre la estética como primer mandamiento del gallismo.

Títulos demoledores, se recuerdan casi un siglo después. Es de Ronda y se llama Cayetano, referido al Niño de la Palma en su presentación de novillero en las Ventas en el año 1925; curiosamente su elación con EL Niño de la Palma cambió rotundamente en un año y le escribió la crónica “La Casa e Pedro Romero” con una clara ironía despectiva rozando la crueldad. Otros títulos como “La Venus del espejo”, referido en clara crítica hacia Marcial Lalanda el según el estilo afectado antes de la lidia de una corrida. En “El guardián del Vaticano” vemos una alusión a Sanchez Mejias , como fiel guardador de los prestigios de su cuñado muerto en Talavera.

Corrochano ve el toreo a través de Joselito El Gallo, quien le hace un buen aficionado es Joselito El Gallo con su ejemplo en las plazas. Corrochano es el credo de gallismo. En donde no hay toros malos sino que cada toro tiene si lidia y el torero debe saber dársela.
Que será más o menos lucida pero todos los toros tienen su lidia, hay que saber hacerlas. Por lo tanto el mejor torero no es aquel que torea con mejor estética o de mayor virtuosidad en una suerte concreta sino aquel que tiene la capacidad para saber someter y lucirse a toda clase de toros. Por último también, expresa Corrochano, la lidia tiene que ser una serie de hechos encaminados a obtener la muerte del toro del modo más satisfactorio. Es decir matar al toro en las mejores condiciones, completamente sometido a la muerte, que es definitiva la mejor forma para colocarle la espada. Todo lo que se aleje al objetivo de poder matar al toro en perfectas condiciones no sería una buena lidia y esto provocaría que el toro se distraiga, coja vicios, etc.


Antonio Díaz-Cañabate analiza al maestro de la crónica taurina de manera clara y rotunda:

Hasta Gregorio Corrochano no aparece en la crítica taurina un escritor con estilo, con grabo y galanura, con fino primor literario. Él es el renovador, mejor dicho, el innovador de una manera de comentar la fiesta (…) Soy un devoto incondicional de Gregorio Corrochano. Jamás me ha defraudado. Buena parte de lo toros en la época de José y Juan a Corrochano se debe. Mucho hicieron con su arte magnífico los dos colosos; pero gran suerte tuvieron con tener como cronista de sus hazañas a escritor de la talla de Don Gregorio. (…)Las crónicas de Corrochano-yo las releo con frecuencia buscándolas en siempre el milagro del buen escritor, incluso su actualidad, aun más insignificantes, las dedicadas a una corrida sin relieve, lidiada por modestos toreros..

Las enseñanzas de maestro Don Gregorio deben guiarnos también a mirar con la curiosidad del aprendizaje y el desinterés partidista constante para poder contemplar las corridas de toros, porque sólo estando abiertos a la sorpresa reveladora podremos coger el tren del toreo, ése que parece llegar de noche cuando nuestras gafas oscuras por los tópicos y los perjuicios al uso no nos dejan ver la claridad hacia donde se dirige la fiesta. El toreo como le sucedió de manera excepcional a Corrochano con Chicuelo y a Corinto y Oro con Ortega junto a tantos otros críticos de su tiempo nos enseña que debemos adelantarnos a los acontecimientos para adaptarnos a los nuevos cambios del arte de las corridas de toros que siempre parece partir con ventaja. Da la sensación que los cronistas de una época no valoran la que ellos mismos observan sino que serán los siguientes generaciones de Cronistas quienes valoren la anterior de ahí el retraso temporal a todas luces injusto con los protagonistas más aventajados.

No olvidemos que hoy se torea mejor que antes porque todo corresponde a una evolución lógica en constante aprendizaje y corrección de errores a nivel artístico y ganadero por ello debemos saber separar el verdadero aficionado del que siéndolo tiene intereses ocultos y ajenos al arte ensimismo apartándonos de una realidad efímera y en constante evolución

Y lo decía también Don Gregorio. Es decir quien no esta con el toro no ve la corrida. Por ello debemos estar atentos y adelantarnos a ese arte efímero que como podríamos comparar representan estatuas de arena frente al mar, en un segundo se desvanecen en el tiempo y sólo perduran en el recuerdo de los aficionados el resto de nuestras vidas.

Las suertes del Toreo (Diciembre 2003)

Conferencia pronunciada en Aula Taurina de Sevilla (11-12-2003)

 

Decir suertes del toreo es decir acciones. Entiendo el término como aquellas acciones ordenadas en el arte de torear, que logran un mayor rendimiento estratégico y por consiguiente artístico, y así cada suerte esta inserta en un tercio y el tercio sumado a otros dos compone la Lidia, dirigida a la preparación del toro hacia la muerte. Precisamente, apoyándome y recreándome en dicha preparación, de manera técnica e histórica, quisiera desglosar en este curso algunas de las suertes más habituales, como se conciben y porqué, en nuestro tiempo.

En el primer tercio o también denominado de varas, el toreo de capa sirve de ayuda para encelar al toro hacia la pica del varilarguero. En dicha capea del toro, pese a su gran diversidad, se suele hoy recurrir cada vez más a los lances fundamentales y más clásicos, como la verónica y la media verónica de remate.

En la verónica se lleva más toreado al toro, durante más tiempo, y con mayor temple que en cualquier otro lance que se precie con el capote de brega. Desde que Juan Belmonte empezara a torear a la verónica, más o menos tal y como se concibe en el toreo actual, la verónica ha ido cobrando más y más importancia.

Hoy, desgraciadamente, el repertorio de los toreros es más reducido y son pocos los que se atreven, no sólo a innovar nuevos, sino aún a rescatar del olvido lances tan difíciles a la par que brillantes como el galleo del Bú de Gallito o la Mariposa de Lalanda entre otros muchos.

A excepción de muy pocos toreros, hoy tampoco son corrientes los quites, salvo los de socorro. También en muchas ocasiones los lances a la verónica en vez de rematarse con una media se rematan con revoleras , ése broche redondo que parece saltar de una mano a otra .

El delantal también es común, es algo así como una verónica a pies juntos, más ceñida y que ofrece menos vuelo al capote. En otro campo están las gaoneras , que representan otra forma de torear con el capote a la espalda que, lamentablemente no se aprecia en la actualidad, y de la que destaca su exposición, pureza y belleza. Con el toreo a la espalda se puede hacer un toreo de mucha dimensión.

Hubo una época que se abusó mucho de la chicuelina , posiblemente el quite más usado de este último siglo, pero ahora ni siquiera eso. Desde que se fue uno de sus últimos grandes intérpretes, Paco Camino, la chicuelina que se ejecuta no es de tanta calidad.

Toreros como El Juli o el propio José Miguel Arroyo “Joselito” estan reduciendo su repertorio, centrándose más ahora en lo que es el toreo fundamental. Ya no se ven con tanta frecuencia las lupesinas, escobinas, y caleserinas de Julián y el quite más popular de José con el capote a la espalda, que antaño inventara el diestro mejicano Eliseo Gómez “El Charro” bajo el nombre de la crinolina. Recuerdo habérselo visto por primera vez en Madrid en la Corrida de Beneficencia del año 1993.

Éstos dos diestros que nos sirven de pequeña muestra de que pese a haberse ensalzado mucho sus repertorios, éstos no son verdaderamente brillantes, si los comparamos con los de Joselito “El Gallo”, que supo hacer casi todos los quites con una inusual perfección, desde las largas cordobesas, las dobles largas hasta torear con el capote al brazo; o de los toreros mejicanos de los años veinte y treinta, Fermín Espinosa Armillita o Carlos Arruza por ejemplo.

Pero lo que ahora distingue al toreo de moda actual es que se torea muy poco con el capote, por que también la suerte de varas es cruenta, ventajista y muy sangrienta y sólo se suele poner una vez el toro en el caballo- por que con eso parece ser suficiente. En ese encuentro del toro con la garrocha, el astado queda muy disminuido en fuerzas y ánimo y suele ser entonces cuando rápidamente se cambian los tercios para llevar lo mejor posible al toro en la muleta. Ahora se puede apreciar perfectamente muchas corridas sin ver un quite. Se ha perdido su esencia dentro de la Lidia.

Tradicionalmente siempre hubo tres tercios y los picadores estaban en el ruedo antes de que los toros salieran. Es a partir del reglamento del año de 1923, cuando los picadores salen un poco después de cuando el toro ya ha salido , para evitar los primeros encontronazos del toro con el caballo, que solían ser muy violentos, antes de detenerlos en su acometida generalmente a caballo levantado.

La funcion fundamental de la suerte de varas ha sido la de medir la bravura y ahormar la cabeza al toro. Así, mediante el castigo y el quebranto del toro, se detiene el cornear contínuo y descompuesto. El toro debe sangrar hasta la pezuña para que en él surja el temple y la fijeza frente a su ímpetu bronco. Para ello el puyazo deberá caer delantero para facilitarle la tendencia a humillar en contraposición con los habituales puyazos traseros que sólo allanan la disposición a echar la cara arriba. Pero el concepto moderno de bravura no se reduce sólo a la suerte de varas sino a toda la Lidia en sí misma. Antes de la época de José y Juan un ganadero estaba satisfecho del juego de un toro si éste antes había cumplido con el caballo aunque luego hubiera pegado los cuartos traseros a las tablas y no hubiera embestido a los engaños. Ahora ese concepto se ha cambiado por el que el toro, sea bueno en todos los tercios y acuda con nobleza, para romper en la muleta hasta el final.

Una de las principales causas de la práctica extinción del quite quizás se deba a la pérdida de la costumbre de poner en suerte al toro en el caballo en sucesivas ocasiones. Con el reglamento actual del año 1992 reformado en el año 1996 solo son dos varas las impuestas en plaza de primera y una en plazas de segunda y de tercera.

En la fiesta de los toros podemos clasificar en cuatro tipos, los diferentes petos que se han utilizado a lo largo de la historia. El primero aparece en el año 1928-1929 y se emplea hasta el año 1930-1931; y que prácticamente no cubría más allá que los pechos del caballo. El segundo surge en el año 1932 uno muy parecido al actual, pero sin faldones. El tercero es el utilizado en la posguerra del año 1940 al 1950. Éste ya presenta faldones pero no pesa. Finalmente el último y más actual, está provisto de faldones pesados e incluso en algunos casos de ilegales manguitos con que proteger las extremidades de los équinos, y que surgen a principios de los años setenta.

La forma de picar por ello y en la actualidad se realiza a caballo parado y no a caballo levantado como se hacía hasta los años setenta del siglo XIX. Antes era un remedo del rejoneo, es decir, el caballo siempre estaba en continuo movimiento y al toro se le infringía relativamente poco daño, pues no se le empujaba tampoco la vara con la misma fuerza y las puyas eran fabricadas de hierro, sin filos provistos de limoncillos gordos como puños. Las varas de antaño podrían confundir al aficionado de hoy, pues las cincuenta varas de entonces no causaban, en realidad, mayor efecto que los dos puyazos sangrientos de los actuales.

Lo que pasa es que a raíz de Lagartijo, Frascuelo y Guerrita, los toreros se dan cuenta que los toros pueden ir muchas veces al caballo pero sin sufrir quebranto y es entonces cuando ordenan a sus picadores que piquen a caballo parado. En ese forcejeo del toro en movimiento con el caballo parado se produce el quebranto del toro con la vara. También nacería el segundo modelo de puya, fabricada en acero con forma de pirámide triángular estriada, vaciada con un arandela a modo de tope que sustituye al limoncillo. És, en esta época cuando llegan las grandes carnicerías de caballos causadas en gran medida, también es cierto, por la carencia de peto del caballo. Desde mediados del siglo pasado nace nuestra última puya, muy partecida a la anterior, salvo que se reemplaza la arandela por la cruceta y la puya no esta estriada aunque presenta aristas cortantes y punzantes fundamentalmente.

Uno de los problemas que se nos plantea en la suerte de varas actual es el pesado peto utilizado, ya que es precisamente este peto, el que iguala a todos los varilargueros, ya ejecuten bien o mal la suerte. Apenas se observa ya su destreza en el encontronazo, la reunión y el despido de la res. Bien es cierto que para ejecutar de forma ideal la suerte de varas habría que que ir de frente al toro, sin atravesar el caballo. Luego es necesario echar el palo hacia delante, concretamente en el morrillo, para que el toro venga picado, es decir que hay que meterle las cuerdas antes de que el toro choque con el caballo . Por algo recibe el calificativo de la vara de detener . En ese momento se tiene que dar un espuelazo y un golpe de brida hacia las tablas para que el toro salga por delante. Rapidamente tras estos movimientos un subalterno debe llevárselo de la suerte. Así el toro nunca entra en contacto con el caballo. Ése es, en definitiva el ideal que explican muchas Tauromaquias y que nadie ha podido ver.

Hoy en día es habitual ver estrellarse el animal en el peto y cuando está debajo se introduce la garrocha como si de una verdadera lanza se tratara. Pero es cierto, que las tauromaquias estan equivocadas, así no se evalúa la bravura del toro, ya que al no tener la posibilidad de forcejeo y empuje con el animal no se puede apreciar verdaderamente la mansedumbre o bravura del mismo. Lo mejor es ir de frente, echar la vara y aguantar a pie firme .

En esta suerte existe un gran tópico con la suerte de la carioca , atribuida al picador Miguel Atienza, puesto que los toros verdaderamente bravos dan la vuelta al caballo. El toro al apretar muchas veces saca el caballo para afuera. Pero a pesar de ello, son también muchas cariocas ventajistas las ejecutadas por ciertos picadores profesionales ante los toros bravos.

Ahora no se mide el castigo en los puyazos. Se pica muy mal y se pega mucho. Hay que reformar completamente la suerte de varas, pero los picadores actuales no estan dispuestos ya que se exponen mas. Habría que poner un caballo menos pesado, que el toro pueda forcejear con él y que no se destroce; hay que poner un peto flexible; hay que obligar a los picadores a que piquen más delantero, normalmente se pica muy trasero y se pica mucho. Pero cuidado, que aún esta vivo y actual en nuestra memoria la pasada huelga de picadores en la Feria de Abril del año 1992 con la entrada en vigor de la ley de los caballos en el nuevo reglamento.

La distancia para picar lo indican los propios toros. Los más bravos se van desde más lejos y los menos habrá que acercarlos mas. El primer puyazo puede ser contra querencia pero si al toro le ha costado tomarlo es absurdo empeñarse que el segundo sea en el mismo sitio, pues se dan una serie de capotazos innecesarios que entorpecen la Lidia. Habrá que poner al caballo en un sitio más a favor de querencia y en un sitio más cómodo para el toro.

Finalmente es necesario una pronta doma de los caballos de picar. No pretendo que se instaure la prueba de caballos en los patios de cuadrillas, ni que los picadores sean los conocedores o que vengan del campo, curtidos en los apartados, encierros, tientas, conducciones y acosos, pero sí que aparezca la figura del profesor de equitación en las plazas. Aunque sea para enseñarles a los caballos de picar a andar hacia atrás, de costado, a girar sobre el cuarto posterior, a adquirir firmeza sobre las patas como base del encontronazo y a obedecer al bocao y la espuela como únicas armas del picador. A todos se nos viene a la memoria el inolvidable don Hermógenes que estuvo en la Plaza de Sevilla hasta la década de los sesenta.

El nacimiento del segundo tercio surge tras la primera gran competencia que vive el toreo profesional a pie, entre los toreros andaluces y los toreros navarros-aragoneses. La tauromaquia de los toreros andaluces basado en torear con la ayuda de trapos se enfrentaba a la los de los toreros navarro-aragoneses cimentada en los recortes a cuerpo limpio. La plaza de Madrid en aquellos momentos se convierte en testigo de excepción a mediados del siglo XIII, bajo el reinado de Carlos III. Allí se dirimen las diferencias entre los andaluces y los navarro-aragoneses. Al final acaban triunfando los toreros andaluces con el diestro sevillano Joaquín Rodríguez Costillares a la cabeza. Costillares expulsa de las plazas importantes a los toreros navarro-aragoneses, y desde ese momento se impone en España el toreo basado en torear con trapos. Pero aún así queda una única suerte residual de aquel toreo navarro-aragonés que es la suerte de banderillas, más centrado en el recorte y desplante. Antíguamente se colocaban las baderillas de una en una. El primer torero que pone las banderillas de dos en dos, es decir de par en par es el famoso torero navarro Licenciado de Falces que pinta Francisco de Goya. Por tanto en la corrida actual, la suerte de las banderillas es el único residuo que se salvó de aquel toreo navarro-aragonés.

Pese a este recuerdo histórico del segundo tercio, se dice que la finalidad de éste es el de alegrar, reanimar, excitar y avivar al toro sin restarle fuerzas y algo de razón lleva. Sólo basta acercarse a algún tentadero para darse cuenta como en muchas ocasiones a las vacas congestionadas que se echan al suelo, hay que hacérlas una muesca en la oreja para descongestionarlas, aunque también es cierto que el esfuerzo físico en este tercio por parte del toro es considerable. La prueba de ello, es que los toros llegan muy agotados al último tercio en ocasiones. De hecho, muchos matadores piden a la presidencia el cambio para no dar el tercer par de banderillas.

Realmente la gran funcionalidad que tiene este tercio, a mi entender, es que mientras se esta banderilleando al toro, lo que ve fundamentalmente el matador es la longitud que tiene el toro en su embestida después de la suerte de varas. Por eso es fundamental que exista un subalterno que lidie bien y que pegue capotazos largos y buenos y por abajo para que se vea la capacidad que tiene el toro de humillar y de seguir el engaño. Y por eso es tan importante que haya banderilleros que banderilleen por los dos pitones para que se vea la prontitud que tiene el toro por cada pitón y si se vence o no se vence. En estos tres pares de banderillas, si la cuadrilla es buena y el matador es observador e inteligente, el toro tiene que estar completamente visto y definido y por lo tanto si esto es así cuando el matador coge la muleta no tiene que haber ninguna probatura. El toro debe estar listo y el torero debe torearlo con lucimiento.

Entonces podemos afirmar que si observamos a matadores de toros que cuando cogen la muleta lo que estan haciendo es sobando al toro, significa o bien que no han podido ser capaces de ver al toro o les han hecho una mala lidia. Porque con el toro bien lidiado éste tiene que estar completamente visto y definido cuando se coge la muleta.

La suerte estandar más habitual en banderillas es la suerte al cuarteo que es como en el capote la verónica o en la muleta el natural . Ésta se produce cuando el toro se acerca al banderillero y el mismo describe un semicírculo hasta encontrarse con el animal. En ese preciso instante se colocan los palos. El banderillero debe estar en el centro del ruedo y el toro está en el tercio al iniciarse esta suerte. Todas las suertes de banderillas son cuarteos, lo que pasa es que se producen en distintos terrenos de la plaza y en distintas circunstancias y por ello reciben una nomenclatura distinta. El resto de las suertes de banderillas son más propias de matadores banderilleros que de los propios subalternos. Algunas de las más utilizadas son:

De poder a poder es un cuarteo en donde el toro y el torero arrancan a la vez. Lo que se hace normalmente es que el torero arranca antes para ganarle la cara al toro, porque si el toro arranca antes que él es muy difícil ganarle la cara y hay un mayor peligro de ser cogido

De dentro a fuera , cuando el banderillero sale de las tablas en vez de de los medios.

De afuera a dentro , cuando la res arranca de las tablas y el banderillero de los medios.

Al sesgo , es un cuarteo pero con el toro pegado a las tablas. Antes la utilizaban mucho las cuadrillas por que los toros mansos se quedaban en las tablas y había que banderillearlos allí. Ahora se utiliza poco porque casi todos los toros se dejan banderillear en el tercio.

Por los adentros, cuando el toro esta muy cerrado y el torero se mete por adentro uno de sus mejores artífices es el diestro alicantino Luis Francisco Esplá.

Al quiebro, lo inventó el sevillano Antonio Carmona El Gordito a mediados del siglo XIX, tras haber visto en Portugal una colección de quiebros, cuarteos y cambios. De todas formas ahora no hay buenos quebradores.

Entre los clásicos muletazos propios del tercio de matar, nos encontramos con el derechazo, el natural y el pase de pecho. Lo que es el trasteo de muleta ha experimentado un gran crecimiento durante el siglo XIX y el XX. Antes de Joselito y Belmonte tan sólo cuatro o cinco muletazos bastaban para cuadrar y dar muerte al toro. Ahora las faenas de muleta son prolongadas y ya no es sólo una preparación del toro para la muerte sino que es una finalidad en sí misma. Es donde se cimentan los éxitos de los toreros. La faena de muleta crece con el tiempo en detrimento de los tercios anteriores. Es preciso que el aficionado no pierda esa parte del espectáculo que les es hurtado.

Las faenas normales se construyen en tres fases al igual que se representa una obra de teatro. Una primera de inicio , una segunda central basada en el toreo en redondo y una final basada en los adornos y en los desplantes (molinetes, manoletinas, ayudados por bajo etc...). Esta estructura es la más común en casi todas las faenas pues los toros actuales así lo permiten.

Ahora se torea mucho en redondo, y por ello se ejecutan muchos derechazos y naturales rematados con el clásico pase de pecho. Pero como apuntábamos, antes del toreo en redondo surge el inicio de faena, donde si el toro tiene pujanza los toreros recurren a los trincherazos, a los ayudados por bajo y se lo sacan a los medios; y si en cambio no tienen pujanza, se torea por arriba, cuidandolo con estatuarios, ayudados por alto, etc... Pero también se contempla el caso de diestros que tiene un inicio de faena más tremendista con muletazos puestos de rodillas, etc...Hay que huir de la uniformidad, y volver a la diversidad, que enriquece profundamente el arte del toreo.

En los pases no creo en las normas clásicas, ya que hay tantas formas de interpretar cada muletazo como toreros hay en el escalafon. Todas estas interpretaciones son válidas y buenas si se hacen con sinceridad y con firmeza. Me parecen tan válidas la interpretación del natural de Paco Camino como la de El Cordobés por poner dos toreros antagónicos por ejemplo. Cuando el toro pasa y el torero no es cogido ha habido acierto por parte del torero. El muletazo ha sido eficaz. Otra cosa es que nos guste más o menos esa interpretación. La mayor impureza en el arte de torear es cuando los toros te cogen.

El toreo que personalmente más me gusta es el de larga duración. Un toreo muy similar al que de Dávila Miura interpreta. Es decir, aquí si que me aparto del gusto actual, ahora prima más el toreo de medios muletazos y muy estereotipado. Yo soy de la idea de que cuando mejor se ha toreado con la muleta, posiblemente la edad de oro de muleta, haya sido en los años 60. Con un cuarteto de toreros muy buenos, Antonio Ordoñez, El Viti, Rafael Camino y Antoñete. También con Manuel Benítez “El Cordobés”, que siempre ha sido un torero muy mal considerado por los aficionados ortodoxos pero que fue un muletero excepcional, capaz de dar hasta diez naturales sin enmendarse. Todos ellos eran toreros en el ruedo que pegaban muletazos muy largos. Yo creo que ese es el mejor toreo.

Es decir cuando mayor dimensión y duración tiene el muletazo, para mí es mejor. Creo firmemente que al público en el fondo le gusta también más. Los olés son más largos y la emoción es mucho mayor. Soy partidario de echar la muleta en la cara del toro y engancharlo lo más delante posible y llevarlo lo más atrás posible con la mano baja. A mí entender, los toreros que están muy compuestos estéticamente para dar medios muletazos son de cartel de feria. Para mí la gran estética del toreo es llevar al toro lo más toreado posible. En definitiva son los muletazos de mucha dimensión, temple y ligazón .

También es fundamental que los toros no enganchen los engaños, porque en el momento en el que el toro toque el engaño, ha conseguido su objetivo y no pasa. Y luego, ligazón, ser capaz de quedarse en el sitio y enlazar los siguientes muletazos sin moverse.

El torero que es capaz de quedarse quieto, echar la muleta por delante, llevarlos largos y templados y ligar los muletazos, es el que me gusta mucho. Aunque digan de él que es un torero tosco y basto . El otro torero que es incapaz de dar muletazos largos, que torea a tirones y que no liga, por muy compuesto que se ponga a mi no me emociona.

El parar, templar y mandar de nuestros padres y abuelos se traduce en nuestro tiempo por la Quietud, temple y ligazón. Parar : quedarte quieto; Templar : llevarle despacio; Mandar : quedarte completamente colocado para dar el siguiente muletazo sin necesidad de moverte.

Cargar la suerte ” es un concepto de torear ( torear cargando la suerte ) que puede llevarnos al error. Con ello antíguamente se lograba desplazar los toros para afuera, el muletazo resultaba más despegado y el toro no repetía. Se supone que había que cruzarse mucho , y desplazar los toros muy para adelante y así es muy difícil ligar el toreo en redondo, que es el toreo que se hace actualmente. Es por tanto mucho mejor no desplazarlos tanto para afuera y metérselos más para adentro, y eso aunque no se considera cargar la suerte, sí lo es también.

Cuando un torero pega un muletazo y se queda colocado para dar el siguiente sin necesidad moverse y el toro le repite, ha habido mando y el muletazo es bueno y el toro ha ido toreado. Es decir el animal, ha ido hasta donde le ha llevado el torero. Cuando no se rectifica la posición, el toreo es bueno por definición.

Hay dos suertes supremas de ejecución fundamentales y el resto son suertes intermedias. Una sería la suerte Al Volapié , que sería que el toro no hace nada y lo hace todo el torero y otra sería la suerte Recibiendo ; el torero no se mueve y el toro lo hace todo.

Entre medias habría varias:

Arrancando ; el toro da uno o dos pasos adelante, pero el que lleva la iniciativa es el torero. Es muy parecido al volapié.

Aguantando , donde es el toro el que verdaderamente ataca primero pero el torero corrige un poco la posición y da un paso adelante. Es muy parecido al de Recibir.

A un Tiempo : donde el recorrido del toro y del torero es el mismo y se encuentra en la mitad del camino.

Existen suertes de recursos para matar toros difíciles como: A la media vuelta o A paso de banderillas , entre otras.

Según los terrenos en donde se disponga a entrar a matar se puede dividir en dos formas:

Suerte Natural ( cuando el toro sale hacia los medios, contra querencia))

Suerte Contraria (cuando el toro sale hacia las tablas, a favor de querencia)

También es importante analizar las estocadas según colocación, profundidad e inclinación . De todas maneras actualmente hay una gran obsesión por la colocación de las espadas en el hoyo de las agujas .. Considero de igual manera la ejecución y la colocación. Aunque claro, cuando se ejecuta bien, una estocada es meritoria aunque haya pinchado. Y también al revés una estocada mal ejecutada, aunque quede bien colocada por azar no debe ser meritoria.

Al final a los toros se les mata arrancando, por que el volapié sería que el torero se echara sobre el toro y el toro no avanzara. Pero siempre el toro da algunos pasos por pocos que sean hacia delante, por lo tanto hablamos de un volapié con algo de movimiento del toro.. Lo que hay que ver si el torero se tira en rectitud, despacio y con la mirada puesta en el morrillo. En corto y por derecho. Poca distancia (un 1´10- 1´20m), derecho, mirar al morrillo no a los pitones y salir por el costillar. Ya lo decía Costillares, toro que no parta, partirlo

Decía el matador de toros chiclanero Francisco Montes Paquiro del volapié que poseía tres condiciones que aseguraban el éxito. Y cito textualmente “Es una la fijeza del toro en el diestro, es decir, que le vea y atienda al engaño en el instante preciso en que le entra en la “cara”; la otra, la absoluta igualdad y aplomo en los cuatro remos, pues de tener adelantada una u otra mano, la ventaja es del toro, que ya lleva ganado “un paso” y puede coger al diestro en “embroque”; la última es que la cabeza la tenga en colocación natural, ni alta ni que se tape y por un segundo movimiento impulsivo despida el estoque poniendo en grave aprieto al diestro, ni baja que tenga a su favor un tiempo ganado para cornear, puesto que de este acto se derivan dos movimientos usuales de la res para apoderarse del torero. La “humillación” y “elevación” de la cabeza son actos simultáneos e imprescindibles”.

Dos últimas suertes a considerar son el descabello y la puntilla o cachete. Nunca se les ha considerado suertes aunque pienso que todo lo que se le hace a un toro es una suerte. La prueba de que es una suerte meritoria es que unos lo hacen muy bien y otros muy mal. Por tanto no esta al alcance de todo el mundo el hacerlo bien:

Para realizar el descabello se debe situar muy cerca del toro, concretamente en vertical y esperar a que humille, a que esté descubierto. Así se vera la muerte y después de un golpe seco y fuerte se acabará con la res.

Antes se descabellaba con la espada, pero hubo accidentes. El invento de la cruceta se le atribuye al diestro madrileño Vicente Pastor que una vez retirado propuso en un concurso de ideas celebrado en la capital de España el famoso invento del verduguillo a principios del siglo XIX.

Para efectuar la suerte de la puntilla por regla general el toro ya esta echado, se puede hacer de frente o de espalda.

A la Vallestilla : es otra suerte que se realizaba en época de Lagartijo y Frascuelo y que se trataba de tirar la puntilla a modo de un dardo.

Finalmente quisiera destacar un caso muy curioso que es cuando a los toros que estan heridos de muerte no se les puede entrar a matar otra vez. Tienen los cuartos traseros pegados a tablas, se tambalean pero no se echan. Tampoco se les puede descabellar porque estan muy tapados, es decir mirando para arriba. Pero pasa el tiempo de forma fatídica. Joselito antíguamente cogía una puntilla y lo apuntillaba de pié. Una vez lo hizo en la Maestranza Rivera Ordoñez y se le echaron encima, no veo porque.

Es preciso volver a la esencia del toreo, huir de esa pesada armadura de la uniformidad y el estilo único, y enriquecernos de la variedad que afortunadamente nos ofrece la labor de esos artistas- toreros, banderilleros y picadores-, cuyas creaciones personalísimas nos hacen llegar hasta ese punto de nuestra imaginación en el cual el arte de lidiar toros se convierte en algo intangible como el más puro sentimiento.

El Lenguaje de la Tauromaquia

Lugar: Facultad de Ciencias de la Comunicación. Sala de Grados
Fecha: Jueves, 3 de marzo de 2005.
Hora: 12:30 p.m.
Duración: 30 minutos
Páginas: 11

Excmo. Delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía, Ilustrísimas autoridades, señoras y señores, buenas tardes.

En primer lugar quisiera agradecer a la Asociación para el progreso de la Comunicación en la figura de Francisco Gallardo por concederme la posibilidad de encontrarme en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla y poder participar en las vigésimo terceras jornadas de Universidad-Información dedicadas a la Tauromaquia. Otra forma de Comunicar.

Sobre mundo de las corridas de toros, ya lo dijo Don José Ortega y Gasset, hay que prestar atención con intelectual generosidad. Es una cuestión de honor, añadiría, para un hombre de pensamiento explicarse su origen, su desarrollo, su porvenir, las fuerzas y resortes que lo engendraron y lo han sostenido.

¿Cómo saber y hablar correctamente de toros? Todo el mundo habla de toros y pocos conocen bien la historia, la técnica y el lenguaje taurino. Para poder abordar las distintas facetas de la fiesta lo primero que nos sugiere la teoría es la propia praxis como experiencia multidisciplinar, es decir, hay que aproximarnos al mundo de las corridas de toros. Una de las mejores formas es asistiendo in situ a todos los festejos taurinos que salgan a nuestro paso; intentar participar en algún tentadero cogiendo alguna muleta con el fin de ejecutar algún pase, pues es precisamente desde la experiencia personal y el contacto directo con el animal, cuando recibimos una de las mejores lecciones taurinas. Así pues, una vez que hemos experimentado el toreo en nuestras propias manos, adquirimos una nueva y distinta visión del toreo cargada de profundidad y juicio.

Otro factor fundamental para conocer el pasado y presente de la fiesta es la lectura de libros de temática taurina, la contemplación de fotografías taurinas y por último el visionado de vídeos antiguos. Buen ejemplo de todo lo que exponemos son el libro de cabecera de todo aficionado, el Tratado Técnico e Histórico de Los Toros, más conocido como El Cossío , de José María de Cossío; y la famosa colección de vídeos antiguos de Fernando Achucarro que apoya con las imágenes todo lo leído con anterioridad.

Es definitiva, todo un conjunto de argumentos literarios, periodísticos y gráficos nos van a abrir nuevos caminos, fuentes y estilos en el arte del toreo, y es analizando éste conocimiento multidisciplinar que podemos distinguir tres periodos. El primero es la propia experiencia en la plaza como espectador, el segundo nuestro propio toreo en el campo cuando nuestras posibilidades nos lo permitan, y finalmente en el tercer periodo viajaríamos al pasado, evolución y presente de la Tauromaquia con los libros y revistas más sobresalientes de cada época. Con todo ello, debemos pasar un tiempo considerable de reflexión para madurar los conocimientos complejos adquiridos antes de ejercer la profesión periodística especializada.

En cuanto a la lectura o toma de contacto con nuestros primeros libros de toros, podemos clasificar la literatura taurina en dos tipos tan distintos como a veces coincidentes: los libros técnicos y los históricos. En un primer conjunto englobaríamos todo lo relacionado con el toro de lidia como animal específico y la plaza como escenario principal del drama. En el segundo grupo se encuentran los ensayos históricos de la fiesta, que nos ayudarán a entender el origen y la evolución de la misma.

En nuestra primera aproximación nos situaremos desde la dimensión del campo. En el campo bravo, hábitat natural del toro, es donde encontramos el primer referente y la clave para entenderlo todo. Algunos de los exponentes bibliográficos más destacados de este primer apartado son: en cuanto a la crianza del toro bravo en el campo El Toro Bravo de Álvaro Domecq y La vida privada del toro de Luis Fernández Salcedo; en cuanto a la diferenciación fenotípica del toro bravo: Pelajes y encornaduras del toro de Lidia de Adolfo Rodríguez Montesinos y para conocer la genealogía ganadera: Orígenes e historial de la ganaderías bravas de Areva. Este gran escritor hizo una gran labor de compilación y análisis de las divisas y encastes de la lidia pese a no ser reconocida por muchos aficionados y no pocos profesionales.

A la hora de adentrarnos en la plaza y en las claves de la lidia, es conveniente guiarnos por maestro de todos, el célebre libro La Tauromaquia de Joselito de Gregorio Corrochano, que es una obra maestra narrada por el que fue creador de la crónica moderna. Hasta Corrochano se hacía revisterismo con una mera transcripción de lo sucedido en el ruedo; y desde Corrochano se hace crítica, dando una valoración más analítica, desplazando la pura reseña a un mero segundo plano, todo ello unido a un alto y depurado estilo literario que provocó toda una revolución en su época. Años después muchos autores han seguido la estela del maestro toledano. Otra obra fundamental de hoy se debe a uno de sus discípulos más aventajados: Del paseillo al arrastre de Domingo Delgado, auténtica visión realista de la historia de la Tauromaquia tal y como hoy la conocemos.

En el aspecto histórico de las corridas de toros existen otras referencias meritorias como la Historia verdadera de las corridas de toros de Pepe Alameda; Historia del Toreo de Néstor Luján y Revisión del Toreo y Avatares Históricos de toro de Lidia de Domingo Delgado. Otro ensayo destacado y de interesante referencia técnica y estética del toreo, pese a no estar enmarcado en los apartados anteriores, es Tauromagia del mallorquín Guillermo Sureda. Finalmente, en cuanto a la relación del toreo con las Bellas Artes podemos rescatar junto con el Tomo II y el Tomo VII de El Cossío , el ejemplar Los toros en las Bellas Artes de Álvaro Martínez Novillo, toda una joya bibliográfica

A la historia y la técnica de las corridas de toros también es necesario unirles los protagonistas principales que no son otros que los toreros. Para ello biografías noveladas como Juan Belmonte, matador de toros de Manuel Chaves Nogales o la de Joselito “El Gallo” de Gustavo del Barco son referentes indispensables para conocer una escuela narrativa de interés más allá de lo meramente taurino. Además De José y Juan, toreros imprescindibles, clave y fundamentales para entender la historia del toreo a través de sus faenas en los ruedos y del lenguaje de los libros han sido:

Francisco Romero, del que se sabe muy poco y que llegó incluso a inventar la muleta y la estocada de frente, conformó la primera cuadrilla de toreros subordinados al mando y la estrategia del maestro e inventó la lidia en tres tercios tal y como hoy se entiende. Realmente él no consiguió imponer todo eso, pero es el primero que lo practica en la plaza y son sus sucesores quienes lo imponen; José Rodríguez Costillares logra poner a los picadores bajo su protección y gobierno, inventa la verónica y el matar a volapié a toro parado. Con él surge la triada clásica en unión de José Delgado Guerra Pepe Hillo y Pedro Romero, que sin tener el peso de Costillares fueron muy importantes, sobre todo Romero, en cuanto a la seguridad.

La Guerra de la Independencia en la época del reinado de Fernando VII trae una época de decadencia, hasta que surge Francisco Montes Reina Paquiro en los años treinta del siglo XIX. Éste torero chiclanero se presenta en la historia como el primer torero enciclopédico y recopilatorio de todo lo bueno hasta entonces realizado. Dicta una tauromaquia muy conocida y curiosa a Santos López Peregrín, que incluso en nuestros días llama la atención por su arcaica concepción de la lidia, al igual que la de Pepe Hillo redactada por José de la Tijera.

Después del mencionado Paquiro aparecen en los ruedos dos toreros esenciales, su discípulo José Redondo Domínguez Chiclanero , uno de los mejores intérpretes de la suerte de recibir y Francisco Arjona Herrera Cúchares , rival, contrincante y enemigo acérrimo del gaditano. Éste último maestro muleteril es quién nos trae por vez primera la concepción del toreo actual de muleta -hasta entonces sólo se cuadraban los toros antes de la suerte suprema-,y lo hacía luciéndose y recreándose con la franela en unión con unas cualidades artísticas y simpatía personal que le valieron para crearse muchos partidarios. Tras la ausencia de Cúchares en los ruedos el toreo entra en una gran decadencia, ya que pese a la apasionada competencia de Antonio Carmona Luque El Gordito y Antonio Sánchez El Tato , el público se divide y es con la clase de Rafael Molina Sánchez Lagartijo cuando la historia del toreo recobra su cauce y su transcurrir caudaloso.

Lagartijo se convierte en el mejor representante del toreo del siglo XIX, supera a todos por el conocimiento de la lidia, las suertes, y añadía además una elegancia innata. Pese a ello Lagartijo se encuentra con un oponente más torpe y basto, pero que posee un valor increíble, que es Salvador Sánchez Povedano Frascuelo , llegando incluso a medirse de tú a tú en muchas tardes. Frascuelo es también otro torero importante que crea escuela con el valor, pese a la tosquedad de su toreo. La cima, por tanto, llega con esta dura competencia entre Lagartijo y Frascuelo; y después de ellos, Rafael Guerra Bejarano Guerrita , heredero de Lagartijo en casi todo menos en la elegancia, muy poderoso y completo. Guerrita tiene satélites que no estorban, como son Luis Mazzantini y Manuel García Cuesta El Espartero . Con éste último y pese a su trágica muerte, se llega a divisar algo del toreo de Belmonte. Luego continuaría otra etapa llena de mediocridad como es la del toreo de Rafael González Madrid Machaquito y Ricardo Torres Reina Bombita con algún torero muy interesante como es Rafael Gómez Ortega Rafael El Gallo , de corte lagartijista e innovador, con el concepto de torear y estar bien con el toro que él quiere, es decir, no tiene la responsabilidad de estar bien todos los días.

Esa forma de estar en el ruedo de El Gallo luego la explotarían muchos toreros del corte de Rafael de Paula o Curro Romero entre otros. El mayor de los Gallos es la viva imagen del artista que muchos días esta mal y se hace perdonar de vez en cuando con una faena inspirada. Su gran inventiva le hizo ser precursor y padrino de muchas suertes como la de la serpentina, o la revolera doble con la capa; el par de banderillas al trapecio, el inicio por estatuarios, que en tiempos de Rafael fueron más conocidos por muletazos del Celeste Imperio, o los cambios de mano por la espalda. Por lo tanto, fue un torero tremendamente imaginativo unido a un gran conocimiento del toro heredado de su padre Fernando Gómez García Fernando El Gallo , íntimo y coetáneo del gran Lagartijo. Su gran personalidad y cambios de humor dentro y fuera de los ruedos le hicieron ser autor de las mayores anécdotas de la fiesta, y ahí quedaron para el recuerdo tanto sus faenas gloriosas como sus espantás.

A Rafael le sucedería su hermano José Gómez Ortega Joselito El Gallo , padre junto a Juan Belmonte del toreo moderno. La aportación más importante de Joselito a la fiesta moderna es el toreo en redondo, es decir el sevillano comienza a ligar los muletazos por el mismo pitón, se convierte en un lidiador excepcional, adquiere un repertorio más heterogéneo y por lo tanto nos enfrentamos con el torero más completo de la fiesta, incluso habría que añadir su faceta de orientador de ganaderos, pudiendo afirmar sin miedo a equivocarnos, que el toro actual es obra de Joselito El Gallo. Hasta entonces había muchas castas y es el propio Joselito quién apuesta de una forma decidida por el encaste Vistahermosa porque se da cuenta que es el más bravo y es el que va a posibilitar el nuevo toreo o dicho de otra manera, el toro que permitió el triunfo de Belmonte lo había creado Joselito en el campo, y de ahí que Gallito sea el creador del toro moderno.

El Pasmo de Triana, siempre revolucionario y en contraposición a José, aportaría una estética nueva, asentando sus pies en la arena y afirmándose en el ruedo con un mágico juego de muñecas cargadas de un especial temple, seguido y perfeccionado años más tarde por toreros de la Generación del 27 como Joaquín Rodríguez Ortega Cagancho y Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana . Otra aportación clave de Belmonte en la Historia de la Tauromaquia fue el toreo a pitón contrario para desviar la embestida, que es lo que le permite sin lugar a dudas el estar de frente a los toros.

En la década de los años veinte surge la figura de Manuel Jiménez Moreno Chicuelo . Experto conocedor de las técnicas de José y Juan, es el primer fusionador de tales tauromaquias. Chicuelo realiza las primeras faenas modernas tal y como se realizan ahora, ligadas completamente en redondo y rematadas las series con un pase de pecho. Desgraciadamente el carácter abúlico y poco valeroso de Chicuelo le impidió realizar su toreo todas las tardes y con todos los toros, haciendo con ello que apenas impusiera su criterio.

Un caso curioso de la historia es el propio Domingo Ortega en la década siguiente, que tiende a apartarse de esta inexorable evolución del toreo, volviendo al toreo en constante movimiento en una época en la que todo el mundo intenta quedarse quieto y bajar las manos. Su maestría y poderío como máxima figura de su tiempo le hacen también alzarse a lo más alto.

Hasta los años cuarenta y de manos de Manuel Rodríguez Manolete no se imponen definitivamente las teorías de Chicuelo en una mayoría de toros y plazas. Con Manolete se cumple la profecía de Belmonte que llegó incluso a comentar en alguna ocasión: Que llegaría un día en que un torero esté bien con todos los toros . Ése fue el Califa cordobés que no sólo ejecutaría series ligadas en redondo y rematadas con el de pecho, sino que incluso llegaría a torear a todos los toros con la mano izquierda y hasta con las manos más bajas que el propio Belmonte. Trascendente aportación esta del toreo al natural de Manolete en todos los toros, pase éste reservado en exclusiva hasta entonces para toros muy claros y boyantes. Pese a las grandes críticas sufridas por este torero por parte de aficionados y profesionales achacándole ser el gran pervertidor del toreo moderno, es precisamente con él donde finaliza y se culmina todo lo anterior.

A partir de entonces el toreo se abre en dos cauces de escasa innovación técnica y pura perfección estética. El primero es el de los llamados toreros de clase y de corte clásicos, muy inspirados en Belmonte aunque con la técnica estructural de la lidia de Manolete, en donde incluiríamos a Antonio Bienvenida , Luis Miguel Dominguín , Manolo González, Pepe Luis y Manolo Vázquez, Rafael Ortega, , Diego Puerta, Antonio Ordóñez, Santiago Martín El Viti , Antonio Chenel Antoñete , Julio Aparicio , Miguel Báez Litri , Palomo Linares, Curro Romero , Rafael de Paula , Paco Camino, José María Manzanares , Francisco Rivera Paquirri , Juan Antonio Ruiz Espartaco, César Rincón, Joselito, Enrique Ponce, José Tomás, Julián López El Juli y José Antonio Morante de la Puebla entre otros. El segundo cauce es el que luego se llamó tremendismo, basado en la reducción al límite de espacios entre el toro y el torero, llevando la quietud de Manolete a la máxima expresión. La culminación de todo esto llega con Manuel Benítez “El Cordobés” como máximo representante del movimiento tremendista. Luego llegarían primero Dámaso González, que sin tener la personalidad del primero dominó muy bien la distancia corta convirtiéndose en un buen muletero; y más tarde Paco Ojeda, quien destacó rápidamente en ése grupo de toreros toscos de estética y maneras pero con una elegancia en él innata.

Los toreros son la llave para entender muchas cosas, por ello es fundamental cultivar el trato con los toreros puesto que son los grandes conocedores de la técnica, sabiendo cultivar dicho trato sin dejarse arrastrar por sus intereses económicos y partidistas. De ahí lo absurdo de cierto público de las plazas que se apresuran y precipitan teorías acaloradas sin conexión alguna con la realidad a la hora de lo que tiene que hacer el diestro frente al toro. Esto que parece sencillo es muy complicado, pues hay que saber deslindar el trigo de la paja, tenemos que aprender la técnica hablando con los profesionales y poniéndonos delante de las becerras, pero sin dejarnos arrastrar por la falsa objetividad del profesional que a pesar de conocer el toreo tiene otros intereses. El aficionado que desea hacer por comprender y adquirir conocimiento es altruista y desinteresado frente al profesional, que sí sabe de toros pero ni es altruista ni es desinteresado. Por ello, el aficionado debe absorber lo bueno y desechar lo malo.

En nuestros días se habla de toros muy mal y la práctica del lenguaje esta muy devaluado, porque hemos sido herederos además del uso de los famosos y manidos tópicos, de una clase periodística inconcebible que ha descuidado mucho el lenguaje de los toros. Hubo una generación de buenos escritores como los casos de Corrochano, Cañabate, Clarito, K´Hito, Don Silverio, Giraldillo, Selipe, Don Jorgito, etc. que fue sustituida por otra que se ha permitido el lujo de hablar de toros con mucha impropiedad, salvo contadas y honrosas excepciones.

Es increíble observar actualmente, incluso desde el tendido, a compañeros de los medios de prensa cuando salta al ruedo un toro con pinta vazqueña. Es inexplicable el desconcierto que se arma y las de barbaridades que llegan a decir cuando el toro presente no es negro, cárdeno o colorado de capa, lo que no es más que una consecuencia del desconocimiento de los pelajes de los toros. Sírvase otro ejemplo cuando un torero realiza un quite de los que ya no se ven, el lío que se arman los comentaristas y cada uno dice una cosa y ninguna de las dos es la adecuada definición de la suerte ejecutada. Lo mejor como siempre es aprender desde el principio, el toro blanco, ensabanado, si tiene un matiz amarillento se denomina albaío, y así con todos y cada uno de los casos. Es decir, estamos presenciando como algunos compañeros se disponen a enjuiciar una corrida sin saber como se reseña ni tan siquiera un toro.

Palabras que se usan como dardo en el lenguaje taurino son, por ejemplo ése toro esta tocado de pitones , pero ¿Que es eso de tocado ? El toro será corniveleto, será gacho, será playero, que sé yo, pero ¿Me puede decir alguien que es eso de tocado?, ni que estuvieran los toros tocados por un genio de lámpara maravillosa. Cuando se desconoce el uso de estos términos básicos, el resultado es la carencia más absoluta de un vocabulario y por ende de un lenguaje taurino con cierto sentido común. En lo que respecta al lenguaje taurino, debemos ser más partidarios del lenguaje más clásico y huir de los neologismos. Otro ejemplo más gráfico es con los toros negros bragados, meanos y corridos, que son definidos así de siempre cuando la pigmentación blanca le llegaba al pecho, es decir, prácticamente a la papada y por debajo de las patas delanteras. Pues bien, esto es un toro negro, bragado y corrido y no un axiblanco . Todavía no me imagino a un mayoral de hace tres siglos calificar de axiblanco a un toro en el campo. O aquello de este toro transmite , pero ¡Ni que fuera un toro telegrafista, o que el toro ha servido , pero ¡Si los toros no sirven nada, simplemente hay que torearlos!

Otro de los clásicos errores es confundir sistemáticamente ciertos conceptos como los de:

• La bravura con el genio. La bravura es la capacidad de lucha hasta la muerte y el toro con genio es aquel que no teniendo ésa capacidad de lucha, tiene intención de defensa apoyado en un mal carácter repartiendo cabezazos a diestro y siniestro. Es decir, el bravo sigue la muleta hasta el final y el toro con genio se queda parado a mitad del muletazo y aplica un hachazo descomunal.

• Las críticas exacerbadas en la cuestión de cruzarse o del uso del pico de la muleta, cuando éstos no son más que un recurso a disposición de los toreros y lo realmente importante es quedarse en el sitio y ligar los muletazos y por eso injustamente se les restan importancia.

• La elección de los terrenos y las querencias donde se va, también son origen de múltiples confusiones, pues no debemos de olvidar que no a todos los toros se les pueden torear contra querencia. Recordemos el caso del diestro Pedro Gutiérrez Moya El Niño de la Capea en San Isidro del 1985 y 1986 que hizo sus mejores faenas a toros mansos en sus querencias, prácticamente en toriles. Cada toro, según su encaste propio y el tipo de mansedumbre que presenta, poseerá diferentes pautas de comportamiento. La aplicación de una técnica rígida e inalterable suele conducirnos al fracaso. La combinación perfecta de las teorías de Domingo Ortega, donde había que llevar al toro donde no quería ir y las de El Niño de la Capea, que prefiere torear los toros en los terreros de la querencia del animal, en donde se sienten fuertes y aceptan la pelea, puede ser la más sabia. La idea por tanto debe ser la de dejar escoger el terreno al toro y allí plantearle la faena. A todo ello hay que unir también por ejemplo el tipo de mansedumbre que presenta el toro bravo, en donde también entran en juego otros factores como la nobleza y el genio. Un manso noble puede y debe toreársele en la querencia, pues huye menos y embiste más; pero a un manso con genio hacerlo en la querencia puede ser una locura y mejor estarían en los medios, pues aquí desorientado y acobardado, apretará menos y será más fácil hacerse con él. Éste toro es cobarde y ataca a traición, pero su deseo de coger al torero está por delante de su afán por huir, así que embestirá mal y buscando, pero embestirá. El tercio es desaconsejable para cualquier manso, unos porque apretarán más y otros por su huída. También todas esas teorías se desvanecen cuando sopla el viento, éste es el peor enemigo del torero, entonces habrá que buscar el lugar donde sople menos y olvidarnos de las otras circunstancias de la lidia.

Esto no es modernidad, sino ignorancia de lo básico. También no es menos cierto que algunos profesionales del toreo tienen una gran pobreza de vocabulario en su lenguaje y se sirven de cuatro frases hechas para salir airosos del primer trance. Por ello también son en parte culpables de esa herencia que muchos compañeros han trasladado a los medios y la verdad es que es una triste realidad que urge cambiar.

Claro que es necesario mientras que hacemos esta breve crítica, netamente taurina, asomarnos al panorama del periodismo actual. No debemos olvidar las carencias básicas lingüísticas, ya sean orales o escritas, y la precaria cultura general que poseen algunos de los cronistas actuales. Hace poco escuché a un veterano aficionado al fútbol que denunciaba públicamente lo mal que también se habla en la actualidad de fútbol. Esta claro que para hablar y escribir bien hay que haber leído y escuchado mucho, y no digamos para criticar o enjuiciar un arte como el de la Tauromaquia.

Otra de las causas del empobrecimiento del lenguaje taurino es la extinción de la tertulia. Antes, tanto en el ambiente de los profesionales como el de los aficionados, las tertulias eran prácticamente centros improvisados de enseñanza e intercambio cultural. Ahora, la objetividad en todos los medios de comunicación, es un bien escaso. Cada uno te cuenta una corrida distinta a la que uno ha presenciado. Ya sólo se opina y apenas se informa de los sucedido en el ruedo. Esta actitud nos lleva a pensar en muchas ocasiones que tal vez el profesional, bien por carencias técnicas o históricas, rehuye la información y se recluye en la pura opinión para ocultar su déficit léxico y cultural taurino.

Los periodistas especializados debemos ser primero veraces con lo que sucede en el ruedo, y una vez cumplido éste cometido pueden surgir las opiniones, las enseñanzas y los adornos que cada uno estime oportuno. No debemos olvidar que nuestros lectores u oyentes, primero quieren saber lo sucedido y más tarde la valoración personal del profesional, siempre extraída de unos hechos y argumentos que acompañen a nuestros juicios. Precisamente en los últimos años se ha abusado en demasía de los diferentes ejercicios de estilo, de las distintas y cada una más dispar teorías del toreo y de una crónica literaria excesiva, pues siempre es más fácil hablar de lo banal e intrascendente apenas sin argumentos, que explicar lo acontecido en la plaza, que requiere un conocimiento de la técnica y la historia del toreo.

El investigador debe acudir a las fuentes del toreo como decía Don José Ortega y Gasset con intelectual generosidad pues las bibliotecas y hemerotecas nos aguardan con datos y hechos que nos harán entender el presente sin olvidar nuestro pasado. No debemos olvidar que nunca es igual el resultado de una corrida veinte años después, pues siempre se tiende a la exaltación más positiva. Los periódicos de aquella época nos cuentan que cuando estaban en activo José y Juan, los aficionados más veteranos los criticaban con severidad, llegando incluso a decir que estaban pasando una época decadente y que desde Lagartijo y Frascuelo no habían visto toreros de veras. Un libro como Antes y después del Guerra de Félix Bleu apoya estos argumentos que les expongo.

El estudioso debe rebelarse contra la constante decadencia del mundo de las corridas de toros del momento y la exaltación de un pasado lejano, esclareciendo con un criterio objetivo cargado de argumentos y hechos reales, la realidad de la historia del toreo.

Es preciso, teniendo en cuenta todas estas valoraciones, que el único fin sea el de servir a la fiesta y no servirse de ella, y si se escribe o se habla de ella es para satisfacer una vocación, no para obtener una productividad o un factor de poder. La tauromaquia, a través de su maravilloso lenguaje, nos indica que hay que tener una vocación de servicio a la fiesta y no hacer demagogia por propio interés o intereses de un bando u otro, pues no debemos olvidar que esta profesión se adquiere a través de la vocación, que es un aprendizaje lento y largo, y que incluso a pesar de ello, de repente sale un toro que te rompe los esquemas, o bien salta un torero a la arena y realiza una faena increíble y te preguntas ¿y yo que creía haberlo visto todo?

 

III PREGÓN TAURINO
REAL CÍRCULO DE LABRADORES DE SEVILLA

Lugar: Real Círculo de Labradores y Propietarios de Sevilla
Día: 26 sep. de 2013.

Ilustrísimas autoridades Señor Presidente del Real Círculo de Labradores de Sevilla Buenos días señoras y señores.

En primer lugar quisiera agradecer al Real Círculo de Labradores de Sevilla en la figura de su actual Presidente D. Antonio Rodríguez de la Borbolla, el haberme invitado a pronunciar su III Pregón Taurino Sevillano. Gracias también a mi presentador Francisco Rufino Charlo, por tus cariñosas palabras sin duda alentadas por una amistad heredada de nuestros mayores. ¡Gracias de corazón Paco, siempre es un verdadero honor compartir cartel contigo!

La Real Academia Española define la palabra silencio de forma sencilla como la abstención de hablar, pero el verdadero significado de este término es difícil de expresar, es como...un lance de Pepe Luis, un derechazo de Romero, un Kikirikí de Morante, un natural de El Cid, un buen par de banderillas de Julio Pérez “El Vito”, un gran puyazo de “Camero”, el pasodoble Maestranza de la orquesta del maestro Tejera, el sonido de los clarines..., es, como decía el gran escritor peruano Mario Vargas Llosa en su ya histórico pregón, algo de lo que Sevilla sigue hablando cuando calla.

Con el paso del tiempo y las modas, poco queda ya de aquellos dos silencios sabios y sentenciosos que se vislumbraban en cada corrida a modo de retazos de aquella costumbre convertida en santa tradición. El primero era aquél en el que todo se suspendía, antes de iniciarse la que ya se intuía faena grande; y otro segundo silencio era el desaprobatorio al final de una lidia mediocre en donde todo es frío glaciar e indiferencia. Ahora poco a poco todo se va apagando, hasta el silencio de Sevilla.

Sería injusto no mencionar el artífice de este silencio tan inenarrable, el pueblo sevillano de mis mayores. Su carácter alegre hizo que valoráramos de forma especial el sentimiento, poco razonable aunque racional, que se mostraba en el albero maestrante.

Antonio Machado nos recuerda:

“Una nota de clarín
desgarrada,
penetrante,
rompe el aire con vibrante
puñalada…
Ronco toque de timbal.
salta el toro
en la arena.
Bufa, ruge…
Roto, cruje
un capote de percal…”

Aquí se sabía entender este misterioso sentimiento cuando se producía, pues tal es la grandeza de los impresionantes e inigualables silencios que sirven como contestación única y distinta a la creación de la belleza y el arte.

Las ciudades se diferencian por el carácter y el encanto de las gentes de sus barrios. En Sevilla hay barrios que guardan en las entrañas de sus calles, historias y leyendas taurinas jamás reveladas, aunque si vividas por quienes tuvieron la suerte de compartir su época de mayor esplendor. Allí se forjó la mayor universidad del toreo, donde se representaron todos los estilos por sus mejores intérpretes.

Corrían tiempos en los que el matadero de la Puerta de la Carne servía de escenario y escuela de toreros. No acabo de discernir si era el ambiente despiadado o el sangriento el que despertaba a esos muchachos el instinto de medirse ante el peligro.

El mejor ejemplo está en el maestro más antiguo del barrio de San Bernardo el genial, vivo, violento e irascible Joaquín Rodríguez Costillares que llegó a inventar la verónica y la suerte del volapié, compitiendo y venciendo a los rondeños Francisco y Juan Romero, para más tarde ser derrotado por el nieto del primero e hijo del segundo, Pedro Romero. Vivió su juventud en el ambiente de la casa donde su torero padre llegó a servir de criado en la Maestranza y empleado en el matadero. Otro matador de toros sanbernardino fue José Delgado Guerra, Pepe Hillo, heredero y vengador de Costillares ante el gran Pedro de Ronda, antes de caer ante Barbudo en Madrid y escribir la primera tauromaquia. También Curro Arjona “Cúchares” madrileño de nacimiento vivió y se crió en este barrio cerca del recuerdo de su abuelo el torero Curro Guillén, esperanza rota por culpa de “Retinto” en Ronda en aquella melancólica época del toreo de la posguerra de la Independencia. El carácter alegre y vistoso de Cúchares provoca el nacimiento del toreo de muleta, ya no se trata sólo de cuadrar y matar al toro, también se puede jugar con él. Fue padre del torero Currito e hijo del banderillero Costuras que llegó a convertirse en una figura de prestigio, pese a que cediera con el tiempo, ante Frascuelo y Lagartijo y los triunfos de Cara Ancha. Su mayor rival, Manuel Domínguez Desperdicios, de vida longeva y novelesca, pues no en vano viajó a Argentina y al Brasil para convertirse en negrero y general revolucionario, nunca le quitó el único ojo que le dejó “Barrabás” de Pérez de la Concha en el Puerto de Santa María en 1857. Una hija del gran Cúchares se casaría con otro torero del barrio Antonio Sánchez “El Tato”. Criado a las puertas del matadero se caracterizaba por su elegancia intuitiva y buen gusto, y así decía un crítico que tras la cogida se cubría con el capote la camisa para que la sangre que las empapaba no denunciara la herida. Su ejemplo de empaque y cornadas lo sigue también hasta sus últimas consecuencias el atractivo Antonio Reverte que pese a no heredar su acero, muere en Bayona frente a “Grillito”. Una desafortunada cogida a manos de “Peregrino” de Vicente Martínez en Madrid obliga a amputarle una pierna a “El Tato” y se retira con él una de las más duras competencias que existieron en el toreo, junto a su vecino el gran artífice de la suerte de las banderillas al quiebro: Antonio Carmona “El Gordito”. Precisamente éste último ya retirado años antes, volvería a los ruedos con el bigote afeitado para darle la alternativa al valiente torero de la Alfalfa Manuel García Cuesta “El Espartero”, columna truncada “para y por el arte” según reza su leyenda en San Fernando bajo la sombra de “Perdigón” de Miura. Su toreo lleno de quietud y valor suicida servirá de inspiración a los trianeros Antonio Montes y Juan Belmonte, al ecijano Jaime Ostos; y hasta el propio poeta Fernando Villalón que llega a describir con realidad asombrosa su funeral en los últimos versos de su “Poema del 800”.

“De negro los mayorales
y en la fusta un lazo negro.
mocitas de la Alfalfa:
mocitos los pintureros;
negro pañuelos de talle
y una cinta en el sombrero.
----------------------------------
Ocho caballos llevaba
El coche del Espartero”.

Llegamos a los Vázquez sin olvidarnos de toreros como Machío Trigo y Ángel Carmona “El Camisero”, los banderilleros Manuel Rojas “Rojitas”, Manuel Rodríguez “El Tito de San Bernardo”, Joaquín Rodríguez Jaramillo, los picadores Manuel y José Trigo, los novilleros Juan Pazo y los Hermanos Vázquez, Rafael y Juan.

El patriarca de los Vázquez, José fue también empleado del matadero y Pepe Luis, el mayor de sus tres hijos toreros trabajó como meritorio en el matadero algún tiempo. ¡Oh los Vázquez! Pepe Luis, Manolo, Antonio y Rafael, qué ramillete de toreros…Toreo basado en la gracia, la intuición y la ingravidez, aprendido a escondidas en los corralones del Matadero. Arte cristalino de puro claro que puede quedar como ejemplo de hasta donde ha llegado la belleza y la gracia en el toreo y cuál es el límite de la emoción estética que admite.

En Pepe Luis concurren tres grandes corrientes, la del conocimiento del toro de Gallito, la solemnidad de Belmonte, abriendo el compás, y la alegría de Chicuelo a pies juntos. Su toreo parece que de un orfebre se tratara, dando profundidad a la gracia. Naturales, derechazos, el kikirikí repentino, el molinete en el misma cara del toro, el ayudado por alto con las dos manos, el paso de pecho de pitón a rabo, el dejar refrescarse al toro, el verlo venir de muy lejos con el cartuchito de pescao, y aquellas medias lagartijeras sublimes, forman la silueta del Dios Rubio de San Bernardo.

Si el toreo estaba de perfil Manolo lo puso de frente. Él como pocos y especialmente en su última época parecía sustentarlo todo, la fiesta, las tradiciones y el respeto a una ceremonia que juega con el drama de la vida y la muerte sin tomar ventajas como planean y edifican su mundo los artistas de veras. Quiero imaginármelo de verde o de purísima y oro como en sus tardes triunfales citando de frente con esa izquierda portentosa de la que siempre hizo gala en los momentos más difíciles y bellos del toreo. Nadie como él sufrió tanto para disfrutar las mieles del triunfo en su tierra natal hasta que un inolvidable Corpus sevillano se cruzara en su camino. La puerta más gloriosa de todas se abría de par en par al “Brujo de San Bernardo”, al hijo del conserje del matadero de su barrio, al genio juvenil de Las Ventas, al torero y al hombre maduro que de tanto imaginar con el deseo, convirtió en realidad su mayor sueño.

Qué decir del último gran maestro de San Bernardo, Diego Puerta o Diego valor, nacido en este barrio de toreros ilustres a la vera de ese matadero en el que también trabajó su padre. Su valor espartano y sevillanismo le llevaba, como en un suspiro, del terror a la severidad de sus más de cincuenta cogidas; a la alegría abierta y explosiva al cerrar con sus adornos, chicuelinas, cambios a una mano, delante de la misma cara del toro, con aquellas carreritas tan características sevillanas. Ese toreo alegre y pinturero de la mejor ley, sin concesión alguna al mal gusto, le hacer ingresar de lleno en el parnaso taurino. Su trayectoria impecablemente honesta y admirable nos hace tenerle como referente y barómetro ideal del valor de los toreros de toros los tiempos.

Hay noches de San Miguel que asomado a mi balcón junto a la vieja fábrica de armas imagino cómo pudieron resonar aquellos lejanos olés en la Plaza de la Monumental entre sus palcos de mármol y sus cerca de veinte mil almas.

Tres temporadas resumen su gloriosa historia taurina cimentada desde la sombra de José y los toros de Contreras que hicieron romper plaza en 1918, pasando por la tarde de la primera despedida oficial, de las cuatro registradas, de Rafael El Gallo en septiembre del mismo año; hasta el triunfal represo de Rafael con los Pérez de la Concha junto a Manuel Granero y Manuel Belmonte en la que sería la última tarde de este coso.

El año de mayor actividad taurina que se registra en la ciudad fue la temporada de 1919. Un día, el 28 de septiembre, es testigo de su mayor efeméride. Con media hora de diferencia se celebran toros en la Maestranza y en la Monumental. Sevilla está dividida los Belmontistas viajan a la Maestranza y los gallistas a la Monumental. Una tarde memorable de aquella competencia fue, aquel día en plena Feria de San Miguel, cuando tomó la alternativa Manuel Jiménez Chicuelo de manos de Juan Belmonte y actuando de testigo el hermano de éste Manuel con un toro de Santa Coloma en el coso del Baratillo; y casi al mismo tiempo hacía lo propio el diestro Juan Luis de la Rosa de manos de Joselito “El Gallo” y Varelito, que sustituía a Sánchez Mejías herido, de testigo con reses de Guadalest, en el coso sanbernardino. Al final tres orejas para el menor del gallinero y silencio en Triana.

Al año siguiente ambas plazas se pondrían de acuerdo para no coincidir en los días de la Feria de Abril y se acuerda que las primera corridas que se celebren en la Monumental y el resto en la Maestranza. José y Juan alternan en ambos cosos y parece cerrarse definitivamente el duelo de plazas. La tragedia de Talavera un mes más tarde no sólo acabaría con la vida de José sino con el sueño de su plaza Monumental.

Algunos nos resistimos a olvidarla, fue la escultura de una hoguera encendida por José en esa Sevilla de la que nadie apenas habla, abatida injustamente por una malintencionada prueba de carga y grandes dosis de envidias y recelos. En el pasado 28 de septiembre en compañía de mis hijos José María y Felipe, colocamos un azulejo bajo el marco de la última puerta de acceso de sombra sita en el paseo Eduardo Dato frente a los Jardines de La Buhaira en la que reza:

“Aquí estuvo la Monumental (1918-1921) impulsada por Joselito El Gallo, Rey de los toreros. Septiembre de 2012. Centenario de la alternativa de Joselito. Sus partidarios”

En aquel día se cumplía cien años de que el que torero de Gelves, nacido en la calle de la Fuente número dos, en el corazón de la huerta del Algarrobo propiedad del Duque de Alba, tomara la alternativa en la Maestranza. Se la concedía su hermano mayor Rafael Gómez Ortega “El Gallo” y el toro en suerte se llamó “Caballero” propiedad de José Moreno Santamaría, nacido en El Cortijo de la Marmoleja. Hoy convertido en arrozal plateado de Isla Mayor en la Puebla del Río.

Comenzaba entonces la edad de Oro del Toreo encabezado por Joselito. Él revolucionó todo, padre junto con Belmonte del toreo moderno, de su técnica y de su arte. Su influencia ha sido decisiva en la Tauromaquia, pues fue también creador del toro actual, impulsor de las grandes plazas de toros, del concepto de empresa taurina y de tantas materias que definen y dan sentido a las corridas de toros. Es el enemigo público número uno de los pseudoecologistas actuales, de los progresistas sin escrúpulos, de los acomplejados políticos y nacionalistas que ven en los toros un signo de españolidad.

No ha habido otro Rey que José, exclamó Belmonte recordando su pérdida en Talavera de la Reina en aquél trágico el 16 de mayo de 1920 a manos de Bailador, de la ganadería de la señora viuda de Ortega. Un toro, como nos cuenta el propio cronista y testigo D. Gregorio Corrochano, pequeño y burriciego. Al parecer Corrochano avisa a José. ¡Cuidado que el toro no ve! José responde: Se ha quedao ciego de la sangre de los caballos. El trágico desenlace no se hace esperar, José monta la espada durante la faena de muleta, el toro se arranca por sorpresa , el torero le enseña la salida con la muleta desplegada, el toro no la ve y alcanza con su pitón izquierdo el vientre del maestro que cae, se desmaya: Y grita: ¡Me ha matao! Sus últimas palabras desde el callejón fueron ¡Avisad a Mascarel!, su médico de cabecera en Madrid. Había muerto el Rey de los toreros, pero no su leyenda.

A la Alameda de Hércules van a parar Los Gallo, Rafael y José. Del primero, que pese a nacer en Madrid a doscientos metros de Las Cibeles, se crió en Gelves y vivió durante largo tiempo en la Alameda, cuenta la historia y su leyenda, que nace el toreo basado en algo tan difícil de explicar como la inspiración y el duende. Rafael siempre clásico y soñador nos descubre suertes majestuosas como el pase de El Celeste Imperio, la serpentina o el cambio de mano por la espalda, frente a sus famosas espantás. El arte exquisito del divino calvo en sus veintinueve temporadas en activo se balancea entre la genialidad y el desencanto. Por él, se ha dicho, no pasaron modas, ni pudo el paso del tiempo, pues nunca fue un torero de su tiempo, ni de ningún otro tiempo, y por ésa singularidad vivió cerca de todos, público y aficionados, rodeado del amor y respeto generales. Su puro habano, su sombrero de ala ancha, su forma de vestir y andar calle Sierpes abajo, no se han borrado de las retinas de los que pudieron conocerlo, y muchas veces a la media luz de la mañana se me hace presente en eso lugares tan queridos por él y nos sonríe. La elegancia de Rafael la podíamos haber intuido antes en otro vecino maestro de este ilustre barrio como Antonio Fuentes, sucesor del buen gusto de Lagartijo y verdugo final del famoso Perdigón, el que mató a Espartero.

Su sobrina, la hija del gran Ignacio, Piruja Sánchez Mejías nos contó que un día en Pino Montano mientras se afeitaba le pidió que fuera a comprarle una chaquetilla de color beige para estrenarla en un festival, aunque claro está que la palabra beige no estaba en el vocabulario del gran Rafael.

-‘Piruja, pirujita!
Hazme er favor y vete a la Campana a comprarme una Chaquetilla color…color… café con leche.
Y cuando terminó de recorrer María Teresa, el largo pasillo del segundo piso de la casa, replicó Rafael con esa sevillanía inigualable.
- Pirujita, hija mía, por favor no te olvides….¡Más leche que café!

En otra ocasión escuché la curiosa anécdota de la personalidad de Rafael El Gallo.

Una tarde Juan Belmonte fue cogido en Barcelona y esto hizo que no pudiera ir a la corrida que tenía contratada en La Coruña unos días más tarde. En un principio se piensa en Rafael El Gallo para sustituirle y El Gallo acepta. Tras un viaje interminable, el torero sevillano llegó a La Coruña y estuvo fatal en la corrida. En la fonda después del desastre vino a saludar a El Gallo el Alcalde de La Coruña que no sabía cómo disculparle.

- Claro el viaje era muy largo, estaba usted muy cansado.
- Es que Sevilla está muy lejos…

Y contestó airado El Gallo. ¡Oiga usted Sevilla esta donde tiene que estar, lo que está lejos es La Coruña!

El menor del gallinero, José Gómez Ortega Joselito El Gallo pronto se asienta en la romana Alameda junto a la señá Gabriela y su hermano Rafael, pegando pared con pared con la casa actual de los Chicuelo. Desde allí y dejando la huerta del Algarrobo en Gelves que le vio nacer, escribiría las mejores paginas de oro de la tauromaquia, desbancando al siempre poderoso y lleno de facultades Bombita, digno sucesor de Guerrita. Su toreo enciclopedista, casi de inmediato, le hace conquistar los dos públicos más exigentes el de Madrid con la tarde de los veinticinco quites en la célebre corrida de Vicente Martínez en el año 1914 y el de Sevilla tras el éxito apoteósico obtenido al año siguiente con el toro Cantinero de Santa Coloma que le valió por sí solo la concesión de la primera oreja a un diestro en la Maestranza. Maestro en todo y especialmente de las largas y de torear a una sola mano. Magistral en su forma de sacar a los toros del caballo y dejarlos en suerte, con una imaginación creativa y excepcional. Banderillero extraordinario, por los dos pitones, seguro, poderoso, ortodoxo y alegre. Gran muletero y de grandísima técnica, gustaba de torear en redondo al natural, ayudándose ligeramente del estoque apoyado en la muleta. Precursor en el toreo al natural, dominador del volapié y de la suerte de recibir, unido a una gran ambición por explorar caminos nuevos le llevó a criar en el campo al toro de Vistahermosa actual, más bravo y más noble, que servirá a su compañero y amigo inseparable Juan Belmonte para realizar aquel toreo que un día soñó José, hasta nuestros días. De él se dijo que le mató un toro, pero que no le afligió ninguno. Sevilla se puso de luto y la Macarena vistió de negro las cinco flores de Gallito. Su cuñado Ignacio Sánchez Mejías, inquieto, heroico y maestro con las banderillas por los adentros, le acompañó una fatídica tarde ignorante de su misma suerte catorce años después.

En alguna ocasión escuche a mi tío José María de Cossío contar la personalidad de Joselito a través de una anécdota acaecida en el coso de Cuatro Caminos de Santander. José toreaba y de pronto saltó un espontáneo. El maestro sevillano lo retiró lentamente de manera delicada del ruedo mientras que éste le propinaba toda clase de puñetazos y patadas sin encontrar nunca respuesta. Al terminar la corrida mi tío que presenció atónito los hechos en una barrera del uno, lo citó en el hotel.

-¡Oye José! Hay que ver como te ha puesto la cara llena de sangre, los brazos y las piernas amoratadas ese desconsiderado. Pero lo que más me sorprende es tu respuesta, tu ademán. De haberte defendido no te hubiera pasado nada grave. ¿Por qué esa actitud José? Confiésamela
-Querido José María, es normal, todos hemos tenido alguna vez, ese veneno.

Un torero que nos recuerda también esa mente privilegiada es el maestro Paco Camino. Nadie como el niño sabio de Camas supo con mayor rapidez lo necesario para fijar, ahormar y lidiar cualquier toro. Sapiencia, facilidad y mucha gracia llevadas en su toreo, de una alegría e inspiración maravillosa, hasta la linde misma de la mitología. Camino es sinónimo de la mejor verónica y chicuelina, rozando apenas al toro y sin descomponer la figura. Con la muleta nadie ha sabido enganchar tan por delante y llevarlos tan largo, en resumidas cuentas hacer el toreo tan puro como él. Su hondura, cadencia y valor con los engaños, hasta el último suspiro a cámara lenta de su incomparable volapié, no han tenido herederos aún.

La estocada de Camino al contrario de las diligentes de los valerosos Algabeño viejo y Pepe El Algabeño, de estilo arcaico, poderoso y campero, permanece en el aire como una pluma. Tras Camino, el espartinero Juan Antonio Ruíz Román Espartaco digno representante de aquella ambición e intuición natural basada en una afición desmedida, coronará el toreo durante casi una década.

De Triana llegó a la Alameda con su prudencia a cuestas y casi se cruza por el camino con Belmonte, Manuel Jiménez Chicuelo. Su toreo, mitad José, mitad Belmonte, se basa en la gracia, en el recorte, en los pies juntos y hace nacer, con aquella chicuelina de la calle Betis girando sobre las plantas de los pies, su impronta en muchos toreros como Pepe Luis Vázquez antes mencionado; Pepín Martín Vázquez, otro adelantado a su tiempo que supo agrupar toda la inspiración sevillana con la colocación y el sentido de la ligazón de Manolete hasta que un toro de Valdepeñas en el año 1947 se cruzara en su camino; y Manolo González, el torero de la Trinidad con aire mudéjar a la sombra del furioso “Capuchino” de Graciliano Pérez Tabernero, el de la milagrosa tarde de las tres chicuelinas en Barcelona de las que se dijo que, eran como si el ángel que remata la Giralda diera unas revoleras al Guadalquivir, mientras los demás ángeles tocaban palmas.

Al otro lado del gran río en su margen derecho está Triana, mirando a la Maestranza y a Sevilla, puerta del aljarafe, marinera y alfarera. Eran tiempos duros en los que el arrabal buscaba su identidad en viejas casas de vecinos, en riñas y trifulcas domésticas y sobre todo en las fraguas, que marcaban la línea entre los habitantes de la Cava de los Gitanos y la Cava de los Civiles. La Fragua, un infierno oscuro ardiente en el que sobre su algarabía se afirmaban los cantos y bailes de los gitanos.

El empaque de Cagancho y el temple de Gitanillo de Triana, amigos desde niños, trianeros los dos, los dos hijos de herreros de la fragua y parientes de cantaores grandes, rompen con esas fraguas y desesperadamente luchan con todos los torerillos trianeros, por sobrevivir y triunfar en los viejos corralones de Tablada. Los dos profundizan en el toreo de Belmonte. Mientras que Joaquín llena de majestuosidad y belleza el toreo trianero, siempre con las manos a media altura, elegancia y estilo irreprochable, gran plástica gitana y con la espada el mejor; Curro hace lo propio con el temple en su toreo de capa, bajando las manos hasta tocar las piernas. Arte gitano, de la Cava de Triana, que llega a formar dinastías heredadas, de Tragabuches y El Lavi, que concibe el toreo como un arte, la estética de la figura como un saber estar, el ritmo del movimiento y la gracia del adorno.

Un 31 de mayo, en Madrid, un toro del ganadero charro Graciliano Pérez Tabernero, de nombre Fandanguero, pone fin a la vida de Gitanillo de Triana, derribado, caído sobre la arena que la sangre del toro ya había ennegrecido, cosido a cornadas, machacado y en cuyo parte médico se le denominaba: el pobre torero de Triana. Gitanillo de Triana entra con paso firme y seguro en la eternidad, recogiéndose en el cielo de los toreros de Triana, al que llegaba desnudo de equipaje pero con su verónica, ese minuto de silencio, suave, lentísimo, con el cuerpo erguido, las piernas en posición de sustentarla, ni muy abiertas, ni juntos los pies, las manos bajas. Murió y se llevó para siempre su verónica. Tan sólo el maestro de Gines Fernando Cepeda con los años se aproximaría con su verónica de inspiración ordoñista a dicho temple y profundidad, con la seguridad de saber su inaccesibilidad.

De ese duro mundo también escaparon Rafael y José Vega de los Reyes, Vicente Vega Humanes y los Curro Puya (Francisco Vega Serrano y Francisco Moreno Vega).

Antonio Montes, matador de toros trianero, algo sordo y monaguillo en la Catedral de Triana, representó para los torerillos en ciernes en Triana a primeros de 1900 el papel de maestro. Resucita una manera de fijar los pies en el suelo -escriben los que le conocieron-, como si los tuviera clavados, siempre a la espera de la acometida con asombrosa tranquilidad, cargando la suerte con desahogo e inteligencia, y despidiendo a los toros con los vuelos del capote en vertiginosa salida. Era un torero de buena escuela por más señas, con los pies quietos, haciendo volver y revolverse al toro al que desafiaba y burlaba desde tan cerca. Su capacidad de abstracción en los momentos críticos, se decía, nacía de la sordera del torero. Una entrada a volapié en Méjico al toro Matajaca de Tepeyavualco, le causó la muerte. Es simbólico y trágico su entierro en Méjico, donde un accidente con los blandones del catafalco, al prender fuego, redujeron a cenizas el féretro y carbonizaron su cadáver.

Triana es siempre creación y por ello nos es posible, cuando cruzamos el río y nos recibe triunfador Juan Belmonte, desde el Altozano, encontrarnos en la ciudad de ayer y pese a ello, que todo parezca nuevo, imprevisible e irrepetible como un primer amor, porque la ciudad está contenida en el genio de sus gentes. Es la entrega de los suyos la que la hace grande, aquello que hizo nacer grandes toreros y poetas, y que las mismas pasiones de los suyos engrandece, convirtiéndola en estructura divina con rostro humano, porque Triana como cada flor es, en sí misma, la negación de las demás.

Belmonte jugó y corrió en su Triana, ajeno aún a la eternidad que un día, que eligió él mismo, le abrazaría para siempre bajo el cuadro de Zuloaga vestido de burdeos y azabache, ausentes ya el amor, el dolor y el goce, mientras su mandíbula, rota en mil pedazos con su pistola mexicana, ocultaba la tragedia íntima del envejecimiento y de la anticipación del morir.

En realidad el toreo moderno es una obra colectiva que se fue fraguando con las aportaciones de muchos toreros. Pero Belmonte fue quien por primera vez abrió la puerta, quien por primera vez puso el pie en un mundo desconocido. Tiene el mérito del pionero, como Cristóbal Colón o Neil Amstrong.

Juan lo que hace es cambiar para siempre el código de valores del toreo. De una lucha sórdida se pasa a un arte frágil y sublime. Belmonte metió el toreo en la Bellas Artes. Con él la tauromaquia pasó de ser una fiesta a ser un espectáculo. Con él la Fiesta entró en la modernidad. Con él cambió para siempre la estética del toreo. Con dos movimientos tan simples como adelantar la pierna contraria y sacar pecho, varió para siempre el código estético de la tauromaquia. Su revolución estética se convirtió en paradigma del clasicismo en muy poco tiempo, en cuanto surgieron toreros componiendo la figura como hacía él. Y todavía esas formas de pata pal ante y pecho fuera, son la quintaesencia del clasicismo. Todos los toreros tenidos por artistas han ido a beber de ese pozo. Y así el toreo dio un giro copernicano, y el toro también. Desde ahora se criaba el toro para el arte, no para la lucha.

El paso del tiempo ha hecho que ahora se toree con más técnica y limpieza que hace un siglo. Todo se estiliza y perfecciona. Pero aquellos tiempos no han tenido parangón después, porque nunca se vio dos toreros de tanta entrega profesional como entonces. Además, uno era el mejor torero que vieron los tiempos, y otro el gran artista revolucionario. La Edad de Oro es inconmovible, y permanece en la historia como ejemplo inigualado. En ella José era el Maestro, Belmonte era el héroe. Un héroe wagneriano. Sin duda, Belmonte es en el toreo lo mismo que Wagner en la música: el mismo dramatismo, la misma grandiosidad, la misma trascendencia…

Sin ningún atisbo de irreverencia ni blasfemia en mi intención, comparto la opinión de mi hermano Domingo al comparar el toreo con el Cristianismo: “Vemos que existen personajes paralelos. Existe una Santísima Trinidad taurina indiscutible: Joselito fue Dios Padre, el mejor torero de todos los tiempos, el más poderoso, el más completo; Belmonte fue el Espíritu Santo: “Para torear olvídate que tienes cuerpo”, “El toreo es la fuerza del espíritu”.

Su revolución más que técnica fue artística. A partir de Juan o se hace el toreo con arte, ergo con estética, o el toreo no es nada. El tercer componente de la Santísima Trinidad es Manolete, que viendo a Chicuelo torear en redondo por vez primera, acaba imponiendo cada tarde y para los restos la quietud intuida por Belmonte. Manolete, naturalmente, es el paralelo de Jesucristo, con una vida que acabó también en martirio.

Había sido Belmonte el mejor, pues se había doctorado en la Universidad taurina de Triana y desde un principio le acompañó ese carácter cuasi sagrado que acompaña al genio. La soledad y la solemnidad eran sus compañeros naturales, adobados de arte, valor y magnanimidad y de un sano y recto vivir, de ahí que desde el primer momento marcara profundamente a todos los aficionados.

Para torear de día en la dehesa, decía Belmonte a su biógrafo Manuel Chaves Nogales, atravesábamos el río a nado. Dejábamos la ropa escondida en los matorrales y nadábamos desnudos. Erguidos toreábamos en la dehesa de Tablada. Toreo campero, teniendo por barrera el horizonte. El guarda el Niño Vega, el Angarillero, a caballo, con su carabina en bandolera, sombrero ala ancha, que le gustaba llevar. Nos gritaba mientras corríamos, ¡venid pacá flamencos, venid pacá! Yo quería torear como Antonio Montes.

De noche había que llevar al toro muy ceñido y toreado, pues si se despegaba se perdía en la oscuridad de la noche, y -continuaba diciendo- allí en la plaza del Altozano jugábamos al toro y al acoso y derribo, con la pértiga con la que echaba el cierre de la tienda de mi padre, acosando y derribando perros.

El pasmo de Triana, exigente e hipercrítico consigo mismo, el mejor de los mejores, era capaz por aristocracia espontánea de coincidir y tratar con los más delicados poetas y escritores, hasta el punto de que Gerardo Diego nos cuenta que, tras una corrida, le acompañó a su habitación, donde sobre la mesilla de noche tenía el Discurso del Método de Descartes. Era por natural y por derecho un trianero cultivado.

Se le comparó con Joselito, con quien compartió doscientas cincuenta tardes, y quién -según escribieron los que le conocieron- tenía un toreo de raza y danza gitana y creaba en torno suyo una atmósfera de alegría melancólica, de delicada borrachera de los sentidos. Gerardo Diego llega a decir que admira a Juan Belmonte y a don Antonio Machado de modo distinto, pero con análoga intensidad. Los versos lentos, muy lentos y graves de don Antonio son como los lances infinitos de Belmonte. Todo se detenía. No se movían más que los abanicos sofocados bajo el sol.

Fue también el mejor heraldo de Triana, orgulloso de sus raíces, de sus padres, de sus hermanos toreros, José y Manuel, del que dijo como torero, "sabe más de lo que conviene" y de la tiendecita de su padre en un hueco del viejo mercado de Triana.

Traía recuerdos de un barrio de zurradores y pescadores; de sederos, entalladores y pintores; de toreros y azulejeros, trabajadores del puerto, carpinteros de ribera y aprendices de calafates, en los que el arte, con sus divinos destellos, todo lo llenaba y en el fondo en su memoria siempre, las ventas de Cara-Ancha y de Camas, sus primeras escapadas de torerillo y las dehesas de Tablada, balsas de aromas que dilataban las narices, abrumando el cerebro. Los toros aislados aquí y allá, entre charcas salobres, iluminados de un azul ceniciento.

Gerardo Diego, concluye con la oración por Juan Belmonte muerto, con quién tanto quiso, que es impresionante y acongojante:

"Ten compasión, Señor, de tanta gloria
y tanta muerte y tan rebelde ruido.
Era un hombre no más, solo y desnudo
esclavo encadenado a su memoria".
Todo el ruedo se ha abierto en horizonte.
Y como lanceaba y que alegría.
Apiádate, Señor, de Juan Belmonte”

¡Oh toreros de Triana, que llevaron el nombre de su barrio por todo el mundo, por muchos olvidados! Francisco Ojeda "El Trianero", que toreó a finales de 1800; Manuel y José Belmonte; Juan Belmonte Fernández; Juan Carlos Beca Belmonte; Juan González Jiménez "El Trianero"; Angelillo de Triana; Francisco Ojeda "Trianero", muerto un mes después de una tremenda cogida en la plaza de Puerto Príncipe en Cuba en 1893; Leoncio García "Triana" en la cuadrilla de Ignacio Sánchez Mejías; Antonio Roldán "Trianero" nacido a principios del XIX; Francisco Mena "Triana", matador de toros en 1928; Torerito de Triana; El Andaluz, torero auténtico, puro y verdadero, al que un toro de Urquijo en Madrid mermó sus posibilidades; el trianero Padilla, de vida airada y violenta, que terminó con un tiro en la cabeza; El Yoni, cuyo toreo de capa era un resumen de personalidad, dignidad y de gracia; Pacorro de Triana; Quinito y su pureza sin límite; Manuel García Maera, la pugna entre el valor y la ambición; Paquito Casado, eterno rival del rubio de San Bernardo en la década de los cincuenta; José María Sussoni, compendio de hondura y verdad; Rafael Astola y su toreo de capa exquisito y lleno de gracia; Antonio Chaves Flores, criado en una familia de picadores que pronto llegaría a ser "el tercer hombre" con Litri y Aparicio, para más tarde ser la sombra y los ojos que guiarían al Viti a su mejor época. Antonio corría los toros a favor del engaño y por delante sin cruce ni permuta de terrenos, sin quebranto para el animal.

De Oro y Plata está lleno ese barrio de toreros, todos con una misma concepción y un mismo estilo, basados en la pureza y la perfección del toreo, y que tiene como fondo la poesía de la tragedia; y como forma, la exaltación de la filigrana, del impresionismo y de la ornamentalidad. Toreo trianero que ahonda en lo profundo, iniciado en un primer momento por la templanza y estética de movimientos acompasados del cuerpo como si nos trasladásemos a principios del XIX, con el paso firme y natural de la pareja formada por el Jerezano y la Perla en sus “siguirillas” y rumbeñas o el cante agitanado de El Planeta, la voz quebrada entre ronca y afilada de Francisco Ortega "El Fillo" o las “siguirillas” cantadas por María de las Nieves en viejas fondas y tabernas, antes de que el cante subiese a los tablaos.

Aquel toreo, basado en la profundidad, en los vuelos del capote y el suave compás de la muleta, sin perder en ningún momento el valor y el riesgo de la hazaña que siempre caracterizó a los toreros de esta tierra. El torero trianero navega entre la pureza de las expresiones taurinas y el valor más arriesgado, ante el baile de la muerte en la plaza, porque el torear de verdad y la verdad del toreo, son muestras clarísimas de la verdad de Triana.

Triana se despeja de lo superfluo aunque no prescinde de la estructura barroca, y así Emilio Muñoz, fiel conservador de las esencias belmontinas siempre destaca por su pureza, temple y temperamento al servicio del sentimiento más puro del toreo. Emilio citaba como nadie con la muleta teniéndola en la mano izquierda y hacia los terrenos de afuera, guardando la distancia y al tomar el toro el engaño, carga la suerte y remata por alto o por bajo.

La historia de Triana y de los toreros de Triana aún permanece abierta como el resto de barrios toreros que conforman Sevilla. En los dedos, muñecas, brazos, cinturas, caderas, piernas de todos estos grandes hombres, se encierra gran parte de la historia de esta ciudad.

Junto a Triana, pese a ser de Camas, es obligado incluir al maestro Curro Romero, heredero del toreo de este barrio y tan ligado al mismo y a sus gentes. El faraón de Camas, durante sus cuarenta y un años en activo, fue un artista impredecible en el ruedo agarrado a su minúsculo capote y aterciopelada muleta movidos con majestad faraónica y esa innata elegancia, prestancia de torero grande en plaza, su modestia, su senequismo, tiñen de alegría su curiosa concepción del toreo abelmontado más puro y auténtico. Su fracaso lo enjugaba un quite, un destello, un desplante, El mañana será, se convirtió en el credo de todos. Se creaba en la plaza una especie de comunión entre público, torero y toro, algo mágico, milagroso, de fuerte transmisión estética y pasional. Una actuación inspirada de Curro Romero no se podía contar, no se podía explicar. Resulta difícil catalogar a su toreo, encasillarlo: no es sevillano, no está agitanado, más bien rondeño pero no totalmente. Es…personalísimo, inconfundible, irrepetible. Curro Romero sin más.

Con los años se adquirirá la perspectiva necesaria para catalogar a otros dos genios del toreo como son en la actualidad José Antonio Morante de la Puebla, testigo del toreo grande sevillano combinando el ángel de San Bernardo y la profundidad trianera; y Manuel Jesús El Cid, del destierro a la leyenda con la mejor izquierda del país como ejemplo de arte y superación.

Todo hombre tiende a convertir las cosas que le rodean y donde vive en rostro familiar. Es como un lazo invisible para los ojos -captable sólo por el corazón- construido por el fervor, por la pasión y por la entrega, que sólo ve realmente aquello que se ama. Es el amor y el fervor lo que les une desde San Bernardo hasta Triana, pasando por la Alameda y los pueblos de vecinos a Sevilla apoyado siempre en las realidades más concretas: la familia, el trabajo, el alfoz, que transportan el corazón vivo de las cosas y de los hombres, entrelazados con viejos recuerdos y esperanzas que arrastran por sus calles, donde cada paso y cada tiempo tiene su sentido y por las que desfila la continuidad, la costumbre y la tradición.

He querido con el recuerdo taurino de mi ciudad reclamar el sitio y lugar que le corresponde en la historia de la tauromaquia; y que con los años parece haber olvidado una nueva generación de aficionados generosos en trofeos e ignorantes de la lidia que ya puebla nuestra plaza como espejo de otras tantas. No deberíamos de olvidar que estamos obligados a mantener la rica herencia que nuestros mayores nos legaron con el único fin de avivar la llama de una pasión que enciende nuestro carácter haciéndonos únicos y diferentes frente al resto. El aficionado a los toros está llamado a transmitir por tradición oral sus conocimientos con los amigos más jóvenes y, de padres a hijos, entregarles lo mejor de un arte que hoy parece caminar entre el desconocimiento, el tópico absurdo y la extinción, pues ya apenas quedan tampoco tertulias a las que acudan aficionados.

Las tertulias heredadas de las que precedieron a las del Café Suizo, Café Colón y la Cervecería España todos situados en la calle Sierpes con los diestros El Espartero, Antonio Fuentes, Minuto, El Algabeño, Quinito, y otros ganaderos entre los que destacamos Marqués de Villamarta, Marques de Saltillo, Moreno Santa María, Pablo Romero y Campos Varela, entre otros; son las que en los años cincuenta que sucedían a diario en Los Corales con Rafael El Gallo y Belmonte ; en la Granja de Garrigós, sita en la calle Tetuán; en el Café Royal, después “Café Colón”, de la calle Sierpes; en la Punta del Diamante, junto a la Catedral; en la Cervecería La Española o en El Sport y el Café Gayango, luego “Brito”, en la calle Tetuán donde, a media mañana, un grupo de aficionados junto al mayor de “Los Gallos”, quien con sombrero de ala ancha, puro de gran vitola y pañuelo largo al cuello, recitaba dichos y leyendas con aire sentencioso para la historia del toreo. La última tertulia, algo más moderna, tuvo lugar en el Café Nipal en el pasaje de Las Delicias alrededor del maestro Luis Fuentes Bejarano. Todos ellos fueron algunos de los mejores mimbres para forjar a un aficionado.

El futuro de la fiesta es más pesimista de los que muchos creen. Hasta ahora los políticos, sin apoyar la fiesta decididamente, la toleraban. España era un estado ajeno a Europa, los españoles vivíamos nuestra vida, pero ahora formamos parte de Europa, hay unos movimientos antitaurinos muy fuertes y los políticos comienzan a ponerse del lado de los antitaurinos: así que los próximos años serán difíciles para la fiesta en nuestro país. Serán unos años de intentos de prohibición siguiendo lo sucedido en el Parlamento de Cataluña, de limitarla lo más posible. Es fundamental estar muy unidos y ser capaces de luchar por nuestros derechos ante adversarios cada vez más fuertes e influyentes. Por último será necesario ganar la batalla de la televisión, porque desengañémonos todos, y lo dice un hombre de radio: lo que no sale en televisión es como si no existiera. Nos estamos reduciendo a meros guetos en este ciclo de crisis que nos ha tocado vivir.

El arte de los toros es auténtico como la vida misma y se encuentra, pese a la ignorancia de muchos, muy arraigado en el espíritu español. Ya le gustaría a cualquier empresario tener la plaza llena la próxima Feria de Abril con más de la docena de festejos o Las Ventas con más del doble por San Isidro. Sí que hay un apoyo y una afición, simplemente hay que orientarla y formarla. Es un apoyo casi milagroso, que surge sin que haya apenas medios de comunicación que lo secunden, porque el fútbol es lo que es por los medios lo publicitan. En los toros, el ser aficionado o el simplemente espectador de festejos taurinos, esta mal visto, es de facha, es horrible, ser taurino es sinónimo casi de ser caníbal y a pesar del mal ambiente generado, todos acuden a presenciar una tarde de toros porque nuestro público es muy leal.

Sin embargo, esta autonomía de la fiesta para resurgir de sus propias cenizas, no debe confiarnos. La fiesta no puede quedarse estancada, presa de la monotonía que alienta la negligencia de aquellos que la aman. No podemos ni debemos confiar a ciegas en ese misterioso resurgir del arte de una figura en la plaza. Hay que apoyar el toreo, fomentar la afición, no avergonzarse de defender nuestra condición ante políticos complacientes, nacionalistas radicales, foráneos alarmados y ecologistas obtusos- cuando los primeros y más cabales ecologistas, son los ganaderos de bravo.

El triunfo en una tarde de toros es una chispa que enciende un milagro, pero está en nosotros mantener la llama. ¡Ojalá la próxima tarde!, el brillo del traje de luces de un torero local, encienda la pasión que la plaza de Sevilla oculta. Ese tesoro que sólo los mejores merecen. ¡Ojalá! Morante de la Puebla logre mecer la brisa al compás de su capote suave y templado y ver cumplido mi último milagro ver por última vez pisar el ruedo maestrante a mi admirado José Tomás, recordándome la histórica tarde de Nimes de la que llegué a escribir:

“Despues de esto me voy. Domingo 16 de septiembre, desde el avión. Ya lo he visto todo, me marcho, abandono la profesión, la radio, la prensa y la televisión. He estado buscando esta faena soñada más de treinta años y me ha llegado el pasado domingo de la mano del emperador del toreo José Tomás. Nadie ni el mismísimo fundador del Imperio de Roma imaginó el glorioso regreso del último Gladiator de la fiesta en la arena francesa. ¡Cómo lo hizo señores, nunca vi nada igual, histórico! El mundo se divide entre los que estuvimos allí y los que no. Créanme si les digo que a punto he estado de hacer todo eso y más después de que su último toro rodara en Nimes por su Feria de la Vendimia, faltó el canto de un duro.
Así se escribió la historia…

Amanece en Avignon, residencia de Papas ilustres y encuentro en el desayuno a nuestro Mario Vargas Llosa, guardián de nuestra literatura en el vaticano de las letras que es la Real Academia. Nos apresuramos en coger un taxi y llegar a un Nimes inundado de carteles, pasodobles y hasta de un gigantesco graffiti con la figura de José Tomás en blanco y negro cubriendo todo un edificio. Se abre el cielo y el viento se detiene al fín, comienza a escribirse la historia bajo la batuta de Simón Casas, el coliseo ruge en pie, cruza la arena Tomás de pizarra y oro y su capote de flores mejicano. Es como si llegase Máximo Décimo Meridio, comandante de los Ejércitos del Norte y general de las Legiones Fénix. Detrás, su artillería más pesada y fiel, dos sobresalientes, un puñado de toreros de plata y los mejores varilargueros de España. Avanza el toreador entre palmas. Suenan trompetas, la acústica es perfecta, cristalina, es la vuelta a Roma y a su eterna gloria. Once orejas, un rabo, indulto del toro y del torero. No se puede torear mejor, aplaude El Juli. Nada faltó, ni sobró de aquella faena matinal, justa, perfecta, medida, exacta como un reloj suizo que no para de andar, como tampoco lo hizo el torero de Galapagar. Todos esperábamos una corrida más fácil, más cómoda incluso afeitada y nos equivocamos, fue seria y exigente y a toda ella la toreó sin concesiones a la galería. José fue apretando el acelerador más y más en cada toro, nadie dimos crédito, fue un milagro a plena luz del día. La faena cumbre de su carrera sin duda, la de Ingrato, toreando con un capote como si fuese un pañuelo de seda suspendido por sólo tres dedos. Llega al natural con el cartuchito de pescao de San Bernardo, el toreo de José Tomás se sostiene por la naturalidad de un héroe, verdadero pedestal de mármol donde se asienta la pureza del toreo ¿Verdad José y Juan? Ahora existen grandes toreros, pero en la cima esta él y después todos los demás. Desarmado recita naturales con la derecha y derechazos con la izquierda, el toro es noble muy noble y de una clase excepcional como los versos de Juan Pedro el viejo “Negro toro, gran guerrero / de terciopelo vestido / y estampa corniveleta de albaceteños cuchillos...”

Cinco estocadas, toreo vertical, de valor puro y personalidad inmensa. Su mejor tarde sin duda y la de todos nosotros, me recuerda Limeño testigo desde el callejón de la efeméride. No era de indulto el toro sino el torero, repito. Los dos toros de Victoriano del Río fueron la cal y la arena de la tarde, con permiso de Ingrato. En ellos, primero y sexto, vi a dos toreros bien distintos. Con el primero hondo, pues mayor hondura no existió en los adornos y en los redondos; y con el segundo sin ceder un centímetro, fue el más difícil y por ende el más angustiosamente bello. ¡Gritan desde las piedras Cataluña, presente!, ¡Francia, también! ¡Mexicanos, cabrones!

En el tercero de Jandilla destapó sus mejores lances navarras, tafalleras, faroles, delantales, gaoneras, serpentinas, chicuelinas, capote a la espalda ¡Qué sé yo! hubo de todo, en este como en los demás, la plaza entusiasmada reconocía resucitado aquel Tomás imbatible de los noventa. Su muleta suspendida en el aire recorría como en un baile todos los salones del coliseo. Un pase de pecho triunfal nos transporta hasta la linde misma de la mitología taurina, llega otra estocada y sale el de El Pilar que no atiende por el izquierdo. José Tomás va cosiendo la faena a base de taparle la cara al toro que no deja de embestir en series eternas siempre en redondo, fue sublime. Rodilla en tierra alarga las últimas notas de su mejor sinfonía a una mano. Qué decir del toro de Parladé, nada que objetar. Su toreo al natural no tiene igual. Crucial el indulto en la capital de la Francia taurina removió el mundo aquel día. Hermosa y honorable estampa de misericordia del diestro frente al toro, que como le ocurriera al invicto gladiador Tigris de la Galia, le condonaron la pena capital.

Los mejores momentos parecían haber terminado, pero aún quedaba tela por cortar…Llegó el quinto de Garcigrande con mucha calidad pero sin fuerzas y poco a poco se fue apagando como una vela, pero ahí seguía José Tomás, fenómeno sociológico de primer orden, fresco como una rosa sin ceder ni un centímetro toreando de frente, de verdad, todo un genio. Con el sexto, el arrimón y la entrega sin reservas, la plaza extasiada, abrumada de tanto arte y valor, se abría en dos y de par en par partía a hombros José Tomás hacia la Puerta de los Cónsules, al grito de ¡Merci, merci! Gracias a ti por volver para quedarte, eres nuestra última esperanza del toreo inmortal, fue todo un privilegio verte, nunca podremos agradecértelo del todo, recuerda que el día que te marches, no te irás solo.

¡¡Sevillanos y Sevillanas!!, vosotros aquí representáis lo que no puede morir: el rigor y la verdad en un espacio tan maravilloso como el de los toros. Rigor y verdad que el mundo de los toros pide a gritos, y por eso sois llamados, con todos los que aman las corridas de toros, a imponer frente a la abulia, la rutina, los toros avergonzados y manipulados y los toreros estrellas pero que no "maestros"; la verdad, la tragedia de la fiesta, y su brillantez. Os invito a huir de falsos oropeles y componendas, porque nuestro protagonista, como bien sabéis, es solo el toro bravo, con la boca cerrada, desafiante en el centro del ruedo, solo frente a la multitud, ensangrentado y castigado, cerca ya de una muerte segura a manos de su verdugo en trágica disputa amorosa.

Del río Guadalquivir suben a la plaza y de la plaza van al río, tragedia y pasión de fuente extraña. Y en esa inquietud de vidas pares y gemelas que se observan atentas, el alma de la ciudad de Sevilla llega a poseer ondulaciones graciosas y fluideces elegantes de gran río; y con el río pasa como por un espejo toda la ciudad, todos los que vivieron allí, las tumultuosas fieras del coso taurino, ese pavor instintivo, ese miedo al fracaso, ese terror en el encuentro, la gloria... Los que estuvieron, los que están, los que siempre vendrán, y los que como yo se quedaron para siempre en este refugio del arte hecho divina cadencia.

He dicho, muchas gracias.

 

“La importancia de la Goyesca en el toreo”

Lugar: Convento de Santo Domingo de Ronda
Organizado: Cursos de Verano 2006 de la Universidad de Málaga
Día: 2 Julio de 2006.

Ronda es lo Romero y lo Ordóñez. Su paisaje romántico frente a su bicentenaria plaza de piedra nos invita sumergirnos en el pasado de cada rincón de esta serranía romana, árabe y cristiana sobre la roca, siempre en actitud de suicidio ante las cálidas aguas del Tajo. Todos los años se produce un singular milagro por las fiestas septembrinas de Pedro Romero, Ronda despierta de su letargo y vuelve a nacer el recuerdo del pasado con la fuerza de lo auténtico.

Veintisiete años después de la primera corrida goyesca celebrada en Zaragoza, bajo el deseo de recaudar fondos con los que celebrar al año siguiente el centenario de la muerte del pintor maño Francisco de Goya, nace en Ronda la tradicional corrida goyesca, la más antigua y prestigiosa de España.

El cartel de aquella efeméride inaugural, en la forma de concurso de ganaderías, que homenajeará al gran Pedro Romero en el segundo centenario de su nacimiento, hace ahora más de medio siglo, lo completarían Cayetano “El niño de la Palma” (Hijo) y dos maestros ilustres de aquellos años 50, como fueron Antonio Bienvenida, encarnando la elegancia y la naturalidad del toreo; junto a un César Girón, lleno de raza y poderío.

Antes de recordar las grandes efemérides de las corridas más destacadas de este ciclo goyesco, es obligado adentrarnos en el espíritu del mismo, ya que permanece indeleble en el recuerdo una de las estirpes taurinas más importantes del toreo: la de los Romero.

El patriarca de la casa fue Francisco Romero y Acevedo que pese a nacer en Málaga el 12 de mayo de 1665, como torero se hizo en Ronda. Francisco Romero es el primer torero moderno que decide organizar las cuadrillas, utilizar el uso del estoque para matar al toro y hacerlo propio con la muleta para torear. A sus toros solía matarlos de frente dejando la espada, algo hasta ese momento increíble y revolucionario. Como antes decíamos, fue este diestro el fundador de la dinastía de los Romeros, padre de Juan, el que mantiene el pulso con Costillares y, a su vez abuelo del gran Pedro y de sus hermanos Antonio, José y Juan Gaspar. El nieto de Francisco, Pedro Romero Martínez acabó con el reinado en los ruedos de los diestros sevillanos Costillares y Pepe Hillo. Francisco Romero, oscurecido injustamente por la relevancia de su nieto Pedro, ha sido uno de los toreros más importantes que ha dado la historia del toreo formando parte decisiva del nacimiento del toreo clásico tal y como hoy se conoce.

Los inicios de Francisco Romero nos emplazan a las últimas corridas caballerescas como paje, tanto en Madrid como en Sevilla, celebradas en 1723. Su permanente lucha por la supremacía de rango frente a los picadores pareció entonces no llegar a buen cauce en muchos de los casos, pero el simple hecho de aquella pugna le convierte en el primer precedente de aquel cambio que luego se produciría inexorablemente. Francisco, siempre en contra del concepto del toreo vasco-navarro tan llenos de recortes como de quiebros frente a la cara del toro, logra años más tarde otro de sus grandes hitos, la constitución de la primera cuadrilla en donde los banderilleros asumen el papel de colaboradores del maestro. A él se le atribuye también el invento de la muleta colocando un palo a la capa, aunque otros autores se lo adjudican a Manuel Bellón “El Africano”, registrándose dicho acontecimiento en la localidad gaditana de San Roque. Romero describe en su faena la idea de la lidia contemporánea dividida en tres fases: primero el encuentro del toro con las varas, luego las banderillas y finalmente darle muerte al animal.

Desgraciadamente Costillares, mucho más joven que el patriarca de los Romero, lo desplazaría años después con sus novedosas suertes, de un lado la verónica y de otro el volapié. No sería hasta la aparición del nieto del primero, Pedro Romero, que se recuperaría el legado de su abuelo apoyándose en su mayor virtud el poder, ante todos los 5600 toros que estoqueó, a excepción de aquel toro navarro en Egea de los Caballeros que según las crónicas de la época le alcanzó de tal manera que le llegó a romper incluso los calzones.

Exigió la preterición de todos los toreros en los carteles y se les respetó. Es decir, Romero se saltó a la torera -nunca mejor dicho- la antigüedad, y aún siendo más moderno que la mayoría exigió torear el primero y ser el director de lidia. Nadie se le opuso y todos sin excepción acataron su exigencia, algo que sólo lograría él y el diestro chiclanero Paquiro en toda la historia de la tauromaquia. Así le cantaba Gerardo Diego al torero rondeño:

"Dicen que hubo un torero que cuando hacía el paseíllo, el sol perdía su brillo. Se llamó Pedro Romero"

El toreo rondeño se basó durante aquella época en la sobriedad y en la efectividad, en el buscar una buena estocada y el dominio del toro más que la vistosidad de las suertes potenciada por el toreo sevillano durante aquellos años. En aquel momento el toreo era de mucho movimiento y apenas pudo existir lo que hoy conocemos por hondura. Pero esa hondura y quietud pudo venir después con Antonio Ordóñez de una forma notable. No debemos olvidar tampoco que el toreo que hoy conocemos no es otro que la fusión de la escuela rondeña con la sevillana.

El impulsor de la goyesca de Ronda fue precisamente el primogénito de Cayetano, “El niño de la Palma”, que luciría su mismo nombre y apodo, hasta casi con la misma alegría, bondad y torería que desde siempre caracterizó a su antepasado. Aún se recuerda en Las Ventas una de sus valerosas tardes con salida a hombros incluida tras estoquear a un Pablo Romero en el año 58 junto a Rafael Ortega, César Girón y mi tío el rejoneador Josechu Pérez de Mendoza.

Llegado a este punto, quisiera recordar también a su padre Cayetano, íntimo de mi tío José María de Cossío, oscurecido por el alcance artístico de sus descendientes, al igual que le sucediera al patriarca de los Romero. Él crea con su irrupción en los ruedos una revolución hasta entonces desconocida. Maestro completo en el concepto más gallista del toreo, dados sus conocimientos privilegiados del toro y de las suertes, pertenecía a esa lista de maestros destacados por su empaque y elegancia ausente de dramatismos y ventajas. Pocos como él supieron aunar en sus primeros años de profesión la escuela de José y Juan, convirtiéndose en un adelantado a su tiempo, intuyendo inconscientemente la llegada del neoclasicismo en el toreo, que sí se advertiría años más tarde en su hijo Antonio, llamado a convertirse en su mejor representante.

Con Antonio Ordóñez, paladín de la pureza y el clasicismo, unido a su empaque y gallardía, se unen la corriente estética belmontista con la colocación manoletista. Muleta y capote los dominó como casi ninguno. Con el capote se hacia viva su verónica honda y profunda, llena de elegancia y rigor, con una majestuosidad increíble. La clase de su toreo es evidente en cada tarde y parece cubrirlo todo. Prueba de ello fueron sus doblones llenos de sabor con los que iniciaba las faenas. Su constante preocupación por la búsqueda de la perfección del arte de torear le convierten por sí solo uno de los grandes maestros que más regularidad adquirieron en el tiempo. Con aquel Ordóñez de los dorados años sesenta, en plenitud de facultades, haciendo con su verónica y especialmente con su toreo en redondo todo lo antiguo e inimaginable, parece que el toreo por vez primera se tome una pausa para ver fusionarse lo clásico con lo revolucionario.

Lo nuevo, lo viejo y lo desconocido le eran propios, de forma que recogía las suertes clásicas y en su interpretación las hacía más acabadas. ¡Qué grandeza la suya al pasarse al toro por delante, en el pase de pecho final! Parecía que todo quedase dormido a su alrededor, quieto y expectante. No solo fue un torero con categoría artística impar; poseyó además un descomunal valor y logró en su espléndida madurez -algo vedado a los demás hasta llegar él- aquella regularidad en la perfección más clásica, pese a sus muchísimos percances y cornadas.

Las corridas goyescas nacen y se continúan ininterrumpidamente bajo el amparo de dos generaciones de los Ordóñez, salvo un breve paréntesis de dos años, consolidándose como las más antiguas y prestigiosas de todas. Tan sólo la más moderna del país organizada por la Comunidad de Madrid para celebrar el 2 de mayo en la madrileña plaza de Las Ventas desde hace 10 años, mantiene junto a la nuestra rondeña, tan distinguida tradición.

De las corridas de la época que conocieron los Romero y que pintara Francisco de Goya, celebradas con asiduidad antes de la Guerra de la Independencia apenas queda ya nada, salvo los ternos. Aquellas se desarrollaban durante una jornada completa, participando hasta casi una veintena de reses de seis o siete años para cuatro o cinco matadores, acompañados de casi una docena de banderilleros por coleta. En los años veinte del siglo XIX esta costumbre se partiría en media jornada, tal y como hoy en día la conocemos. En éstas se podían observar muchas curiosidades, actualmente impensables con el paso de la modernidad y su evolución. Así observaríamos a los picadores con sus caballos desprovistos de petos avanzar por delante de los matadores durante el paseíllo hasta colocarse en sus terrenos para no abandonarlos durante la lidia. No sería hasta Paquiro cuando todo esto se invierte; también al final de cada faena llegaba la suelta de los perros para sujetar las embestidas de toro y se practicaba la suerte del desjarrete con la media luna para acabar reduciendo al animal. Los vestidos de los maestros, especialmente los rondeños solían ser de terciopelo y sin adornos, la corrida era interpretada como una gran fiesta de gala en donde tampoco faltaban los dominguillos y mojigangas, intentando representar una escena del Quijote con toros en medio.

La famosa corrida de toros Goyesca de Ronda, evento que organizó el maestro Antonio Ordóñez durante cuarenta y dos años consecutivos, es una parte esencial de la historia taurina de esta ciudad y de la historia de la Fiesta en general, pues su alcance internacional no conoce fronteras y son muchos los visitantes que la llenan cada tarde. Es un largo peregrinaje desde cualquier rincón del orbe mundial en busca de reencuentro con el pasado. Tras la muerte del maestro en 1998, su nieto Francisco Rivera Ordóñez tomó el relevo de su abuelo y continuó la obra, simultaneándolo con su propia carrera profesional.

Todas las corridas tuvieron y tienen algo para recordar, pues son fruto y muestra de cinco décadas del toreo capitaneadas por las máximas figuras del momento, torear en Ronda es como torear el Domingo de Resurrección en Sevilla, actuar en este coso es todo un privilegio pues no es sólo una cita con la fiesta sino también con la historia de la cultura española; junto a la presencia los dos anfitriones, Antonio Ordóñez puro clasicismo y empaque; y Francisco Rivera Ordóñez, arrojo y mando; algunos de los representantes de aquellos carteles fueron en los años 50, Julio Aparicio, largura y dominio; y César Girón, raza y poderío; en los años 60, Paco Camino inteligencia y sutileza; en los años 70, Francisco Rivera “Paquirri”, casta y pundonor; y José María Manzanares, temple y compás; en los 80, Juan Antonio Ruíz “Espartaco”, la profesionalidad personificada; y Paco Ojeda, el genio fugaz; en los 90, Enrique Ponce la clase y la sabiduría de un superdotado; Joselito, variedad y torería; y José Tomás, el tremendismo con clase; en el 2000 con Ponce también y Julián López “El Juli” entre el enciclopedismo y el prodigio de la casta.

Tardes para la historia de las goyescas de Ronda, fue aquella tarde de 1960 en la que nació como torero Rafael de Paula en la corrida de su alternativa teniendo a Julio Aparicio como testigo y a Antonio Ordóñez de testigo frente a los atanasios. Nunca dos verónicas tan majestuosas coincidieron antes. Hondura gitana y temple inacabable. Otra tarde imponente fue la del año 1965 en la que Antonio Ordóñez corta todo lo posible tras dos gloriosas faenas junto a Bienvenida, Corbacho y Bohórquez. No debemos olvidar la goyesca de los Núñez con Ordóñez y Camino de 1975 siempre en dura pugna; la última goyesca de Antonio junto a Paquirri, con sabor a despedida y aires gloriosos barbateños, cuatro años después sería Paquirri quién nos dejaría; o la apoteósica tarde de Paco Ojeda en solitario en 1987.

Este año dos Rivera Ordóñez se medirán en Ronda, el último de los Cayetano tomará la alternativa y todo volverá a nacer de nuevo como en aquella zapatería llamada La Palma en donde Corrochano cantó al patriarca de los Ordóñez aquello de: “Es de Ronda y se llama Cayetano…el nombre es de torero; el pueblo también. Condiciones tiene, yo las he visto”.


Conferencia en la Plaza de Toros de Roquetas del Mar.
"El mito de Curro Romero".

¡Señoras y señores! Buenas tardes y gracias a todos por acompañarme un día tan especial. En primer lugar quisiera felicitar al Ayuntamiento de Roquetas de Mar en su Área de Educación y Cultura, a la Universidad de Almería y a la empresa de la Plaza de toros de Roquetas de Mar, especialmente en la figura del diestro Víctor Zabala de la Serna, por concederme la posibilidad de encontrarme aquí en la ciudad de Roquetas del Mar y ante los universitarios almerienses para hablarles del maestro Curro Romero.

Curro Romero, es el último torero de leyenda, de personalidad arrolladora, mitificado hasta la misma linde de la mitología taurina.

Su toreo tan lleno de garbo, señorío y empaque ha sido imposible de explicarse del todo, resulta difícil catalogarlo, encasillarlo por su forma de interpretarse, no es sevillano, no es agitanado sino más bien rondeño pero no totalmente, era personalísimo, inconfundible, irrepetible como la esencia de Romero, Curro Romero sin más.

Llegó al toreo por el camino de la necesidad, que no es otro que el que alimenta el espíritu de los valientes. Nace, en el seno de una familia humilde y obrera que pastorea ganado tras la guerra civil en el Cortijo de Gambogaz propiedad del General Gonzalo Queipo de Llano, y allí mismo guardando vacas, ovejas y cochinos escucha los primeros olés de su vida, arrastrados por el viento, que desde la Maestranza le llegaban con el río.

A los catorce años de edad cuando siente la necesidad de escapar de ese mundo que le rodea, se adentra en el planeta de los toros, un territorio que no le era menos familiar por otra parte pues su padre era un buen aficionado e incluso tenía un tío paterno que llegó a torear de becerrista en la plaza de toros de Sevilla.

Con el apoyo de los suyos y el paso de unos años comienzan los tentaderos que le permitirán debutar de luces con éxito en la Pañoleta el 25 de Julio de 1954; y dos meses más tarde hacer lo propio con caballos, concretamente el 8 de septiembre en la ciudad de Utrera, actuando con Juan Gálvez, Paco Corpas y Ruperto de los Reyes, recogiendo un sonoro triunfo.

Su carrera se toma un descanso a la vuelta de su actuación en Barcelona el 1 de enero del siguiente año para incorporarse al servicio militar en la Maestranza de Artillería de Sevilla sito a escasos cien metros del Coso de Baratillo. Una vez licenciado y con la recomendación de su apoderado Antonio Chaves, nieto de “Camero” – el que fuera picador con Joselito, y con la intermediación de Diodoro Canorea-, logra debutar en Sevilla, el 26 de mayo de 1957, sustituyendo al herido Juan García “Mondeño”.

La tarde de su presentación en Sevilla y especialmente la faena realizada al sexto novillo de la tarde de nombre “Radiador” de Benítez Cubero, causó un impacto mayúsculo entre los aficionados que pronto comienzan a comparar su personalísimo empaque y majestad con el mismísimo Reverte o Antonio Fuentes.

En su primera etapa surge el Romero más puro, el más clásico, el más belmontino, fiel a la mejor tradición de los toreros de los años treinta. Si Paula fue el sueño del Pasmo, Curro es su sonrisa, la alegría, el disfrute del arte. Toreo cien por cien natural, aunque, sin el dramatismo ni el barroquismo gitano, se convirtió de repente en la sombra del toreo flamenco en pro de esa cruzada que se dió en llamar por y para el arte.

Recordemos los versos del poeta valenciano Rafael Duyos:

¿No hay guitarra que te cante?
¿No hay soleá que te nombre?
¿No hay son de palmas que diga
Lo lento de tu capote…?

 

En aquellas fechas puede decirse que nació a la vez el movimiento más leal que ha existido alrededor de la figura de un torero, cuasi una religión, más conocido como el “currismo”. De Sevilla se extendió a todo el país formando legiones enteras de aficionados que le siguieron, lo esperaron y se deleitaron con su buen toreo desde entones hasta hace casi nueve años en donde decidió retirarse definitivamente tras un festival toreado en La Algaba, contando con sesenta y seis años de edad; y cuarenta y dos años de profesión a sus espaldas.

El paso de Curro Romero en la historia de la tauromaquia ha sido trascendental pese a demostrar una irregularidad considerable en su trayectoria profesional. Las tardes gloriosas se intercalan con las más decepcionantes, descubriéndonos hitos y cifras que nos hacen romper cualquier otra estadística conocida, lo de Curro era imprevisible, tenía que estar muy seguro que el toro tenía condiciones ya que para su forma de interpretar el toreo requería de un toro bravo que siempre obedeciera hasta el último tercio y eso según el maestro apenas salía muy de tarde en tarde.

A lo largo de su extensa carrera se puede afirmar que el estilismo y la personalidad arrolladora de Curro Romero, unido a un gran oficio y una buena técnica a su servicio para abreviar con el toro que no le convenciera y finiquitar al complicado, le convirtió en un erudito taurino, con él cada fracaso le daba tanto caché como a los demás los éxitos, convirtiéndose aún durante sus tardes negras en todo un héroe popular.

En el recuerdo de aquellos años se conservan faenas memorables como la de su debut en la plaza lisboeta de Campo Pequeño, en donde se entretuvo en dar cuatro vueltas al ruedo mientras que los capitalistas al finalizar el festejo se lo llevaron a hombros hasta el hotel situado a cinco kilómetros de la plaza. Tan solo Manolo dos Santos en su despedida y Curro Romero en su debut novilleril han logrado salir a hombros por la plaza portuguesa.

Curro deja tras de sí toda una manifestación de partidarios y detractores, que se afianzan con el tiempo, heredándose de padres a hijos. Su toreo no deja a nadie indiferente, genial en todo y por todo, hermanado con el Divino Calvo, Rafael El Gallo en aquello de hacer de la improvisación inspirada por los sentimientos toda una religión. Nunca se sabía que iban a hacer, ni el cómo ni el porqué. Capaces de todo y de nada. De armar un alboroto o formar la marimorena. De triunfo increíble o de fracaso impensable. De dos orejas y rabo o toro al corral. Siempre distintos y únicos de un día para otro.

La alternativa no se hace esperar y la toma sin pena ni gloria el 18 de marzo de 1959 en Valencia contando como padrino Gregorio Sánchez y testigo Jaime Ostos, el toro tocado en suerte del Conde de la Corte se llamó “Vito”. Otra actuación En el Domingo de Resurrección en Málaga le preparan para su vuelta a la Feria de Abril en Sevilla. Esta sería la primera de sus cuarenta ferias abrileñas interrumpidas en las que tomó parte el camero.

La tarde de 26 de mayo de aquel año frente al novillo “Gallego” de Peralta, realiza una de sus mejores faenas. Las fotos de la efeméride delatan un toreo de cante grande, de mucha entrega, de compás abierto, de pierna adelantada, de manos muy bajas, arrastrando el capote a lo Curro Puya.

Antonio Díaz-Cañabate notario de excepción del triunfo de Curro con el de Contreras afirmó tras su actuación maestrante:

“Ya ví a Curro Romero. Sevilla es la tierra del duende. El duende es lo misterioso del arte flamenco. Curro Romero vino a la Feria y el duende lo acompañó escondido en el capote embrujado, en la muleta. Y no fue Curro Romero. Fue el duende el que toreó ¿Quién si no es capaz de ensoñar unas verónicas como las que vimos al duende que cosquilleaba a Curro Romero y que se abrieron en el tercer toro...como rosas? ¡Pues vaya por las rosas!, que se metieron en el aire transformadas en prodigiosos lances por la magia del duende inspirador (…) Y en el sexto…era al anochecer. El sol, en cielo aún, pero no en la Maestranza. Luz de crepúsculo incipiente. Luz desmayada de Sevilla en abril. Y el duende brincando en la muleta de Curro Romero. “Vamos pa el toro, que esta muy güeno”. Y el duende, quietecito en la muleta dijo por lo bajines: ¡Allá va el misterio! ¡Allá va el arte! Los tres pases por bajo, asombrosos, se quedaron como tres esculturas de manos griegas. (…) Y a la salida me tropecé a Curro, calle Adriano adelante en alto de la multitud, mientras el duende se quedó en el ruedo, dormido sobre tres pases asombrosos, almohada de la gracia.

 

Gregorio Corrochano no se queda corto tampoco y remata faena el mismo día:

“Curro Romero bordó el toreo, según dijo una linda mujer de mi vecindad; pintó el toreo, dijo un hombre; esculpió el toreo, opino yo. Porque es verdad que tenía primor de bordado; es verdad que tenía colorido de paleta de pintura; pero también es verdad que la pintura tenía relieve, y eso ya es escultura. Tenía son de armonía y composición; por eso cuando sonó la música en la faena yo no sabía si tocaba la banda de la plaza o salía el pasodoble de la muleta de Curro Romero; de aquellos primeros pases tan precisos, tan limpios, tan medidos, que parecía que el toro empujaba la muleta con su aire, sin lograr alcanzarla con las astas…”

Sevilla no dejaría de disfrutar con su arte en otras tardes apoteósicas como: la del sobrero de Clemente Tassara en el año 60 en donde la afición afirmaba que se marchaba un torerazo llamado Manolo González y que llegaba él con aire fresco; la tarde en solitario con los seis toros de Urquijo del 66 en donde le otorgarían ocho orejas, único espada hasta el momento que logrado obtener tantos trofeos en la Maestranza; otra faena a otro toro de Urquijo en el 67; la tarde del 68 frente a distintas ganaderías; la del 80 frente a un toro de Carlos Núñez; o la del toro de Martín Berrocal en el año 72 en donde cortó 3 orejas y se negó a salir a hombros. Cinco que bien pudieron ser seis Puertas del Príncipe atesora nuestro Curro de su paso por la Maestranza.

Curro es una realidad que nos afecta desde muy pronto a todos, recordemos a D. José María de Cossío en sus últimas palabras rescatadas de su Disertación final de los toros en su último tomo del Tratado Técnico e Histórico de Los Toros publicado en 1961, al terminar pronosticando una realidad muy próxima:

“Hay un diestro de Camas, Curro Romero, apunta, y ya más que apunta, todo el embrujo el toreo sevillano, con un son menos jubiloso y un aire más grave, pero no menos depurado y atractivo. (…) Curro Romero pertenece a esa especie de toreros artistas que produce Andalucía, puede decirse que por la gracia de Dios. La calidad de su toreo es extraordinaria y, aún en tardes menos afortunadas, perceptible por los verdaderos aficionados. No busca el éxito en excentricidades ni nuevas suertes, sino la personalidad que presta a los eternos lances de la lidia" .

Curro Romero en aquel entonces contaba con tan sólo veintiocho años de edad y dos de alternativa.

Por aquellos primeros años sesenta le cogen mucho los toros y le hieren de suma gravedad. Era una quimera, se decía torear con aquella pureza a cualquier toro. En la segunda etapa,  Curro sufre, una auténtica trasformación estética, comienza la reencarnación de Cagancho basado en un toreo más suave, más frágil y menos grave. El arte de Romero nace en las yemas de los dedos nadie mece la verónica con tanta suavidad, con tanta dulzura un lance se convierte en una pura caricia. Los pies asentados en la arena, el pecho fuera, siempre vestido como un príncipe y luego como ligaba uno y otro lance de punta a punta de la plaza. Desde una trinchera a un cambio de manos todo en él parecía realizado sin esfuerzo aparente. La hondura de la primera época se transformó en empaque, cadencia y arte.

El poeta montañés Gerardo Diego nos desvela el secreto de su verónica caló:

Lenta, olorosa, redonda,
La flor de la maravilla
Se abre cada vez más honda
Y se encierra en su semilla.
Cómo huele a abril y a mayo
ese barrido desmayo,
esa plaza de desgana,
ese gozo, esa tristeza,
esa rítmica pereza,
campana del sur, campana.

La confirmación en la capital se confecciona con un cartel netamente sevillano: Pepe Luis Vázquez, Manolo Vázquez y Curro Romero con toros de Eusebia Galache, se celebra el 19 de mayo de 1959 y se suspende durante la lidia del tercer toro, tras una lluvia persistente. No hay opción de ver a Romero pero la empresa repite cartel el 20 de septiembre del mismo año y Curro lo borda con un sobrero de Aleas de nombre “Regatero”.

Cañabate nos relata con entusiasmo la faena al día siguiente en el Diario ABC:

“Los espectadores abrieron los ojos nada más ver los dos ayudados por alto iniciales de la faena de Curro Romero. Espatarrado, cimbreante el cuerpo, cargando la suerte con majeza y empaque. Y de aquí para adelante. Una faena de toreo puro. Una faena llena de hermosura, la sin igual hermosura del toreo clásico realizado y realzado con la arrogancia, la finura, y el temple de un muchacho con gran planta de torero. Naturales con la derecha. El solo adorno de dos molinetes. ¡Pero qué molinetes! Lentos, lentísimos, suaves rítmicos, armoniosos. Se despertó Curro Romero y tan luminoso fue su despertar que el crepúsculo vespertino parecía un amanecer. El amanecer del toreo puro, casi siempre nublado por las nubes de lo monótono, de lo vulgar. Mató de una estocada, le concedieron una oreja y salió a hombros”.

En Madrid con esta primera salida a hombros adquiere un cartel inmejorable, siempre con máxima expectación, en donde se le ha esperado y querido mucho. Allí sumaría siete de las ocho Puertas Grandes que pudieron ser pues también se negó a salir a hombros otra tarde en Las Ventas. Desglosemos sus apoteósicas salidas venteñas: la del 59 con el mencionado de Aleas; la de la faena al arellano del 62; la tarde en la corrida de la Prensa con los alipios en el 63; la tercera salida a hombros en el año 65, dos más en el 66 con toros de Antonio Pérez de San Fernando y la del 67 con el famoso “Marismeño de Benítez Cubero junto a Camino y Puerta. Curiosamente el día antes de la faena al citado “Marismeño” en el mismo escenario se dejó un toro vivo de “Cortijoliva” que resultó muy manso en el primer tercio y que por discrepancias presidenciales acabó el diestro sevillano detenido y conducido al calabozo. Más tarde en el año 73 es cuando se niega a salir a hombros tras una gran faena de dos orejas a otro toro de Benítez Cubero, inexplicablemente.

Otra de sus gloriosas faenas y posiblemente la mejor de todas, según el cronista Vicente Zabala Portolés, se produjo en el Corpus de Granada el 23 de Junio de 1973, como así nos la relata con verdadera pasión el genial cronista madrileño desde el coso de Los Cármenes:

“Las manecillas se habían detenido para ver torear. Y los gitanos del Albaicín rompieron a cantar por lo grande, y los de la Peña Platería lloraban como niños, y los jardines morunos se deshacían en fragancias, y los gorriones inmovilizaban el vuelo justo sobre la plaza de toros, y las gargantas enronquecían perdiendo la noción de los olés, y se sentían las sonantas, y Rafael llamaba a Chicuelo invitándole a que se asomara a los palcos del cielo…”

Para Curro Romero el torear es un ejercicio del espíritu, es parte de su vida, es la fuente de su inspiración diaria en donde solo hay majestad y armonía, allí parece detenerse el tiempo, ya no se trata de torear despacio sino de perder la noción de la realidad y trasportarnos con él a imágenes del pasado. Curro frente al espejo de su cuarto de camas cuando toreaba de salón con el capote de su tío; Curro en la soledad silbante del artista entre los pinares de Aznalcázar a primera hora de la mañana, en el color de sus trajes en donde el verde se extiende como un arco iris desde el verde botella, mar, manzana, pistacho, lago hasta su talismán aceituna, transformado en música celestial cada pase con sus únicos instrumentos: el capote y la espada, haciéndonos a todos más presente ese aroma y esa esencia de romero.

Decía Vargas Llosa que nunca había visto hacer el amor a tanta gente y al mismo tiempo que cuando toreaba el Curro Romero en la Maestranza. Algo de seducción hay en su toreo embriagador, mágico y silencioso. El escritor peruano nos recordó que el toreo es un espectáculo que se desdobla: el del torero y el del amor compartido y exhibido sin vergüenza, el del espada cuyas acciones y desplantes se ven enriquecidos por la calidez del sentimiento que, como un efluvio, mana de los tendidos hacia el albero, incitando al diestro a triunfar, a doblegar a su adversario, y el del artista que, potenciado por el mimo y el halago, por la fe y el cariño que suscita, se empeña y multiplica.

Curro Romero nunca se traicionó a él mismo y a su personal toreo, siempre supo esperar y nunca se quedó a medias cuando el toro lo merecía; en definitiva que no pensó a lo largo de sus muchos años en activo en otra cosa que en los toros. Su afición desmedida posiblemente fue el secreto de su notable éxito y fama. Él nos enseño la fuerza del toreo con su diminuto capotito y muleta, especialmente a la diestra en un mundo en que además y todavía continúan todos corriendo sin pararse.

En su tercera y última etapa valía el precio de la entrada por sólo verle hacer el paseíllo con aquella elegancia heredada de Lagartijo, que hasta en las tardes más aciagas nadie como él tenía aquella dignidad torera hasta abandonando la plaza llena de almohadillas.

En el recuerdo de aquella época tres tardes felices, la faena de los naturales en San Sebastián en el año 73; una grabada a fuego a cámara lenta en la retina de muchos aficionados dibujando cuatro derechazos eternos ligados en redondo vestido de canela y azabache al toro “Caraderosa”, de Garzón en las Ventas junto a Antoñete, celebrada el 7 de junio de 1985, en aquella ocasión tras el triunfo de Antoñete todos salieron hablando de Curro, como lo haría….; y otra la faena llena de empaque en el año anterior al toro “Flautino” de Gabriel Rojas en Sevilla, un lunes de farolillos con sabor a resurrección romerista y otra gran faena.

Todos en mayor o en menor medida nos identificamos con él, nos hizo sentir compañero en la derrota y triunfadores junto a él ante el éxito. Puede decirse que fue una parte de nosotros mismos, a Curro hay que quererle, no hay mas remedio. Los anticurristas han sido los más fieles y los que más le han amado y es que, como me contó en alguna ocasión una gitana en Triana, es una chispa lo que hace ser distinto a los demás. El ser más grande, el revelarse contra lo rutinario. Curro Romero lo ha sido no solamente en la plaza sino en la calle, como así lo hemos podido comprobar quienes hemos tenido la gran suerte de haberlo conocido de cerca,  ya no podemos verlo de otra manera, el representa nuestro último mito del toreo, la última leyenda viva. Muchos años de gloria para el único faraón vivo del toreo.