TAUROMAQUIA



ÍNDICE

1- De los orígenes
2- De los toros
3- De la lidia
4- De la suerte de varas
5- Toreros de plata
6- La Maestranza
7- Matador

8- Toreo caballeresco
9- El arte taurino



1- De los orígenes

Se ha dado en decir que son las corridas de toros en España el espectáculo más nacional, pues aquí nacieron y aquí se desarrollaron, y así la lidia de toros bravos se remonta a tiempos muy remotos, habiéndose entendido por muchos que es consustancial al espíritu de los españoles, ya que se inserta en una tradición milenaria que lo ha marcado para siempre y que tiene el valor de lo auténtico.

Como todo lo terrible, siempre ha permanecido junto al hombre, que ha deseado afrontar esta fiesta trágica y sangrienta, tan próxima a su sentir primario, con todas sus consecuencias, lo que le permite sumirse en ese mundo de los hombres primitivos que le precedieron, convirtiéndolo en un espectáculo actual, mezcla de arte, refinamiento y dolor que apasiona, lo que es inevitable en una fiesta que tiene una tradición tan milenaria y primitiva.

Debemos por un momento volver sobre la historia, aunque nos limitaremos a tratar tan solo de aquellos sucesos que pueden ayudarnos a entender porque las corridas de toros son lo que son entre los españoles y porque se sienten tan cercanos a ellas.

En la “Crónica General” de 1256 el Rey Alfonso X, conocido como “El Sabio”, nos habla de “correr los toros”, pero con un sentido muy diferente al de los “circa” romanos, ya que no se nos presenta como un deporte, sino como una lidia entre el toro de un lado y del otro el hombre.

La más antigua suerte de torear a caballo creo que fue el alanceamiento. Tal boga tuvo esta forma de lidiar los toros en el siglo XVI, que el propio Emperador Carlos V alancea un toro en Valladolid, en las fiestas por el nacimiento de su hijo, el futuro Felipe II.

Esta suerte necesitaba, como todas las de a caballo, algún diestro auxiliar de a pie, que solía ser algún paje del caballero, en quien poder confiar en caso de percance. A estos auxiliares de los caballeros, que tenían misiones de ayuda y de socorro y con motivo de una corrida de toros en Bayona (Sur de Francia), donde se encontraba secuestrado por Napoleón el Rey español y su familia, se refiere el Duque de Vanci señalando que “durante todo el espectáculo se paseaba, seriamente, un español embozado en su capa por medio de la plaza y cuando algún toro llegaba a sus alcances la desplegaba muy pausadamente, daba al animal con un extremo en el hocico y seguía su camino, al tiempo que con aspecto tranquilo y satisfecho volvía a colocársela sobre los hombros”.

Comienza poco a poco a ganar terreno con el tiempo, otra manera más movida y alegre de torear a caballo: el rejoneo. Determina esta evolución el cambio de estilo en la equitación, que desemboca en la adopción de la monta a la jineta, con estribos cortos y ayudas en las rodillas, que permitían revolver al caballo en muy poco espacio y acortar o acelerar sus viajes con rapidez. Esta forma de montar distaba mucho de la severa tradición castellana y había de hacer posible los suntuosos festejos taurinos, que llenan la historia de las fiestas del siglo XVII, probablemente muy influida esa monta por los árabes, nuestros huéspedes por varios siglos, y que se contagiaron del amor de los españoles a la fiesta de los toros.

Es curioso destacar que el tema taurino preocupa incluso a la Iglesia de Roma que no puede sustraerse a ello y así en un “motu propio” del Papa Pío V, se llega a prohibir bajo la pena de excomunión la fiesta de los toros, si bien dicho empeño cayó en “saco roto”, llegando el Papado a corregir esa posición hostil a la fiesta de los toros, tal vez preocupado de perder el apoyo de una nación oficialmente tan católica como la española, que aparecía ante las demás naciones como un pueblo de “excomulgados”, convirtiéndose en piedra de escándalo. Los castellanos, pese a ese “acendrado” catolicismo y durante el tiempo de prohibiciones pontificias las burlaron mediante hábiles subterfugios.

La casa de Borbón, derrotados los Austrias, se enfrenta con importantes variaciones en la evolución de la fiesta, lo que unido a la falta de afición a los toros de Felipe V, hace que la nobleza, siguiendo el sentir real, empiece a mostrar su desvío a los toros, lo que coincide con un nuevo cambio en la moda de montar que, aunque italiana, se asemeja a la antigua manera castellana de la brida, es decir, con estribos largos y mando exclusivo en la boca.

Con tal sistema no era posible el rejoneo; pero al haber desaparecido las lanzas de los caballeros, toma su lugar un simulacro de ella: la suerte desde el caballo de detener y picar con vara y así las varas suceden a las lanzas. Son los primitivos varilargueros, hombres a caballo y con varas largas. Se traslada a la arena de las plazas lo que en el campo ejecutaban los mayorales y garrochistas de las ganaderías, primero con las varas cortas y mas adelante con las varas largas de detener.

Este suceso es definitivo para la orientación de la fiesta, ya que trae como consecuencia, de una parte que los varilargueros arrojen de la fiesta de los toros a los caballeros y a sus lanzas, si bien procuren imitar en sus actuaciones la caballeresca lanzada. Son ahora estos hombres rudos y de campo, poco familiarizados con usos caballerescos, los que toman las riendas de la fiesta.

De otra parte los antiguos pajes, que servían de auxiliares de a pie, empiezan a cobrar importancia y sus funciones son cada vez más imprescindibles para la lidia, heredando de sus desaparecidos caballeros y señores la concepción de la lidia a caballo, descendiendo de éste el torero a la arena de la plazas, que con sus capas practican dando lugar al “toreo de capa”.

El empeño de a pie que practicaba el caballero, saltando a tierra, al no haber podido matar al toro desde el caballo, en un momento en que se consideraba desairado en su actuación a caballo, es imitado por los peones, que lo convierten, primero con la capa, y posteriormente con la invención afortunada de la muleta, en la suerte básica de la lidia. Son además los únicos que matan toros, imposibilitados los varilargueros de dar muerte al toro, desde sus caballos y con sus varas.

Cada día el torero de a pie va teniendo sobre el ruedo un papel más importante y lúcido. Se ha pasado de un día para otro, de ser un ejercicio arriesgado y gallardo, propio de los señores, a convertirse en una profesión, si bien continuándose el estilo. Los caballos ceden el paso a los toreros, y los nobles al plebeyismo; convirtiéndose la fiesta de los toros en un marcador de la situación social del momento, el índice más sensible de la evolución social que se va avecinando en lontananza, lo que trae como consecuencia el que los nobles huidos del mundo de las corridas de toros vuelvan, no mucho más tarde, a los cosos taurinos con percepciones más populares. Curioso camino de ida y vuelta.

La sucesión de las suertes van fijándose como cuna consecuencia obligada. Los peones-toreros de a pie-ascienden en categoría. El torear se convierte en verdadera estrategia y quedan fijados los diversos tercios de la lidia, y así es como va a ir formándose el espectáculo de los toros, tal y como hoy lo disfrutamos; que si bien con el tiempo ha perdido alguna parte de rudeza, aunque todavía cruel, es cada vez más artístico y hermoso.

En Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, fueron introducidas tras la conquista por españoles y la proximidad geográfica permitió que en el mediodía de Francia y Portugal haya cuajado también la fiesta de los toros.


2- De los toros

En la vieja dehesa el viento arrecia con fuerza, encajonado entre eucaliptos y olivos. El cielo está de un azul purísimo, y la cal del cortijo, orientado a naciente, casi ciega los ojos al mirar. Extensas y salvajes tierras en las que los toros pueden desarrollar plenamente sus más profundos instintos, imbuidos de una casi total libertad. Empieza un nuevo día en el campo...

Huele a tabaco negro y aguardiente, a cuero de zahones y botos curtidos y todo ello nos hace presentir la llegada del conocedor y del mayoral de la ganadería, con sus rostros curtidos por el frío y por el sol de inviernos, primaveras y veranos.

Se siente a las vacas mugir en la lejanía, pendientes de ese becerro que no acaba de aparecer. Los toros marcan su sitio con sus largos y broncos bramidos, siempre en busca de otro toro con quien entablar combate a campo abierto. Se van acercando, observándose. Conservan su ligereza y ferocidad como si estuvieran en todo momento en la espera de la pica y el estoque. Llegan los caballos. Las garrochas de majagua están cruzadas. El ganadero y los vaqueros que ya hace tiempo despertaron de su primer sueño invernal, deciden dar una vuelta al ganado que pasta en el prado.

Es la hora del pienso y el forraje y todo se hace silencio alrededor Los añojos y erales corren despavoridos al encuentro de los bueyes y sus ansiados sacos de trapo junto a las vacas nodrizas que ya se aprestan a la lucha por el preciado banquete. Algo rezagados y al fondo del paisaje, los viejos sementales comienzan a unirse con sus lentos y aristocráticos andares, empujados por los cabestros con su grandes caretos siempre llenos de tristeza por su virilidad despojada.

Sobre la una del mediodía regresan los caballistas de la larga y sudorosa brega, en busca del almuerzo y la canción, mientras los caballos empapados de sudor y polvo, sacian su sed en la vieja pila teñida de verdina.

El amo sobre su jaca colina castaña descubrirá en los cerrados de las hembras, las alambradas partidas durante la azacaneada noche pasada, los nuevos nacimientos, verificará las recientes cubriciones, observará las vacas a punto de parir, las que están en celo, enfermas o muertas y hasta las extraviadas con sus becerros.

Mañana hay herradero y habrá que desahijar. Las vacas parecen saberlo y al atardecer comienza el rito de la obligada despedida a sus crías. Todo se inquieta y se mueve y el viento parece detenerse. En el horizonte se vislumbra un toro, el número cinco, de nombre “Napoleón”, indultado en Madrid y es él, quien devuelve por un instante la esperanza a la camada.

El ganadero, en compañía de su fiel conocedor, va registrando con todo detalle las anotaciones del día en su pequeño cuaderno de hule negro, para más tarde pasarlas al centenario libro de ganadería que guarda en el despacho de la casa y al calor de la lumbre. En su despacho con sus paredes blancas de cal, forradas de cabezas de toros célebres, de antiguos carteles y de viejas fotografías de campo. Se respira un ambiente casi mágico, impregnado de tauromaquia, que nos transporta, casi sin quererlo, al recuerdo de épocas gloriosas ya pasadas, pero que aún pertenecen a la memoria histórica de todos.

Detrás de cada toro bravo hay una historia de siglos y de toros. De toros criados en las dehesas, que antaño no recibían cuidados especiales ya que las preocupaciones de los ganaderos no se centraban en la buena lidia, bastándoles, sin aditamento alguno, la bravura, la sencillez y la nobleza de los toros bravos, siempre tan prontos en acometer, tan fáciles de engañar. Solo la fiereza y su ciega acometividad les interesaba, lo que parecía más ajustado a la época, en cuanto que el caballero se protegía sobre el caballo que montaba y tenía por ello mejor defensa frente a la bestia y en su consecuencia mayor ventaja que un torero de a pie.

El hecho de que con el tiempo el torero se bajara del caballo y hundiera sus pies en la arena de la plaza, encontrándose frente a frente, de igual a igual, sin ventajas frente al toro; unido a la profesionalización del toreo y su plebeyización, trajo como consecuencia obligada la correlativa profesionalización del ganadero y de sus toros, en un intento de acoplar la acometividad con el arte, la velocidad con el parar, el terror con la alegría, la muerte con el color, lo que supone una enorme complejidad y ha obligado a lo largo de siglos y de generaciones a un vaguísimo y laborioso procedimiento.

En este camino el ganadero se “especializa” y para sus toros, respondiendo a la nuevas formas de torear, tratan de encontrar dirección y ritmo en sus furiosas acometidas, para no comprometer excesivamente al toreo, pero sin olvidad que el epicentro del espectáculo se halla en la bravura y en el temor. El toro tiene que poder ser toreado, pero también “respetado” y de ahí que los ganaderos, antiguos propietarios de inmensas y terroríficas vacadas de bravo como Vistahermosa, Gallardo, Vázquez o Cabrera, se han aprestado a un trabajo, casi científico, realizando grandes inversiones económicas, mediante cruces genéticos y una alimentación más racional.

Se acude a un proceso de previa selección de las reses en el campo-en los tentaderos-en función de su acometividad, bravura y trapío. Se desechan y envían a los mataderos y a los festejos menores a los más débiles y temerosos frente a las varas y a los menos “puestos” para la capa o muleta; se les prueba frente a los varilargueros, las muletas y los capotes. Estas pruebas que se llevan a cabo en estos tentaderos o tientas, permiten potenciar y seleccionar a los mejores ejemplares en las propias placitas de toros de las dehesas, al poderse observar a los jóvenes toros frente a lo que constituye una premonición, un anuncio de lo presentido.

Otras veces la selección se lleva a cabo a “campo abierto”, buscando conocer la reacción de los machos jóvenes-en faena de “acoso y derribo”-al sentir el frío en el costado de esta pértiga elástica que es la garrocha de majagua, que acosa sin descanso desde lo alto del caballo al toro, en plena carrera por el campo; así como el medir su capacidad de recuperación, tras casi inevitable caída en carrera, siempre llena de belleza y aparatosidad. Es una suerte de siglos que sigue haciéndose de la misma forma que desde un principio y es una de las más bellas faenas camperas.

Ha terminado el tentadero en la placita, la dehesa se queda sola con los suyos. El pellizco del miedo y del escalofrío se apodera de todo Los toros y caballos se resguardan del relente bajo los árboles y apenas nada se mueve. Los vaqueros de la finca, terminado su trabajo, vuelven a la casa. Quedan solos frente al ganado los que hoy lo vigilan, mientras sueñan en legiones de toros bravos, en los que se fueron y ya no están con ellos y en las corridas de toros en las que estuvieron.

De este modo, los ausentes se les hacen presentes esa misma noche, vagando por los callejones y tendidos de una plaza en cualquier tarde de toros, y perciben los clarines del miedo que rompieron los espejos del silencio y el toro bravo saltando al ruedo. Será entonces cuando todo tendrá sentido y se sentirán orgullosos de estar aquí bajo el sol inclemente y la lluvia interminable de día y de noche, junto a sus toros, que sienten más suyos que nunca.

Y así toda la fiesta se hace girar sobre el toro, de manera que convierte a los actores del espectáculo en meros puntos de referencia del astado y a los espectadores en sus cómplices.

A mucha distancia, en cualquier plaza y en cualquier ciudad, los timbales -a modo de introductores de embajadores- han dado la señal, rompiendo el silencio de la multitud y la prisión del toro se abre. Una avidez y una curiosidad mudas vuelan sobre la plaza.

¡Apresta tu capa torero! Que un esplendente meteoro vuela hacia ti, llevándonos del terror al placer en apenas décimas de segundos. El silencio se rompe en mil pedazos, La multitud ruge. El dolor, la sangre y la muerte están en la plaza.


3- De la lidia

El correr de los toros a caballo, desde un principio trajo como consecuencia que se impusiera al toro, la velocidad del caballo y la inteligencia del jinete.

En todas las dificultades que pudieran plantearse primaban las facultades físicas de caballos y caballeros, bien defendidos éstos desde lo alto de sus monturas y por eso se concebía el toreo de una manera primitiva y viril, en el que la gracia, el ritmo o la lentitud eran ignorados, y en el que la intervención de los auxiliares de a pie se limitaba a socorrer al caballero y si acaso a desviar el derrote del astado.

Con el triunfo definitivo del toreo a pie y el choque de esta nueva concepción con los antiguos usos, se produce una auténtica revolución en el modo de lidiar de los toreros y así poco a poco comienza a organizase y ordenarse la lidia. Se fijan las suertes y aparecen no solo nuevos protagonistas en el ruedo, varilargueros y picadores, banderilleros y matadores, sino que también van naciendo nuevos lances.

Quizá marque el comienzo de lo actualmente vivo en este mundo de los toros, lo que se dio en llamar el “cargar la suerte”, lance ya recogido en la vieja Tauromaquia de Pepe-Hillo, en el que el torero abriendo el compás, permaneciendo derecho y moviendo un pie, sea el que fuere, hacia atrás, podía torear a un lado y a otro, sacando la capa por debajo. La impresión de hondura y brillantez, prendía e todos de inmediato.

El afianzamiento y ordenación de la lidia comienza y no se para, sobre la base de una ortodoxia: el juego limpio. Único medio para, no solo conservar la pureza del espectáculo sino muy especialmente para no descompensar hacia un lado u otro, esa lucha frente a frente del hombre y la bestia, que es la base de todos. El no tomar ventajas.

En los corrales de la plaza se oye inquietos a los toros y se siente aún la paz del campo. Los toros que carecen de historia, aún se sienten fuertes, ágiles, valientes, invencibles, confiados...,aunque de los corrales suba a los tendidos de la plaza una honda melancolía, “arrebujada” con el olor a campo libre, de hierba fresca, el ruido del arroyo transparente y helado de por las mañanas, el árbol de la sombra azul en el que los toros prueban sobre sus cuellos la caricia de su corteza.

Fuera de los corrales todo se borra con un torrente de pasión, pasión de los toros tendida al sol sobre los tendidos. El verdadero taurino se centra en la pasión y desde su asiento se encuentra a la espera temeroso y confiado, porque sabe que hasta el momento las reglas taurinas no eran sino reglas y que los tratados de tauromaquia no pasaban de ser manuales para un oficio. En una palabra solo definición de suertes y medios para ejecutarlas.

Sobran ahora los libros que se limitan a perpetuar destellos de personalidad y arte en estado disecado, yerto y frío, refugiados en un soliloquio tras la vulgaridad de lo cotidiano. Es como el rendir culto a la nostalgia.

La espera estalla y todos los tendidos se ponen en pie, como cuando un niño se incorpora en la cama angustiado por sus sueños.

Rojas mejillas, frentes sudorosas, gargantas rotas, corbatas flotantes, puros con anilla, voces. La pasión individual incubada ha estallado y surge bajo una sola voz como pasión colectiva. Es un coro unánime, la avalancha que ahoga la mesura, movida por un resorte que crea éxtasis y fracasos a gusto.

El rugido de la multitud ha acompañado la veloz salida del toro a la plaza, que todo lo desordena en un momento. Toreros, banderilleros, subalternos, sienten en ese momento ese minuto de terror que los inmoviliza y en cuyo auxilio acude la técnica, es decir, la buena lidia.

La lidia como hoy la conocemos consta de tres partes perfectamente diferenciadas y conocidas como “tercios”, el de “picar”, el “de banderillear” y el de “matar”, y cada uno de ellos tiene su técnica y una finalidad común, preparar al toro para su fin, pues es siempre una fiesta que corona la muerte.

El toro al salir de su prisión se enfrenta con la capa, es su primer contacto con lo urbano, capa que suele ser roja y con la que con engaños el torero trata de colocarle en los sitios que considera más ventajosos para que pueda ser picado; al propio tiempo que en esas iniciales y largas carreras de la res mide su fuerza, su ligereza, por donde dobla mejor, como ahormar su cabeza, como pararlo para poder mandarlo y siempre cuidando que no se tome demasiada ventaja.

El picador aparece sobre la plaza y sobre su brazo una vara larga, a modo de garrocha, de cinco centímetros de grueso y con una punta de acero en uno de sus extremos, de tres filos, la puya, que se presenta de rente a la bestia para pararla en carrera hacia el caballo. Ese momento es solo del picador y los toreros no son más que sus auxiliares que ayudan a traerle con sus capotes el toro a su distancia. Se trata de quebrantar por medio de “puyazos” al toro para domeñarlo, eso si procurando que no disminuyan en exceso sus facultades, de forma que no se tome el torero demasiadas ventajas, lo que sería duramente recriminado por el público.

La salida de los picadores pone punto y final al primer tercio, para iniciarse el segundo tercio, sin solución de continuidad, al que son llamados como protagonistas los banderilleros, hombres de plata pues así visten, cuya misión es banderillear, colocando en carrera y sobre el cerviguiño del toro dos banderillas (palos delgados de siete a ocho centímetros de largo con una lengüeta de hierro en uno de sus extremos, revestido de papel picado con colores de banderas) en cada pasada, levantando los brazos para desde arriba clavar los arponcillos. La finalidad es alegrar reanimando al toro, duramente castigado y muy congestionado a la salida del tercio de varas, quebrantado por los puyazos.


4- De la suerte de varas

La aduana entre toreros y ganaderos la marca la suerte de varas. Conflicto histórico entre quebranto y castigo a sangre y fuego de una parte y medida de la bravura de la res y su ahormamiento para la faena de otra. Son intereses irreconciliables, que sólo el buen aficionado que asiste a las corridas de toros intuye y le mueve a tomar parte en esa disputa con pasión, convirtiéndose en celoso guardián y custodio de lo que más quiere, el toro. Saltando de espectador a personaje del drama que contempla.

Si volvemos la vista muy atrás, podremos entender por qué, en los antiguos carteles de las corridas de toros, los tipos de letras más acusadas eran reservados para los picadores y no para los toreros y por qué aquellos siguen vistiendo de oro y plata, y no es sólo el oro patrimonio de los toreros.

Era la España rural en la que se andaba a caballo, y se viajaba en diligencia, se trabajaba con mulas y bueyes, y esa proximidad de bestias y hombres exigía en el ruedo de grandes picadores, pues los espectadores se sentían un poco ganaderos y querían por ello que ante todo hubiera toros que estuvieran en su sitio, que fueran toros hasta la muerte. Una corrida que llevara al toro a la categoría de gran minusválido suponía en la época una estafa, una tragedia.

Había que dejar correr al toro, verle venir de lejos, para desde lo alto, aguantar con los riñones y dar salida sin tomar ventajas. Lo que el diestro Paquiro llamaba la suerte del señor Zahonero. Los picadores y sus caballos eran las estrellas de las corridas, pero se lucían sólo si daban a los toros sus sitio. Si sabían ahormarlos para la suerte final y si recibían a los toros cuantas más veces mejor.

Herederos de la garrocha y el toreo a caballo, los picadores mudan los gustos cortesanos por las maneras de pastorear los toros a caballo. Era difícil engañar a un público acostumbrado a vivir entre el campo y los animales. Sabían entonces mucho de toros y menos de toreros.

Lo que hoy se exige a los toreros imposibilita que la suerte de varas sea como fue. Es muy difícil poder con un toro bien picado, de los que con la boca cerrada van a morir al centro del ruedo, desafiantes frente a la multitud.

Algunos toreros han empezado a preocuparse seriamente por la suerte de varas, al entender que el triunfo que de verdad queda, es el que se consigue virilmente frente a lo difícil y lo auténtico, y no ante toros burlados, maltratados y machacados, enloquecidos a sangre y hierro, y avergonzados ante sus verdugos.


5- Toreros de plata

Ya lo decía don Manuel Machado: “Más que un poeta, mi deseo primero hubiera sido ser un buen banderillero”.

Banderilleros, auxiliares del matador, toreros de la transición siempre entre la vara y el estoque. A la sombra de una figura, fieles guardianes de las feroces embestidas. Alegres salvadores del colorido de la tarde.

Antiguamente el capote y la muleta eran tan sólo elementos auxiliares que servían para ayudar, cuadrar y poner en suerte al toro en el caballo, en las banderillas y frente a la espada. Creo recordar que fue Bernaldo Alcalde, El licenciado en Falces , en las famosas corridas caballerescas, quien colocó uno de los primeros pares de banderillas a dos manos en la historia de la tauromaquia, según recoge el gran pintor Goya en una de sus litografías.

Segundo tercio de la lidia en el que se analiza la embestida del toro y son precisamente los banderilleros, con los palos y con la brega, quienes muestran al diestro cómo humilla el toro en suerte, marcan su recorrido y, lo más importante, las posibilidades de juego por ambos pitones. Deben una parte a la técnica y otra, no menos grande, al genio, a la inspiración.

Su arte consiste en cuadrarse con el toro, conocer sus querencias, levantar los brazos siempre juntos, asomarse al “balcón”, dejando llegar mucho al toro y sacándolos desde abajo, clavando los dardos en el “cerviguill”, en la misma cruz, al toro, justo en el centro del “hoyo de las agujas”. La finalidad de esta suerte, sin castigo, sin enseñar al toro, es la de alegrarlo, ya que se ha quedado congestionado y amorcillado tras el puyazo.

Caso opuesto son las banderillas negras, con arpones de doble longitud, utilizadas cuando no se ha podido consumar del todo la suerte de varas o el toro es merecedor de este castigo, debido a su destacada mansedumbre. De igual forma, las banderillas de fuego en otra época tenían el mismo fin que las negras, pero éstas, a diferencia de las anteriores, se usaban para provocar con las quemaduras en la piel del toro, su quebranto y desangre.

Son muchas las modalidades que existen para efectuar esta suerte como: de poder a poder; al cuarteo; al sesgo; de dentro a fuera; a la media vuelta; a porta gayola; o al quiebro, suerte en la que en 1858, el torero “Gordito”, en la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, a cuerpo limpio y en plena embestida, mudaba de viaje al toro sin abandonar su posición primitiva con la ayuda de un sombrero o una silla. O en el caso de Antonio Fuentes, que quebraba el viaje del toro desde y sobre un pañuelo del que salía un pie y al que volvía quebrando y sin mover los dos pies del pañuelo, al propio tiempo que las manos se limitaban a aguantar los palos sobre las palmas, sin realizar esfuerzo alguno, ya que el toro al embestir hacia arriba, levantaba la cabeza, clavándose las banderillas en el intento.

Todo debe hacerse despacio, o simplemente en su tiempo, el del toro, sin ofrecer ni tomar ventajas. Con corrección. Conjugando con la honestidad y entrega, la colocación y ejecución. Ni un solo paso atrás, ni una sola aventura impremeditada.

Es el valor y el arte de los toreros de plata, sus sudor y esfuerzo, su correr y saltar, sin pararse. Ahora no tenemos sino que rendirnos a la realidad. Creer en lo que vemos. ¡He aquí estos toreros! Cuajados de plata y honor. Marcados sobre el cuerpo vivo de España. Gustemos la emoción de ese heroico poema, que día a día construyen con su valor y su gracia.


6- La Maestranza

La palabra Maestranza nos trae un tiempo pasado, en el que para Sevilla nacieron de nuevo muchas cosas. El rey Fernando III “El Santo” acababa, tras largo asedio, de tomar posesión de la Ciudad, donde por un lado entraban sus caballeros e infantes ebrios por la victoria y por la otra parte continuaba saliendo todos los que hasta entonces habían vivido allí. Es entonces cuando un grupo d los caballeros más distinguidos que habían entrado en Sevilla y con la finalidad de organizar un cuerpo de autodefensa y control de la población, se constituyeron como Cofradías Nobles bajo la advocación de San Hermenegildo, mucho más tarde de la Virgen del Rosario, y que tenían como finalidad el entrenamiento en las armas, siempre a caballo. Con el tiempo esta antigua Cofradía potencia y robustece sus efectivos, adquiriendo una altísima preparación a la jineta.

En esta línea de estimulación de la práctica de ejercicios ecuestres se inician desde muy temprano actividades paralelas, fundamentalmente con motivos de festejos, en los que los toros supondrán una impronta que rápidamente influenciaría en los caballeros.

El hecho es que, casi desde un principio, marcan sus diferencias con el poder civil y con el propio Cabildo de la Ciudad y se sienten más junto a los Reyes sus señores, que los protegen y alientan.

De los Austrias se ha dicho que fueron muy aficionados a los toros y de ahí que nuestros maestrantes se apresten y surjan sus fiestas de toros a caballo, inicialmente en la Plaza de San Francisco y luego en la misma Plaza del Arenal, que se construyó de forma cuadrilonga, cerrada por uno de sus extremos por la tapia del Convento del Pópulo y por el otro por el Cerrillo del Baratillo, sobre el que se construiría lo que llegaría a ser nuestra Plaza de la Maestranza.

Con el tiempo ese toreo ecuestre va cediendo el paso a los toreros de a pie, que pasan de ser los servidores de los señores de a caballo para convertirse en el centro de la fiesta de los toros, lo que trajo consigo una revolución, haciendo que los actores de la misma saltaran del caballo a la arena y se enfrentaran a las casas ganaderas de Vistahermosa, Cabrera, Gallardo, Vázquez, con toreros como Romero y Costillares, procedentes del mundo trágico y sangriento de los mataderos. Todo ello se sucede en nuestra Plaza y ha seguido y sigue sucediéndose.

Una corrida de toros en la Maestranza nos hace revivir toda esa época y sentirnos continuadores de la cadena humana de los que nos han precedido. Y nos hace entender por qué Maestranza proviene de la palabra maestro y porqué llamamos maestro a los que más admiramos.

No cabe la menor duda que el que haya sido posible esa continuidad de la Maestranza a lo largo de tantos siglos es porque todos la consideran muy suya, porque ha impuesto el silencio y la discreción, porque ha ejercido un mecenazgo cultural y docto y porque siempre ha estado, como saben muchos, cera de nuestros Conventos, de nuestros más necesitados y de Sevilla.

El sentido de jerarquía y las maneras de exteriorizarse forman el fondo de lo que se llama el protocolo. Lo arraigado que tal sentido está en la ciudad de Sevilla lo prueban sus costumbres más primitivas. Esta noble tiranía no se extiende tan sólo a las preferencias de personas por razón de sus puestos, cargos u honores, sino que atiende a todo un mundo de costumbres tradicionalmente enraizadas y de difícil, si no imposible, desarraigo. Nada tan conservador e inconmovible como el silencio de la Maestranza.

Decía un ingenioso amigo mío que las costumbres de las corridas de toros son tan conservadoras que desde hace dos siglos que se usa la montera tan sólo ha variado unos centímetros la altura de los machos que la rematan. Pero es el caso de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla donde surgió, y casi desde un principio, una tradición protocolaria que la ha convertido en irresistiblemente cautivadora.

La Real Academia Española define la palabra silencio de forma sencilla como la abstención de hablar, pero el verdadero significado de este término es difícil de expresar, es como...un lance de Pepe Luis, un derechazo de Romero, un natural de, un buen par de banderillas de Julio Pérez “El Vito”, un gran puyazo de “Camero”, el pasodoble Maestranza de la orquesta del maestro Tejera, el sonido de los clarines..., es, como decía el premio Nóbel peruano Mario Vargas Llosa en su ya histórico pregón, algo de lo que Sevilla sigue hablando cuando calla.

Esta sensación se suele recordar al final de la Feria cuando los hoteles vacíos de extranjeros y taurinos, se resisten a pensar que hasta el año que viene no volverá a reunirse la flor y nata del mundo del toro en sus habitaciones, ni se oirán las tertulias en sus salones y terrazas a la salida de los toros; ni tendrán que trasnochar para recibir y alojar a sus distinguidos clientes. Es cuando la Feria de Abril aparece como un cementerio sagrado o un baile de corbatas negras, donde el silencio de la plaza vuelve a estar presente por sus quince toreras callejuelas con el sordo eco perdido de los cascos y las ruedas de los enganches, tirados por grandes caballos y finas mulas. Muchos somos los que intentaremos una y otra vez asomarnos a las casetas disecadas, sin vida y asoladas con la nostálgica insistencia y el culto deseo de volver a oír el toque de la guitarra, el son de una caña o el taconeo exclusivo de una guapa gitana.

Sería injusto no mencionar el artífice de este silencio tan inenarrable, el pueblo sevillano. Nuestro carácter alegre hace que valoremos de forma especial el sentimiento, poco razonable aunque racional, que se muestra en el albero maestrante.

Aquí se sabe entender este misterioso sentimiento cuando se produce, pues tal es la grandeza de los impresionantes e inigualables silencios que sirven como contestación única y distinta a la creación de la belleza y el arte.


7- Matador

I

El matador o toreador, como se decía antiguamente, es el héroe principal en el teatro de las corridas de toros. Es un ídolo que sobre la arena, aupado por la masa como si de un gladiador se tratara, luchando con su inteligencia y su arte triunfa sobre la bestia.

Está llamado a cumplir funciones heroicas, que poco mortales son capaces de afrontar. No es el dinero ni la fama la razón de este trágico enfrentamiento hombre-toro, sino la dominación de la fuerza bruta mediante la destreza y el control humanos, y por ello a los toreros se les llama “diestros” y “maestros”, destacando su destreza y su dominio para matar los toros a espada.

Los diestros de a pie pueden hoy distinguirse en dos clases: matadores y banderilleros o peones. Los primeros tienen una jerarquía: matador, novillero, becerrista, maletilla o capa y los aficionados prácticos.

Novillero es el joven torero de a pie que todavía no se ha medido con ganado superior a tres años de edad. Becerrista es el joven aprendiz que todavía no ha superado la etapa de los tentaderos de campo con becerros y se encuentra poco placeado aún en lugares públicos. Maletilla es el novel aprendiz de becerrista, que recorre errante todas las dehesas de bravo en busca de tentaderos en donde aprender las primeras lecciones taurinas. Los aficionados prácticos son aquellas personas no profesionales, que no se limitan a la teoría sino que prueban sus condiciones como toreros, en el campo o en festivales. Todos ellos, bajo un denominador común, se enfrentan al riesgo, en busca de la creación de la belleza, la superación de su orgullo personal, el dominio sobre un animal y la exaltación vital de la propia personalidad.

La categoría de matador de toros se adquiere previa una ceremonia, no exenta de solemnidad, que se llama alternativa y que se oficia sobre el ruedo, con el público en los tendidos y frente al toro. En esta ceremonia, que es ya casi un rito, el espada más antiguo cede, al que por primera vez alterna con los ya matadores de toros, la lidia y muerte del primer toro de la corrida tras una sencilla ceremonia.

En las corridas de toros el torero más antiguo de la terna es el telonero, el que “levanta el telón” de la función taurina. Es, también, el director de la lidia, atento a todos sus detalles y a poner orden, si hace falta (le incumbe además la obligación de sustituir al torero compañero que resulte herido). Caso especial es el del sobresaliente, que ayuda al rejoneador a matar su toro, o acompaña a los toreros, en las corridas en las que actúan solamente uno o dos toreros, para sustituirlos, si son heridos. Prestan su concurso finalmente al matador los subalternos: el peonaje, los toreros de plata, el picador o piquero, el varilarguero, el puntillero...

II

Suele designarse a los toreros con un apodo, lo que tiene su origen en las sociedades más rurales y desposeídas, de donde procedían por lo general los diestros y en la que se utilizaban estos sobrenombres para diferenciarlos de los de su gremio. En la torería se exhibe con vanidad, como título de honor, el apodo dictado por las gentes, aún en casos de aludir a circunstancias y defectos nada halagadores para el interesado. Tan a gala lo tienen los toreros que no sólo no respetan y exhiben orgullosamente los que el pueblo les confiere, sino que ellos mismos se lanzan a la invención, generalmente con poco acierto y sobra de vanidad.

Si repasamos la lista de apodos taurinos que han existido en la historia del toreo, nos encontramos casos verdaderamente singulares y muy pintorescos. Para señalar algunos ejemplos podríamos destacar el origen de los mismos dependiendo del nombre propio o de la familia, los Litri, los Dominguín o los Ordóñez; del lugar de origen, Malagueño, Salamanquino o Sevillano; de su profesión, Sastre, Pintor o Pastor; de animales, Cuco, Lagartijo o Gallo; de una cualidad personal como Rápido, Listo, Guerra, Loquillo o Canario; entre otros.

Los apodos taurinos reflejan, a la vez, la imaginación popular, la evolución histórica de la fiesta y la psicología de los diestros, y que frente al nombre que nos imponen al nacer, refleja la imagen que queremos dar de nosotros mismos o que los demás ven en nosotros.

III

Si el apodo individualiza al torero, su indumentaria lo singulariza del resto de los mortales, ayuda a crear espectáculo y, a la vez, nos lo presenta desde una perspectiva de héroe. Tradicionalmente, los toreros lo eran dentro y fuera de la plaza y se caracterizaban siempre por un cuidado especial en la vestimenta. Un torero que destacó mucho en su época fue Luis Mazzantini quien, por sus maneras y su elegancia, elevó la estimación social de los toreros.

Antiguamente se dejaban crecer los toreros una coleta, como distintivo profesional y por eso su despedida de los ruedos, incluía la ceremonia solemne de cortarse la coleta, hecha con su propio pelo. Este era el símbolo de supresión definitiva de su actividad o profesión. Ya con los años nacería la época del añadido, del postizo..., hoy preferido por los toreros y han desaparecido las coletas antiguas.

El traje para torear lucen los diestros en la plaza es de tal singularidad y riqueza, que nos hace pensar que no es la comodidad lo buscado, ni el facilitar los movimientos en la lidia o el servir de defensa del lidiador. Es pesado, sujeta y aprieta los miembros, y en los días de sol, típicos de las corridas de primavera y verano, les acalora y molesta hasta el extremo con su peso. Sin embargo, son pocas las modificaciones que ha sufrido en los últimos años, y apenas ninguna tendente a hacerle más cómodo o adecuado. La tradición se respeta escrupulosamente, y aunque van cayendo todos los atributos indumentarios de la torería en la calle, el pesado traje recamado en oro, recargado de bordados, caireles y alamares, subsiste en lo esencial sin variación sensible.

El espada se pone medias rosas, se aprieta la taleguilla por mediación de los machos, se coloca el chaleco, se calza las zapatillas de luto y planas, se cala la montera que luego entregará, temporalmente en el brindis, y elige cuidadosamente el color de su traje de luces. Los colores de su vestimenta son muchos y muy hermosos como: tabaco, grana, nazareno, corinto, etc... A partir de la década de los años sesenta, la tendencia se ha orientado hacia los colores finos, suaves y antiguos como: champán, ceniza, verdegay, purísima, gris perla, azul cielo, tórtola, negro azabache, entre otros.

IV

El torero, como artista especial que es, crea una belleza efímera, poniendo en juego su vida al enfrentarse al animal feroz. Por ello los buenos profesionales del toro destacan por cualidades como la inteligencia, el conocimiento, el sentimiento y la concentración. Se dice que un torero largo es el que domina todas las suertes gracias a una técnica depurada, con valor y arte.

El torero puede optar por realizar un toreo clásico, ortodoxo, conforme a las reglas y modos tradicionales de la tauromaquia, o el heterodoxo, intentando romper esos moldes. Normalmente, el primero es el que aprecian los públicos más
entendidos; el segundo, las masas y los más simples. De los toreros clásicos suele quedar el recuerdo; los heterodoxos pasan como las nubes de verano, sin dejas apenas huellas, pese a su éxito momentáneo.

En el toreo, todo lo esencial está inventado. Lo difícil, lo casi imposible es hacerlo todo bien de la forma más artística; y hacerlo ante todos los toros, sin desaprovechar ni una sola de sus embestidas –lo más hermoso y lo más arriesgado-, es lo que se ajusta a las reglas de la tauromaquia clásica.

En algunos individuos, el valor es un rasgo de su temperamento. Para los demás, el valor es la condición necesaria para seguir en la profesión, aunque cuanto más conocimiento y control del toro se tenga, menos necesita hacer un esfuerzo heroico. Evidentemente si el valor supera a los conocimientos del toreo, a más de numerosas cogidas, perderá interés para aquellos aficionados que buscan cómo la inteligencia y el arte vence a la fuerza bruta, creando belleza. Hemingway en alguna ocasión criticaba a su íntimo amigo Cayetano Ordóñez “El niño de la Palma” por su escaso valor a la hora de enfrentarse a los toros. El mérito del torero no consiste en no sentir miedo, sino sobreponerse a él.

La salida del miedo es el valor y ello exige del torero capacidad física para ejercitar su profesión, esto es facultades, pues no puede olvidarse que tiene que desenvolverse durante un escasísimo tiempo y espacio, tomando decisiones de las que depende no sólo el triunfo profesional, sino su misma vida, a lo que debe añadirse inteligencia para entender las peculiaridades concretas de cada toro y finalmente concentración en la tarea, pues lo mismo que para hacer el amor, decía el filósofo Ortega y Gasset, se precisa una pasión absorbente. Cualquier cosa que le distraiga (una mujer, una preocupación) es fatal para el torero, lo acusa enseguida.

El toreo, en cualquier caso, es hacer que el toro vaya adonde no quiere ir y para ello se requiere mucho orgullo, autoexigencia y el deseo de aspirar a ser el mejor- un no dejarse ganar la pelea por nadie- con el toro, en la plaza, ante los compañeros y consigo mismo. La tauromaquia es, siempre, un arte. La técnica de torear supone ya, de por sí, un arte.

Hay diestros en los que predominan los valores plásticos y estéticos, pues el estilo de torear de cada uno está impuesto por la misma naturalidad que conserva cada persona y hacer lo contrario sería pretencioso y superficial, porque el hecho externo de la acción debe corresponder al hecho interno de la idea. Decía el torero Belmonte que el toreo era un ejercicio de orden espiritual, algo así como la versión olímpica de un estado de ánimo, en el que la acción sea la imagen exacta del pensamiento.

Las corridas de toros están compuestas de omentos mágicos, que dan sentido a esa actividad y de los que depende el misterio profundo del arte que atesoran los toreros en su soledad interior. Una sangre torera especial que afecta al comportamiento del matador hasta su muerte.

V

En esta línea y en la historia de la tauromaquia se ha dado siempre por la porfía, el querer ser el mejor y de ahí que el público los haya catalogado, en esa idea de enfrentamiento, en muchos casos, por parejas de matadores de toros famosos y opuestos, como las formadas por Cúchares y El Chiclanero, Lagartijo y Frascuelo, Espartero y Guerrita, Manolete y Arruza..., pero ninguna superó las cotas de fama alcanzadas por la pareja por excelencia: José Gómez Ortega “Gallito” y Juan Belmonte.

La rivalidad establecida entre “Gallito”- hoy conocido por Joselito “El Gallo”- y Juan Belmonte hizo olvidar a la también célebres parejas decimonónicas de Paquiro y El Chiclanero, Lagartijo y Frascuelo o la más efímera del malogrado Espartero con el simpar Guerrita. Otras parejas posteriores no llegaron, por su brevedad y menos intensidad, tampoco a esa altura, como la de Manolo Bienvenida y Domingo Ortega; la de Manuel Rodríguez “Manolete” y Carlos Arruza de los años cuarenta; o la de Julio Aparicio y Litri, en 1950, en su calidad de novilleros.

Joselito toma la alternativa en Sevilla el 29 de septiembre de 1912. Belmonte lo hace en Madrid el 16 de octubre de 1913. Ambos serían el epicentro de la fiesta brava hasta 1920, día en que Joselito encuentra la muerte en la plaza de toros de Talavera de la Reina.

Son cinco temporadas de gran rivalidad, en el periodo 1914-1920, exceptuada la campaña de 1918 en la que Juan Belmonte no interviene, pues, tras actuar en el coso de Acho en la ciudad de Lima, el diestro contrae matrimonio con la peruana Julia Cossío y decide tomarse un descanso. Durante los años restantes, Joselito y Belmonte, Belmonte y Joselito, son el centro de atención de todos los aficionados, que se dividen en partidarios de uno de los dos rivales hasta hacerse irreconciliables, mientras sus ídolos frente al fanatismo y las exaltaciones, guardan su amistad para fuera del ruedo, pero en éste no se dejan ganar el empeño.

Pero los dos se complementan y ponen en orden un vivir disperso, y así Gallito empieza a asimilar el toreo de Belmonte y Juan comienza a ser, como se ha dicho, el “sueño” de Joselito. Si José comienza a tornarse reposado y más despacioso, Juan empieza a asimilar, sin pensarlo, la técnica de Joselito. Belmonte, por su parte, se hace clásico como Joselito, cuando se queda sólo, rota la pareja brutalmente por el toro “Bailaor”. La mítica muerte de su rival en la plaza de toros de Talavera de la Reina, le hace envidiar durante muchos años no haber corrido la misma suerte: “Ahí me ganó Joselito”, dicen que dijo, antes de que la muerte le saliera al encuentro, agazapada tras su mano.

Joselito era la técnica, los cánones existentes hasta el momento, la lidia total desde el primer capotazo; la variedad en quites- en una corrida en la que mató en solitario siete toros en Madrid hizo hasta veinticinco quites diferentes-; la gracia y el contenido pictórico de las banderillas; el conocimiento exacto de los terrenos; el dominio con la muleta y, sobre todo, el magisterio y la capacidad de resolución de las situaciones en una décima de segundo, pues conocía como nadie las condiciones de los toros.

Belmonte llegó a ser la revolución. Con él, el toreo ya no se ejecuta con las piernas, no se basa en las facultades y en la cabeza, sino en el parar y el aguantar. Belmonte se queda fijo frente al toro en sus embestidas, con un valor de legionario. La inspiración vence al cálculo, porque todo su corazón le pide apasionamiento aunque su cabeza se lo niega.

Con ellos nace una época que convierte los toros en un arte, que se encuentra a un paso más del tiempo, de todos los tiempos. Artistas con un gran temperamento que les hace llegar al corazón de la multitud, instaura una corriente en la que continúan bebiendo todos los toreros.

Hoy su ausencia se nos hace presencia. Su silencio nos ensordece. El resplandor de sus trajes de luces bajo el sol, brillan en nuestra mente, como cuando el sol enciende la mies, porque sólo así pueden comprenderse esos oros.

Sigue y seguirá vibrando en nuestro corazón la polvareda de sus voces: cenizas sin palabras para siempre: oros, sangre, sudor, polvo y muerte, porque nada se pare y todo continúe para que siga la fiesta.


8- Toreo caballeresco

Antecedente del arte del toreo a caballo fue el arte de la jineta, que según el diccionario es el arte de montar a caballo, y consiste en llevar estribos cortos y las piernas dobladas, en posición vertical desde las rodillas abajo. Los antiguos caballeros curtidos en luchas sangrientas, remansados en grandes dehesas, fundadores de la Maestranza de Sevilla, estaban acostumbrados a vivir entre toros. Criaban caballos que podían revolverse con ligereza, en poco terreno y a grandes velocidades, para atacar y defenderse toreando con el garrochón, lidiando con el toro de fuerza a fuerza, de poder a poder. Son épocas en las que la nobleza caballeresca apoyada en los Austrias, hacen nacer nuestra fiesta a caballo, impregnada de barroquismo taurino, de fausto y de riqueza.

El salto del caballo a la arena, o el empeño a pie como se decía, nace de la necesidad de bajar del caballo para rematar al toro y así empañar el desaire que suponía no haberlo podido realizar desde lo alto. Pronto esos caballeros que habían saltado a la arena, son sustituidos por sus antiguos peones de a pie. Se sustituyen los garrochones por las picas, los caballeros por los varilargueros, la vida cortesana por el pastoreo a caballo de los toros.

Con Antonio Cañero, siglos después, reaparece una suerte que enlazaba con los orígenes de la fiesta, recuperando la vieja tradición desaparecida. Refugiada en las dehesas andaluzas y en los encinares de Salamanca. Nuevos hábitos y formas de vestir, de corto y con sombrero de ala ancha, frente a los rejoneadores portugueses, donde no desaparecieron los caballeros y por eso continúan vistiendo de gala.

Era más hazaña de dehesa que ejercicio cortesano. En esa línea el caballero jerezano don Álvaro Domecq, enemigo de habilidades circenses; Pinohermoso, que redacta su “Decálogo del Rejoneador”, verdaderos mandamientos para la lidia; los legendarios caballeros lusitanos Rui da Camara, Caetano, Nuncio o “niño” Moura con su caballo”Ferrolho”, que con sus lances del toreo al quiebro impresionaron; Josechu Pérez de Mendoza, el benjamín de todos, con su caballo “Cotufa”, que toreaba en Pamplona sorteando con los matadores de toros en puntas, colocando banderillas a dos manos sin cabezada y fue el primer rejoneador que salió por la Puerta del Príncipe de la Maestranza de Sevilla; Conchita Citrón, la andaluza peruana, según José María de Cossío.

Y tantos otros. Demostrando sobre sus monturas que los más valientes siempre exponen más y dibujando sobre el ruedo su arte y dominio frente a la embestida ciega del toro, al que han de dejar reponerse de su ímpetu tras la carrera, sin dar por ello la impresión de que todo se para, pues siempre han de sucederse los lances del toreo y permanecer viva la emoción.

Todos ellos auténticos señores del ruedo, herederos de aquellos caballeros que vieron nacer la fiesta, enemigos de ese “arte sin riesgo, en el que languidece la emoción”, y siempre andando entre toros y peones, unidos por un nexo común, su amor por los caballos y por el toro.


9- El arte taurino

Al tratar sobre la plástica del toreo, se ha escrito mucho sobre el color y poco sobre la forma. Y, sin embargo, la nota de color en los momentos culminantes de la fiesta, queda borrada por la emoción que produce la actitud estática del lidiador ante la acometida del toro. Es entonces cuando advertimos todo el sentido y profundidad que tiene el arte taurino.

El toreo en ese instante se impone en el ánimo del espectador, comunicándole una emoción inefable, no por el sentido de las dos dimensiones, como en la pintura, sino por la evidencia que hay en él otra tercera dimensión.

Se nos presenta el toreo como un arte profundo, en el que el volumen se nos ofrece en toda su integridad, es decir, un arte, en su interpretación más eficiente, eminentemente escultórico. Y de ahí que las grandes figuras del toreo se nos aparezcan siempre en un noble reposo de estatua. Los semblantes de los grandes toreros aparecen tallados, esculpidos, cincelados, troquelados..., y es que el semblante corresponde siempre a la actitud, al ademán y al movimiento del oficio. Fuera del ruedo taurino, la compostura de un buen torero nos hace recordar a la del modelo que posa, para que el artista le pase al barro, al mármol o a la madera. Por eso las materias en las que la expresión torera rinde el máximo vigor son el bronce por su gravedad y el mármol porque a la gracia le va siempre bien el mármol.

Esto quizás, no se ha formulado nunca como punto de partida para una teoría estética de la plástica del toreo; pero el pueblo, con su intuición para penetrar en las cosas más sutiles, llega a componer e intuir la postura escultórica frente al riesgo.

Y como el toreo es un arte de colaboración entre la fiera y el hombre, en los momentos más culminantes y el instante de máxima emoción es la conjunción, el encuentro, que siendo rápido y fugitivo, cuando se consigue, nos parece eterno.

Momento en el que el hombre y la fiera se sienten a sí mismos elementos de un grupo de escultura, escamoteando todo efecto pictórico, para ofrecernos la realización de plástica escultórica más bella y emocionante. Y esta intuición escultórica no la pierde el torero ni en el trance más grave, al ser alcanzado por la fiera; ni el toro en su agonía, que, ya seguro de morir, como en los grandes trágicos, busca la bella caída, aquélla que ennoblezca plásticamente la muerte.

El torero es, en cierto modo, un creador de plástica, y si la creación se realiza con genio, advertimos que apenas tiene importancia la figura humana del diestro. Puede ser desgarbado, pequeño, flaco... En el instante de la suprema inmovilidad, la figurase agranda, se sutiliza, y es como si ella en una transformación, eliminase los elementos propiamente físicos para emanar una fuerza espiritual invisible, pero que cobra realidad humana en el sentido del espectador.

Por eso, sin duda, a versión cinematográfica, que es favorable a los deportes de fuerza, destreza y habilidad, fracasa cuando reproduce una fiesta de toros. Queda en la pantalla no más que la impresión de las dos dimensiones del toreo, y no consigue ofrecernos la tercera dimensión, es decir, la profundidad que es la mística del toreo y que nos coloca “en trance” durante la faena.

En cambio, el buen momento plástico del toro lo fija la cámara de fotos, aunque no recoja sino un instante de inmovilidad. Sorprender un movimiento para fijarlo en un instante y para siempre, poniendo de manifiesto el instante inmóvil que es donde se halla el resorte más eficiente de la emoción, supone el dominio del tiempo y del espacio en una situación límite.

La estética del toreo en cualquier caso no se podría medir nunca, pues el toreo no muere en la sola estética. Se nos escapa del orden establecido ¿Acaso se puede medir el arte, la gracia, el duende y la fantasía de una corrida de toros?. Cada “maestro” imprime su carácter, su sello, su personalidad. Todo es igual pero todo es distinto. Diríase que cada torero lleva dentro de sí toda la sabiduría de la fiesta.

El verdadero artista, artesano de talento, es quién produce, con su propia estética, adquirida desde su nacimiento, los momentos artísticos en la plaza. La técnica se adquiere, se perfecciona pero, con la naturalidad y con el talento se nace. Es algo que no se puede heredar ni se adquiere con el tiempo. Simplemente nace porque el destino lo decide así por nosotros, como todo lo que tiene la fuerza de los auténtico.

Cambian los tiempos y las modas. Evoluciona la estética, pero se ama y se odia como en los tiempos de Shakespeare. De la misma forma en las corridas de toros, la emoción, el dolor, la muerte y el arte siempre son los mismos que fueron en una tarde cualquiera de toros hace cientos de años.